miércoles, 8 de julio de 2026

LA CULPA


Tengo la convicción de que las experiencias no son heredables de una generación a otra. Que no podemos ver el pasado vivido por nuestros antecesores sino como un referente; jamás como una práctica aprendida. 

Tiene razón Eugenio Tironi al señalar que el golpe de Estado de 1973 provocó un impacto profundo en su generación, al desmantelar el sistema ideológico predominante en Chile, que incluía tanto el marxismo como la democracia tradicional. De manera distinta, mi generación también experimentó una fractura similar. Y es acertado Tironi al valorar la renovación del pensamiento conservador chileno, aunque aún más importante resulta su insistencia en que dicha renovación solo obtendrá legitimidad si reconoce y asume su responsabilidad histórica durante la dictadura.

Al expresar esta idea, Tironi enfatiza la obligación de cada generación respecto a los eventos que les toca vivir. Me recuerda el acto de contrición de la secretaria de Hitler, quien, motivada por el testimonio de la joven activista partisana, Sophia Scholl, advierte que la edad no puede constituir una justificación exculpatoria. Sin embargo, Carlos Huneeus cuestiona esta interpelación de Tironi, argumentando que esa generación de conservadores no debería cargar con dicho legado al no haber sido protagonista directa. Más aún, critica los frecuentes cambios ideológicos de Tironi y le atribuye a su generación las deficiencias políticas chilenas, concluyendo que representaron un fracaso cuyo legado facilitó el ascenso actual de la derecha extrema.

En un ejercicio de madurez intelectual, Tironi reconoce sus propias mudanzas ideológicas y concede a Huneeus que su generación cometió numerosos errores, pero también aprendió de ellos, logrando influir en la configuración de su época. 

Un aspecto profundamente relevante, ausente tanto en esta columna como en los escritos de Huneeus desde el Carmengate hasta los cismas de Amarillos y Demócratas, es que los legados históricos conflictivos se heredan inevitablemente; por ello, resulta preferible enfrentarlos con un sentido responsable, asumiendo los desafíos y herencias propios, en lugar de negarlos o rechazarlos.

https://www.nuevopoder.cl/tragedia-propia/ 

https://www.nuevopoder.cl/generacion-fracasada/

https://www.nuevopoder.cl/una-generacion-fracasada/ 









lunes, 6 de julio de 2026

DEMOCRACIA CRISTIANA, TEORÍA Y PRÁCTICA DELIBERATIVA


La acción política constituye una voluntad de poder pública y colectiva. En consecuencia, no puede considerarse una actividad privada, oculta o encubierta, ni una operación personal, particular o exclusiva. Especialmente, la política democrática exige transparencia y la participación activa del pueblo en la toma de decisiones.

Los partidos políticos democráticos, que son los principales artífices del régimen pluralista, dialogante y participativo, deberían ser los primeros en respetar este principio. De lo contrario, serían incoherentes con sus medios y objetivos. Deben garantizar la deliberación democrática, y sus decisiones deben concretarse en acuerdos explícitos, comprensibles y sujetos a fiscalización por parte de todos sus miembros y órganos internos.

La Democracia Cristiana, a lo largo de sus más de seis décadas de trayectoria, ha desarrollado una teoría y una práctica de resolución legítima y responsable. Este espíritu deriva de su declaración de principios y se ha materializado hasta el año pasado en dos instituciones tradicionales: el Debate Político, en el cual se exponen ideas y tesis estratégicas, y el Voto Político, que constituye el registro textual del acuerdo alcanzado por consenso o mayoría en la Junta Nacional, su máximo órgano deliberativo.

Ambas instituciones han sido suspendidas en las últimas asambleas. Al debate le han sucedido intervenciones breves de tres minutos, las cuales constituyen representaciones cortas de momentos específicos y no contribuyen al avance del discurso político. Estas intervenciones son una imitación deficiente del debate parlamentario, donde, a diferencia del partido, operan comisiones que analizan exhaustivamente cada tema.

Por otro lado, el voto político ha sido reemplazado por la declaración pública del presidente de la colectividad, quien, en su calidad de diputado, se pronuncia sobre cuestiones legislativas, dilatando así la distinción entre ambas vocerías en un sistema político que es presidencial y no parlamentario.

