jueves, 25 de junio de 2026

PARA SALIR DE LA PERPLEJIDAD Y RETOMAR LA AGENDA DE LA POLÍTICA CON ARREGLO A VALORES








Rodolfo Fortunatti

Cuando el gobierno de José Antonio Kast recién inauguraba su gestión, en Perú y Colombia la extrema derecha se aprestaba a conquistar el poder. Trump había tomado por asalto Venezuela y secuestrado a su presidente, como intentó hacerlo sin éxito en Irán. Aparecía otra geopolítica. La continuidad del Estado y de sus instituciones enfrentaba una ruptura en Chile. Kast había retirado el respaldo a Michelle Bachelet a la secretaría general de la ONU, mientras su ministro de Hacienda aplicaba una temeraria alza de precios a los combustibles, desdeñando groseramente un mecanismo de estabilización de larga data, ponía bajo sospecha las estadísticas oficiales, y aplicaba recortes regresivos a las garantías de derechos económicos y sociales.

Los nuestros no son únicamente problemas de desigualdad económica, inestabilidad política o deterioro ecológico, sino de un desafío que exige el replanteamiento completo de nuestra acción política. Dicho en una frase: nuestros problemas no son doctrinarios ni ideológicos; son estratégicos y prácticos.

El Papa León XIV ofrece claves esenciales, como las contenidas en Magnífica Humanitas, para un humanismo que responda a las exigencias de la postmodernidad. Su llamado a superar las lógicas bélicas y autoritarias se alinea con la necesidad urgente de abandonar dinámicas que perpetúan la confrontación, la exclusión y la opresión. No hay mucho más que inventar y que teorizar, sino de aterrizarlas en propuestas accionables, lo cual se consigue respondiendo, al menos, a las siguientes tres preguntas: ¿qué hacer?, ¿cómo hacerlo? y ¿para qué fin estratégico hacerlo?

¿Qué hacer?

Lo primero es reconocer —al contrario de lo que propugnan los neoliberales— que las actuales estructuras económicas y políticas están diseñadas para reproducir desigualdades y mantener sistemas de dominación. Es lo que confirmaron el Estallido del 19 y los fallidos procesos constitucionales. Desde las políticas públicas nacionales hasta los tratados comerciales internacionales, las decisiones que afectan la vida cotidiana se orientan a maximizar beneficios para unos pocos, dejando atrás a las mayorías. 

Para hacerle frente la participación comunitaria es crucial. Las comunidades deben poder organizarse y decidir sobre las cuestiones que les afectan directamente, sin depender de estructuras jerárquicas tradicionales que imponen agendas ajenas a su realidad. La promoción de procesos de autogestión a nivel local ofrece una vía práctica para devolver a la ciudadanía el control sobre su entorno, fomentando proyectos concretos como cooperativas de producción, comités sociales que supervisen servicios públicos, y mecanismos de rendición de cuentas participativos.

Seguidamente, el impacto devastador de las políticas neoliberales, demanda una articulación estratégica entre actores locales, nacionales e… ¡internacionales! Movimientos sociales, sindicatos, organizaciones comunitarias, académicos y políticos que defiendan la justicia social deben unir esfuerzos para generar un contrapeso efectivo a las fuerzas ultraconservadoras. Estas alianzas no pueden limitarse a la protesta; deben ser capaces de generar acciones coordinadas que produzcan transformaciones palpables, desde reformas estructurales a la implementación de modelos alternativos de desarrollo.

¿Cómo hacerlo?

Es imprescindible desarrollar estrategias prácticas que combinen inteligencia colectiva y creatividad política. El análisis riguroso de las condiciones materiales debe integrarse con la movilización popular, otorgando especial relevancia a la educación política. La conciencia crítica de la ciudadanía, impulsada por procesos educativos y de difusión cultural, es el motor indispensable para construir una sociedad más participativa y menos manipulable.