La consecuencia inmediata de esta metodología es una acción política emprendida por representantes democratacristianos en el Senado, otra acción desarrollada por democratacristianos en la Cámara Baja, y una acción de los militantes en sus comunas y estructuras regionales, que no confluyen en la formulación de la política general del partido. 

En la práctica, se despliega una serie de iniciativas no institucionalizadas originadas en el Congreso —y sin contrapeso en los representantes de gobiernos y consejos locales—, que apelan a la opinión de la militancia en busca de reconocimiento y legitimidad, pero que permanecen desvinculadas de una acción política general, inclusiva y representativa de la voluntad colectiva.

En estas circunstancias, la actividad política de la Democracia Cristiana se fragmenta, se diversifica y se externaliza, lo que conlleva a la pérdida de unidad, sentido y eficacia.

https://youtu.be/pWeiTU5Aoj8


viernes, 26 de junio de 2026

Un peligroso vacío legal: el consentimiento no es suficiente para las actividades militares estadounidenses en América Latina

 
Rebecca Crootof
Publicado en Just Security en Junio 26 de 2026

Entre la retórica sobre crímenes de guerra de la administración Trump, sus ataques militares accidentales e intencionados contra civiles y el inicio de una guerra de agresión inconstitucional e ilegal, es un eufemismo decir que ha demostrado escaso respeto por el derecho internacional. Pero mientras estos actos insensibles e imprudentes acaparan los titulares y solo generan indignación y rechazo, otra política desestabilizadora ha pasado prácticamente desapercibida: la aparente dependencia de la administración Trump del consentimiento del Estado anfitrión para el despliegue y uso de la fuerza militar estadounidense en América Latina.

Un consentimiento válido del Estado anfitrión permite a un Estado extranjero intervenir sin violar la prohibición del uso de la fuerza establecida en la Carta de las Naciones Unidas. Sin embargo, dicho consentimiento no resuelve la cuestión de si se aplica el derecho internacional humanitario, lo que a su vez determina qué acciones están permitidas. 

Como argumentamos mis coautores y yo en «El consentimiento no es suficiente» y en un artículo anterior de Just Security, la lógica del orden jurídico internacional exige que tanto el Estado que da su consentimiento como el que interviene evalúen de forma independiente si existe un conflicto armado antes de utilizar fuerza letal que de otro modo sería inadmisible. Actuar de otro modo ampliaría una laguna jurídica ya problemática y socavaría las garantías fundamentales del debido proceso.

Este es un tema cada vez más acuciante a medida que Estados Unidos expande sus operaciones militares en América Latina. En marzo de 2026, Estados Unidos anunció el inicio de operaciones conjuntas con Ecuador contra grupos del crimen organizado. Poco después, declaró haber participado en un ataque contra un campamento de narcotraficantes, que resultó ser una granja lechera. En mayo de 2026, Guatemala acordó una colaboración similar (aunque, tras los informes iniciales, Guatemala negó haber otorgado a Estados Unidos permiso para realizar ataques en su territorio). En junio de 2026, el presidente Trump celebró una operación conjunta entre Estados Unidos y Venezuela que acabó con la vida de Héctor Rusthenford Guerrero Flores, líder de la banda criminal transnacional Tren de Aragua. (Aunque existen dudas sobre la validez del consentimiento venezolano para este ataque, dada la destitución de su jefe de Estado por parte de Estados Unidos y la declaración del presidente Trump de que "nosotros tenemos el control"). 

Según informes, el Departamento de Defensa de Estados Unidos también pretende presionar a Honduras y México para que den su consentimiento al despliegue de fuerzas estadounidenses, con el objetivo de permitir la presencia de tropas estadounidenses sobre el terreno y ataques con drones como parte de una estrategia más amplia para "normalizar la presencia militar estadounidense". Estados Unidos ha afirmado estar en conflicto armado con algunas de estas entidades, pero esta afirmación carece de fundamento fáctico. También ha sugerido que actúa en coordinación con los Estados anfitriones, lo que proporciona una justificación alternativa para sus acciones militares.

Sin embargo, si se basa únicamente en el consentimiento válido del Estado anfitrión, los ataques militares estadounidenses en América Latina probablemente sean ilegales. Como se analiza más adelante, al igual que los ataques militares contra embarcaciones en el Mar Caribe y el Océano Pacífico oriental, estas acciones parecen estar ocurriendo fuera de un conflicto armado. Los objetivos podrían ser delincuentes; no parecen ser combatientes. Y, si se trata simplemente de delincuentes, los ataques son ilegales: un Estado anfitrión no puede invitar a otro a matar a uno de sus ciudadanos. Como observó Brian Finucane, exabogado del Departamento de Estado, «dependiendo de las circunstancias, nuevos ataques podrían constituir asesinatos premeditados fuera del contexto de un conflicto armado, lo que algunos abogados denominaríamos homicidio».

Que atacar a un individuo sea o no «homicidio» depende en parte de si una situación interna constituye un disturbio interno o un conflicto armado. Como se establece en el Manual de Derecho de la Guerra de Estados Unidos y otras fuentes, existe un conflicto armado no internacional cuando se cumple una prueba de dos criterios: un Estado debe estar combatiendo a un actor no estatal armado y suficientemente organizado, y la violencia debe alcanzar un cierto nivel de intensidad. El primer criterio exige más que la actividad de bandas criminales; el grupo debe tener una estructura de mando y violencia organizada y estar involucrado en acciones organizadas contra el Estado. El segundo criterio exige más que actos esporádicos de violencia criminal; debe haber operaciones militares significativas y prolongadas.

Si no se cumple el umbral establecido, tanto el Estado anfitrión como el Estado interviniente se rigen por el derecho de paz, que incluye la legislación interna del Estado anfitrión y las obligaciones de ambos Estados en materia de derechos humanos. En cuanto al derecho interno, Ashley Deeks ha sugerido que el Estado interviniente debería estar sujeto a la obligación de investigar para determinar si el consentimiento del Estado anfitrión excede el alcance de su autoridad legal. Existe cierto debate sobre el alcance de la aplicación extraterritorial de las obligaciones de derechos humanos, lo que podría parecer que autoriza al Estado interviniente a emprender acciones en el extranjero que no podría llevar a cabo en su territorio. Sin embargo, las acciones de un Estado interviniente realizadas con el consentimiento del Estado anfitrión deben cumplir con las obligaciones de este último en materia de derechos humanos para con sus ciudadanos. Por ejemplo, la legislación sobre derechos humanos limita la cantidad y el tipo de fuerza que se puede utilizar en las operaciones policiales. La fuerza letal solo puede utilizarse como último recurso, permisible únicamente cuando sea necesario para contrarrestar una amenaza inminente o grave a la vida o la integridad física, y cuando los medios menos violentos no sean o no serían eficaces. Salvo que exista una amenaza inminente de muerte o lesiones graves —un requisito indispensable que no parece cumplirse en el asesinato de Flores—, el uso de la fuerza militar contra el criminal más poderoso está prohibido.

Si se cumplen los requisitos para un conflicto armado, se aplica el derecho internacional humanitario, que establece ciertos requisitos y flexibiliza otros. El uso de la fuerza letal es permisible, siempre que cada ataque individual en una operación cumpla con el derecho internacional que rige la conducción de las hostilidades. Esto incluye la obligación de distinguir entre civiles y combatientes, de no realizar ataques desproporcionados cuando el daño colateral sea excesivo en comparación con el objetivo militar previsto, y de tomar todas las precauciones posibles para minimizar el daño a la población civil.

Independientemente del estado de inestabilidad interna y del régimen jurídico aplicable, los Estados pueden solicitar ayuda para responder a amenazas internas; lo que cambia son los requisitos sobre cómo pueden responder los Estados anfitriones e intervinientes. Los Estados anfitriones no pueden pedir a otros que hagan lo que ellos mismos no pueden hacer, y un Estado interviniente no puede considerar el consentimiento del Estado anfitrión como un cheque en blanco para la acción militar. Es cierto que determinar qué ley rige las acciones de Estados Unidos en América Latina requiere una evaluación específica de los hechos y del contexto, y no contamos con toda la información. 