Las nuevas tecnologías, como las plataformas y redes sociales, aunque son herramientas poderosas que permiten organizar e informar, también presentan riesgos inherentes, como el control ejercido por corporaciones que monopolizan el flujo informativo. Tienen más potencia expansiva en nuestro medio El Mercurio, La Tercera y Canal 13, que El Mostrador o El Periodista. Es necesario, pues, construir alternativas en comunicación, aprovechando el alcance de las plataformas digitales pero promoviendo medios independientes que representen voces plurales y críticas. La información libre y accesible es una pieza clave en la lucha contra la manipulación mediática y el aislamiento de las comunidades.

Por otra parte, predicar con el ejemplo es un activo eficaz. La ética en el actuar político debe ocupar un lugar central. No basta con condenar la corrupción o el elitismo de los poderes tradicionales; es indispensable proponer y practicar una política transparente y comprometida con la verdad. La reconstrucción de la confianza social en los actores políticos pasa por el diálogo abierto, inclusivo y respetuoso entre todos los sectores. La honestidad y la autenticidad, lejos de ser ideales abstractos, son requisitos prácticos para sostener proyectos transformadores.

No una política intuitiva, sino una política racional. La planificación estratégica debe ser cuidadosa y orientada a resultados concretos. Objetivos claros, medibles y adaptables al contexto permitirán no solo avanzar de manera segura, sino también evaluar los impactos reales de las acciones emprendidas. Evitar la trampa de la abstracción es esencial; es preferible trabajar en metas pequeñas, pero significativas que prioricen el bienestar inmediato de las personas, sin perder de vista la visión a largo plazo de una sociedad más humana y digna. Una olla común, una asesoría a trabajadores informales, un apoyo jurídico a madres de niños neurodivergentes, una charla explicativa a dirigentes estudiantiles sobre el proyecto legislativo de aula segura, son acciones precisas y mensurables, pero con una alta carga cultural y axiológica.

¿Para qué objeto estratégico hacerlo?

Los esfuerzos por transformar estructuras y prácticas deben tener un propósito claro que sirva como guía orientadora: construir sociedades donde la justicia, la solidaridad y la sostenibilidad sean pilares fundamentales. Esto implica colocar el desarrollo humano en el centro de todas las decisiones políticas y económicas, priorizando la dignidad y el bienestar cotidiano de las personas sobre los intereses mercantilistas y competitivos que han dominado las últimas décadas.

Esta meta estratégica exige desafiar los paradigmas económicos prevalecientes que tienden a valorar la acumulación de riqueza sobre la cooperación social. Modelos alternativos basados en la equidad, el respeto a los derechos humanos y la protección del medio ambiente son necesarios para asegurar que los avances técnicos y económicos se traduzcan en mejoras reales en las condiciones de vida de todos, no solo de unos pocos privilegiados.

Esto entraña liberarnos de las narrativas fatalistas que perpetúan la idea de que no hay salida al sistema actual, y de las soluciones simplistas que ignoran las complejidades de nuestra realidad. La construcción de una sociedad más justa exige acciones concretas, pero también visión y reflexión profunda. Es aquí donde el humanismo se muestra no como una receta mágica, sino como un marco ético y práctico para reorientar nuestras prioridades hacia el bien común.

La violenta arremetida neoliberal contra todo el sistema democrático de seguridad humana construido a lo largo de décadas, no puede resolverse mediante disputas teóricas o ideales abstractos. El desafío práctico ante la agresión ultraliberal y el avance de la extrema derecha demanda respuestas que sean claras, precisas y accionables. La clave está en actuar de manera conjunta, con reflexión seria, planificación estratégica y compromiso ético. Recuperar la centralidad de la persona en el quehacer político no es un gesto simbólico, sino un paso fundamental para alterar los sistemas deshumanizadores. Solo mediante el esfuerzo colectivo lograremos transformar una realidad aplastante en una convivencia donde la justicia, la solidaridad y la paz sean realidades tangibles, capaces de guiar a las generaciones presentes y futuras hacia un mejor destino.

25 de junio de 2026.