Los conflictos con los diversos cárteles de la droga y organizaciones criminales bien podrían cumplir ambos requisitos, pero no hay evidencia de que alguien en la administración esté realizando este análisis. En cambio, como señalan varios autores, la administración Trump no ha proporcionado información que sugiera que se hayan alcanzado los umbrales de "organización" o "intensidad" con respecto a ninguna de las bandas criminales con las que se enfrenta en Ecuador, Guatemala, Venezuela o en otros lugares. Además, incluso si se determinara, con base en los hechos, que existe un conflicto armado en un Estado —por ejemplo, en Ecuador, donde miles de personas han muerto en la violencia relacionada con los cárteles de la droga—, dicha evaluación no se aplicaría automáticamente al resto de América Latina. La prueba del umbral de conflicto armado existe para evitar que los civiles sean tratados —y asesinados— como combatientes. 

Los Estados no deberían poder consentir que otros utilicen la fuerza que ellos mismos no pueden usar; los Estados intervinientes no deberían confiar ciegamente en el consentimiento del Estado anfitrión al realizar ataques militares; y, ciertamente, los Estados intervinientes no pueden exigir que los Estados anfitriones consientan actos que ninguno de los dos puede llevar a cabo de forma independiente. En cambio, tanto el Estado anfitrión como el Estado interviniente tienen la obligación de evaluar de forma independiente si existe un conflicto armado, determinar qué régimen jurídico se aplica y actuar en consecuencia. Si Estados Unidos ataca a personas fuera de un conflicto armado, está violando tanto el derecho interno como el internacional que prohíben las ejecuciones extrajudiciales patrocinadas por el Estado. Sustituir el criterio del umbral por el consentimiento no solo distorsiona el derecho internacional, sino que priva a las personas de las protecciones legales que impiden las ejecuciones sumarias.

* Rebecca Crootof
Rebecca Crootof(Bluesky - LinkedIn), Nancy Litchfield Hicks Professor of Law at the University of Richmond School of Law and an Affiliated Fellow of the Information Society Project at Yale Law School.


jueves, 25 de junio de 2026

PARA SALIR DE LA PERPLEJIDAD Y RETOMAR LA AGENDA DE LA POLÍTICA CON ARREGLO A VALORES








Rodolfo Fortunatti

Cuando el gobierno de José Antonio Kast recién inauguraba su gestión, en Perú y Colombia la extrema derecha se aprestaba a conquistar el poder. Trump había tomado por asalto Venezuela y secuestrado a su presidente, como intentó hacerlo sin éxito en Irán. Aparecía otra geopolítica. La continuidad del Estado y de sus instituciones enfrentaba una ruptura en Chile. Kast había retirado el respaldo a Michelle Bachelet a la secretaría general de la ONU, mientras su ministro de Hacienda aplicaba una temeraria alza de precios a los combustibles, desdeñando groseramente un mecanismo de estabilización de larga data, ponía bajo sospecha las estadísticas oficiales, y aplicaba recortes regresivos a las garantías de derechos económicos y sociales.

Los nuestros no son únicamente problemas de desigualdad económica, inestabilidad política o deterioro ecológico, sino de un desafío que exige el replanteamiento completo de nuestra acción política. Dicho en una frase: nuestros problemas no son doctrinarios ni ideológicos; son estratégicos y prácticos.

El Papa León XIV ofrece claves esenciales, como las contenidas en Magnífica Humanitas, para un humanismo que responda a las exigencias de la postmodernidad. Su llamado a superar las lógicas bélicas y autoritarias se alinea con la necesidad urgente de abandonar dinámicas que perpetúan la confrontación, la exclusión y la opresión. No hay mucho más que inventar y que teorizar, sino de aterrizarlas en propuestas accionables, lo cual se consigue respondiendo, al menos, a las siguientes tres preguntas: ¿qué hacer?, ¿cómo hacerlo? y ¿para qué fin estratégico hacerlo?

¿Qué hacer?

Lo primero es reconocer —al contrario de lo que propugnan los neoliberales— que las actuales estructuras económicas y políticas están diseñadas para reproducir desigualdades y mantener sistemas de dominación. Es lo que confirmaron el Estallido del 19 y los fallidos procesos constitucionales. Desde las políticas públicas nacionales hasta los tratados comerciales internacionales, las decisiones que afectan la vida cotidiana se orientan a maximizar beneficios para unos pocos, dejando atrás a las mayorías. 

Para hacerle frente la participación comunitaria es crucial. Las comunidades deben poder organizarse y decidir sobre las cuestiones que les afectan directamente, sin depender de estructuras jerárquicas tradicionales que imponen agendas ajenas a su realidad. La promoción de procesos de autogestión a nivel local ofrece una vía práctica para devolver a la ciudadanía el control sobre su entorno, fomentando proyectos concretos como cooperativas de producción, comités sociales que supervisen servicios públicos, y mecanismos de rendición de cuentas participativos.

Seguidamente, el impacto devastador de las políticas neoliberales, demanda una articulación estratégica entre actores locales, nacionales e… ¡internacionales! Movimientos sociales, sindicatos, organizaciones comunitarias, académicos y políticos que defiendan la justicia social deben unir esfuerzos para generar un contrapeso efectivo a las fuerzas ultraconservadoras. Estas alianzas no pueden limitarse a la protesta; deben ser capaces de generar acciones coordinadas que produzcan transformaciones palpables, desde reformas estructurales a la implementación de modelos alternativos de desarrollo.

¿Cómo hacerlo?

Es imprescindible desarrollar estrategias prácticas que combinen inteligencia colectiva y creatividad política. El análisis riguroso de las condiciones materiales debe integrarse con la movilización popular, otorgando especial relevancia a la educación política. La conciencia crítica de la ciudadanía, impulsada por procesos educativos y de difusión cultural, es el motor indispensable para construir una sociedad más participativa y menos manipulable.

Las nuevas tecnologías, como las plataformas y redes sociales, aunque son herramientas poderosas que permiten organizar e informar, también presentan riesgos inherentes, como el control ejercido por corporaciones que monopolizan el flujo informativo. Tienen más potencia expansiva en nuestro medio El Mercurio, La Tercera y Canal 13, que El Mostrador o El Periodista. Es necesario, pues, construir alternativas en comunicación, aprovechando el alcance de las plataformas digitales pero promoviendo medios independientes que representen voces plurales y críticas. La información libre y accesible es una pieza clave en la lucha contra la manipulación mediática y el aislamiento de las comunidades.

Por otra parte, predicar con el ejemplo es un activo eficaz. La ética en el actuar político debe ocupar un lugar central. No basta con condenar la corrupción o el elitismo de los poderes tradicionales; es indispensable proponer y practicar una política transparente y comprometida con la verdad. La reconstrucción de la confianza social en los actores políticos pasa por el diálogo abierto, inclusivo y respetuoso entre todos los sectores. La honestidad y la autenticidad, lejos de ser ideales abstractos, son requisitos prácticos para sostener proyectos transformadores.

No una política intuitiva, sino una política racional. La planificación estratégica debe ser cuidadosa y orientada a resultados concretos. Objetivos claros, medibles y adaptables al contexto permitirán no solo avanzar de manera segura, sino también evaluar los impactos reales de las acciones emprendidas. Evitar la trampa de la abstracción es esencial; es preferible trabajar en metas pequeñas, pero significativas que prioricen el bienestar inmediato de las personas, sin perder de vista la visión a largo plazo de una sociedad más humana y digna. Una olla común, una asesoría a trabajadores informales, un apoyo jurídico a madres de niños neurodivergentes, una charla explicativa a dirigentes estudiantiles sobre el proyecto legislativo de aula segura, son acciones precisas y mensurables, pero con una alta carga cultural y axiológica.

¿Para qué objeto estratégico hacerlo?

Los esfuerzos por transformar estructuras y prácticas deben tener un propósito claro que sirva como guía orientadora: construir sociedades donde la justicia, la solidaridad y la sostenibilidad sean pilares fundamentales. Esto implica colocar el desarrollo humano en el centro de todas las decisiones políticas y económicas, priorizando la dignidad y el bienestar cotidiano de las personas sobre los intereses mercantilistas y competitivos que han dominado las últimas décadas.

Esta meta estratégica exige desafiar los paradigmas económicos prevalecientes que tienden a valorar la acumulación de riqueza sobre la cooperación social. Modelos alternativos basados en la equidad, el respeto a los derechos humanos y la protección del medio ambiente son necesarios para asegurar que los avances técnicos y económicos se traduzcan en mejoras reales en las condiciones de vida de todos, no solo de unos pocos privilegiados.

Esto entraña liberarnos de las narrativas fatalistas que perpetúan la idea de que no hay salida al sistema actual, y de las soluciones simplistas que ignoran las complejidades de nuestra realidad. La construcción de una sociedad más justa exige acciones concretas, pero también visión y reflexión profunda. Es aquí donde el humanismo se muestra no como una receta mágica, sino como un marco ético y práctico para reorientar nuestras prioridades hacia el bien común.

La violenta arremetida neoliberal contra todo el sistema democrático de seguridad humana construido a lo largo de décadas, no puede resolverse mediante disputas teóricas o ideales abstractos. El desafío práctico ante la agresión ultraliberal y el avance de la extrema derecha demanda respuestas que sean claras, precisas y accionables. La clave está en actuar de manera conjunta, con reflexión seria, planificación estratégica y compromiso ético. Recuperar la centralidad de la persona en el quehacer político no es un gesto simbólico, sino un paso fundamental para alterar los sistemas deshumanizadores. Solo mediante el esfuerzo colectivo lograremos transformar una realidad aplastante en una convivencia donde la justicia, la solidaridad y la paz sean realidades tangibles, capaces de guiar a las generaciones presentes y futuras hacia un mejor destino.

25 de junio de 2026.

DISCURSO DEL PAPA LEON XIV EN EL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS DE ESPAÑA










Presidente del Gobierno,

Presidenta del Congreso de los Diputados,

Presidente del Senado,

Presidente del Tribunal Constitucional,

Presidenta del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial,

Miembros del Congreso de los Diputados y del Senado,

Señoras y señores:

Agradezco a la Señora Presidenta sus amables palabras, así como la invitación que la Sede Apostólica ha recibido con ocasión de mi viaje a este país, así como la deferencia de acogerme en este histórico Palacio del Congreso de los Diputados, ámbito eminente de la vida institucional, jurídica y democrática del Reino de España. Vengo ante todos ustedes como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica, consciente de que la misión confiada al Sucesor del apóstol Pedro como principio y fundamento de unidad de los Obispos y de los fieles (cf. Lumen gentium, 23) coloca a la Santa Sede, de modo peculiar, en diálogo con los pueblos y con los Estados.

Mi presencia entre ustedes quiere ser un gesto de cercanía hacia España, en el marco de la mutua cooperación, y una palabra ofrecida desde el servicio a la persona humana. La Iglesia “camina con la humanidad”, comparte sus esperanzas y sus heridas, escucha los interrogantes de cada época y se deja interpelar “por todo lo que concierne a la existencia de los hombres y las mujeres de hoy”. Por eso, cuando se dirige a la vida pública, lo hace respetando la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar. Reconoce “la autonomía de las realidades terrenas” y “la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política”; y, precisamente desde esa conciencia, aporta una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia (cf. Magnifica humanitas, 18-19).

En este hemiciclo se da forma jurídica a la convivencia social. Aquí las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión compartida. Por eso, más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes.

Ante esta cuestión, España posee una memoria particularmente rica. Su identidad geográfica y política se ha ido entretejiendo con una historia en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradición y el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente. En sus catedrales y universidades, en su literatura inmortal, en sus instituciones jurídicas y en el ánimo mismo de su pueblo, permanece viva una herencia que ha dado forma a un modo de vivir la libertad, practicar la justicia y ordenar la vida común.

Desde las páginas universales del Quijote, donde Cervantes proclamó que «la libertad […] es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos» (Don Quijote de la Mancha, II, 58), hasta la hondura espiritual de santa Teresa de Ávila, y desde la gran tradición jurídica española hasta la inquietud metafísica de Unamuno, que recordaba que el hombre «no se resigna a morir del todo» (Del sentimiento trágico de la vida, I), España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa.

Por eso, al hablar hoy de la persona humana, esta memoria conduce naturalmente a Salamanca y al pensamiento que allí maduró. La presencia simbólica en esta sala de los Reyes Isabel y Fernando, remite a aquel momento en que España quedó situada ante responsabilidades históricas de alcance universal; pocos años después, Salamanca habría de asumir, con singular lucidez, la reflexión moral y jurídica que ese escenario reclamaba. En aquella sede universitaria, hace quinientos años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente. Introdujeron así en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder. Hay que reconocer que la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que encontraban eco en su propia tradición cristiana.

Sin embargo, aquel interrogante abrió un horizonte intelectual y moral que desbordó su propio momento histórico. La intuición del totus orbis, de una comunidad humana más amplia que cualquier poder particular, permitía afirmar la existencia de vínculos jurídicos y morales entre los pueblos. Desde España, la reflexión de la Escuela de Salamanca —y de manera particular fray Francisco de Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas— contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue hablando también hoy: que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional.

Ésta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral. Aquella contribución, nacida a orillas del Tormes, trascendió las aulas y las bibliotecas, y llegó a formar parte de una conciencia más amplia, compartida por la comunidad internacional que sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza. Ese legado vive también en estas Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar.

La pregunta salmantina sigue acompañando la tarea de quienes sirven a la vida pública. Hoy, los nuevos mundos que se abren ante nosotros ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social.

El progreso ofrece posibilidades admirables, y hoy lo vemos de modo singular en el desarrollo de la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías. Como he recordado en mi reciente Encíclica, la tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza (cf. Magnifica humanitas, 9); por eso, ante las transformaciones de nuestro tiempo, nuestro discernimiento debe centrarse en qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones, y cómo se plantean hoy, de manera nueva, la dignidad del trabajo, la solidaridad, la política social y el bien común.

Este discernimiento comienza por una afirmación primera: toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento (cf. Benedicto XVI, Discurso ante el Parlamento Federal alemán, 22 septiembre 2011). Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo. La fe cristiana la proclama a partir de la Revelación; la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre (cf. ibíd.). Cuando esta convicción permanece viva, el derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente a la imposición de intereses y agendas particulares.

Sobre este fundamento, me corresponde pronunciar hoy una palabra serena y firme ante quienes tienen la grave responsabilidad de ordenar jurídicamente la convivencia social. Esta convivencia puede verse amenazada por la cultura del descarte, como tantas veces advirtió el Papa Francisco (cf. Discurso a la Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia para la Vida, 27 septiembre 2021). En este sentido, si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad.

El bien común es, en cierto modo, “la forma social de la dignidad humana” (cf. Magnifica humanitas, 59). No consiste en la mera suma de intereses particulares, sino en «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (Gaudium et spes, 26). Cuando el bien común deja de ser horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos.

En este contexto, reviste particular importancia la familia, realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad. En el hogar se entrelazan las generaciones y se transmite una memoria viva que da continuidad interior a la sociedad. Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer.

También las instituciones educativas ocupan un lugar decisivo en esta tarea. En ellas, las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse sobre el sentido de la vida y la dignidad de cada persona. Por eso, muchos padres deseosos de que sus hijos aprendan a relacionarse, a pensar con espíritu crítico y a adquirir valores sólidos, depositan en ellas grandes esperanzas, como valiosas aliadas en su educación. Esta colaboración ha de respetar siempre el «derecho primario e inalienable» de los padres a «elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas» (cf. Magnifica humanitas, 143; cf. Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, art. 18.4).

La afirmación de la dignidad humana no puede permanecer abstracta cuando tantas personas se ven obligadas a dejarlo todo para buscar paz, seguridad y futuro. También el trágico drama migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional. Numerosos hombres, mujeres y niños se ven obligados, por circunstancias muchas veces dramáticas, a partir de sus comunidades y dejar atrás seres queridos, historias y vínculos. Esta realidad rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica: constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica. Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos.

La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos. De ahí nace una doble exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, por las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática (cf. Magnifica humanitas, 81).

En los últimos años, las rutas cada vez más peligrosas han evidenciado el altísimo coste de esta realidad, tantas veces escondida o ignorada. Muchas personas siguen siendo presas de traficantes y contrabandistas que se aprovechan de su desesperación. Es necesario fortalecer la prevención, el rescate y la asistencia a las víctimas, especialmente en el marco de una cooperación regional y multilateral.

Ninguna nación puede afrontar por sí sola un desafío de esta magnitud. Por ello, es indispensable una respuesta coordinada, solidaria y eficaz, capaz de garantizar protección, acogida y oportunidades reales de integración a quienes emigran. Cuando la respuesta institucional se hace cercana, justa y coordinada, las fronteras dejan de ser lugares de abandono y pueden convertirse en espacios de protección responsable de la dignidad humana.

Señorías:

El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca. En este contexto, la paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral. Reclama una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia.

En el plano internacional, la paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional. Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de aquella conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia entre las naciones. Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera.

Por eso, preocupa que, en diversos lugares del mundo, y también en Europa, vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi inevitable ante la fragilidad del escenario internacional. La verdadera seguridad, en cambio, nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que se benefician de la guerra. También el desarrollo de las nuevas tecnologías y de la inteligencia artificial en el ámbito militar exige una vigilancia ética rigurosa, para que las decisiones sobre la vida y la muerte nunca sean descargadas sobre automatismos ni sustraídas a la responsabilidad moral de la persona humana (cf. Discurso en la Universidad “La Sapienza”, 14 mayo 2026).

La comunidad internacional está llamada a redescubrir el valor indispensable del diálogo como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados, en la transparencia de la acción diplomática y en la voluntad sincera de anteponer la paz al recurso a la fuerza. De ahí nacen la confianza y la esperanza.

Como recuerda el lema de la Unión Europea, In varietate concordia, la unidad verdadera no uniforma, sino que cohesiona en la diversidad, haciendo de las culturas, sensibilidades y tradiciones una ocasión de enriquecimiento mutuo.

Asimismo, dentro de las propias sociedades es urgente construir una cultura de la reciprocidad. La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos.

Pero la paz no es solamente una realidad política o institucional. Nace también en la conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la reconciliación. Por eso, se instaura y se protege también a través del lenguaje. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje» (Mensaje para la Cuaresma de 2026, 13 febrero 2026). La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación.

De este respeto al otro nace también el deber de custodiar el espacio donde maduran sus convicciones, su conciencia y su relación con Dios. La atención a ese ámbito interior permite comprender mejor una cuestión decisiva para toda sociedad verdaderamente democrática: la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas. La libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe.

Sin confundir el plano jurídico con el moral, conviene recordar también que la libertad necesita una comprensión plena de sí misma. Ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente. Por eso, toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida (cf. Dignitatis humanae, 1). Desde esta perspectiva, la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso. La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública.

En este contexto, el sigilo sacramental de la confesión reviste una importancia especial para la Iglesia católica. Se inserta en el ámbito más amplio de la libertad religiosa, que garantiza a las comunidades creyentes un espacio propio de vida, organización y disciplina interna (cf. Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa, Acta Final de Helsinki, 1 agosto 1975, Principio VII). Tutelarlo jurídicamente, como sucede de modo análogo en algunas profesiones, significa preservar un espacio sagrado de libertad interior, donde el creyente puede abrir su alma ante Dios sin temor a presiones externas, como reconocen también las normas internacionales (cf. Corte Penal Internacional, Reglas de Procedimiento y Prueba, Regla 73.3).

Señoras y Señores:

Permitan que me detenga un instante en algunas imágenes que adornan esta Cámara. En este Salón de Sesiones, la luz natural entra por el lucernario que corona la sala. Esa luz que viene de lo alto puede recordar que también la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera.

También las pinturas que evocan, en la parte superior del muro principal, la recepción del Evangelio y del Decálogo recuerdan algo esencial. Sin confundir el orden político con el religioso, esos signos invitan a reconocer que la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana. En esa escuela interior, los pueblos aprendieron que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía.

Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse.

Les invito a alzar, pues, la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír. Porque la altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral.

España puede ofrecer mucho en este camino. Cuenta con una lengua que une continentes; una tradición cultural, jurídica y espiritual que ha sabido poner en diálogo fe y razón, derecho y conciencia, unidad y pluralidad. Esta experiencia histórica recuerda también el valor de la concordia y del esfuerzo paciente por construir una convivencia pacífica y justa.

Que esta noble nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro. Que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza. Y que su vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio.

Que Dios conceda paz a todas las naciones de la tierra, concordia a las familias y serenidad a las conciencias. Y que, sobre el Reino de España, marcado por la huella apostólica de Santiago y por la presencia maternal de la Virgen del Pilar, desciendan días de prosperidad, justicia y paz duradera. Muchas gracias.

Madrid, 8 de junio de 2026.

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