jueves, 25 de junio de 2026

PARA SALIR DE LA PERPLEJIDAD Y RETOMAR LA AGENDA DE LA POLÍTICA CON ARREGLO A VALORES








Rodolfo Fortunatti

Cuando el gobierno de José Antonio Kast recién inauguraba su gestión, en Perú y Colombia la extrema derecha se aprestaba a conquistar el poder. Trump había tomado por asalto Venezuela y secuestrado a su presidente, como intentó hacerlo sin éxito en Irán. Aparecía otra geopolítica. La continuidad del Estado y de sus instituciones enfrentaba una ruptura en Chile. Kast había retirado el respaldo a Michelle Bachelet a la secretaría general de la ONU, mientras su ministro de Hacienda aplicaba una temeraria alza de precios a los combustibles, desdeñando groseramente un mecanismo de estabilización de larga data, ponía bajo sospecha las estadísticas oficiales, y aplicaba recortes regresivos a las garantías de derechos económicos y sociales.

Los nuestros no son únicamente problemas de desigualdad económica, inestabilidad política o deterioro ecológico, sino de un desafío que exige el replanteamiento completo de nuestra acción política. Dicho en una frase: nuestros problemas no son doctrinarios ni ideológicos; son estratégicos y prácticos.

El Papa León XIV ofrece claves esenciales, como las contenidas en Magnífica Humanitas, para un humanismo que responda a las exigencias de la postmodernidad. Su llamado a superar las lógicas bélicas y autoritarias se alinea con la necesidad urgente de abandonar dinámicas que perpetúan la confrontación, la exclusión y la opresión. No hay mucho más que inventar y que teorizar, sino de aterrizarlas en propuestas accionables, lo cual se consigue respondiendo, al menos, a las siguientes tres preguntas: ¿qué hacer?, ¿cómo hacerlo? y ¿para qué fin estratégico hacerlo?

¿Qué hacer?

Lo primero es reconocer —al contrario de lo que propugnan los neoliberales— que las actuales estructuras económicas y políticas están diseñadas para reproducir desigualdades y mantener sistemas de dominación. Es lo que confirmaron el Estallido del 19 y los fallidos procesos constitucionales. Desde las políticas públicas nacionales hasta los tratados comerciales internacionales, las decisiones que afectan la vida cotidiana se orientan a maximizar beneficios para unos pocos, dejando atrás a las mayorías. 

Para hacerle frente la participación comunitaria es crucial. Las comunidades deben poder organizarse y decidir sobre las cuestiones que les afectan directamente, sin depender de estructuras jerárquicas tradicionales que imponen agendas ajenas a su realidad. La promoción de procesos de autogestión a nivel local ofrece una vía práctica para devolver a la ciudadanía el control sobre su entorno, fomentando proyectos concretos como cooperativas de producción, comités sociales que supervisen servicios públicos, y mecanismos de rendición de cuentas participativos.

Seguidamente, el impacto devastador de las políticas neoliberales, demanda una articulación estratégica entre actores locales, nacionales e… ¡internacionales! Movimientos sociales, sindicatos, organizaciones comunitarias, académicos y políticos que defiendan la justicia social deben unir esfuerzos para generar un contrapeso efectivo a las fuerzas ultraconservadoras. Estas alianzas no pueden limitarse a la protesta; deben ser capaces de generar acciones coordinadas que produzcan transformaciones palpables, desde reformas estructurales a la implementación de modelos alternativos de desarrollo.

¿Cómo hacerlo?

Es imprescindible desarrollar estrategias prácticas que combinen inteligencia colectiva y creatividad política. El análisis riguroso de las condiciones materiales debe integrarse con la movilización popular, otorgando especial relevancia a la educación política. La conciencia crítica de la ciudadanía, impulsada por procesos educativos y de difusión cultural, es el motor indispensable para construir una sociedad más participativa y menos manipulable.

Las nuevas tecnologías, como las plataformas y redes sociales, aunque son herramientas poderosas que permiten organizar e informar, también presentan riesgos inherentes, como el control ejercido por corporaciones que monopolizan el flujo informativo. Tienen más potencia expansiva en nuestro medio El Mercurio, La Tercera y Canal 13, que El Mostrador o El Periodista. Es necesario, pues, construir alternativas en comunicación, aprovechando el alcance de las plataformas digitales pero promoviendo medios independientes que representen voces plurales y críticas. La información libre y accesible es una pieza clave en la lucha contra la manipulación mediática y el aislamiento de las comunidades.

Por otra parte, predicar con el ejemplo es un activo eficaz. La ética en el actuar político debe ocupar un lugar central. No basta con condenar la corrupción o el elitismo de los poderes tradicionales; es indispensable proponer y practicar una política transparente y comprometida con la verdad. La reconstrucción de la confianza social en los actores políticos pasa por el diálogo abierto, inclusivo y respetuoso entre todos los sectores. La honestidad y la autenticidad, lejos de ser ideales abstractos, son requisitos prácticos para sostener proyectos transformadores.

No una política intuitiva, sino una política racional. La planificación estratégica debe ser cuidadosa y orientada a resultados concretos. Objetivos claros, medibles y adaptables al contexto permitirán no solo avanzar de manera segura, sino también evaluar los impactos reales de las acciones emprendidas. Evitar la trampa de la abstracción es esencial; es preferible trabajar en metas pequeñas, pero significativas que prioricen el bienestar inmediato de las personas, sin perder de vista la visión a largo plazo de una sociedad más humana y digna. Una olla común, una asesoría a trabajadores informales, un apoyo jurídico a madres de niños neurodivergentes, una charla explicativa a dirigentes estudiantiles sobre el proyecto legislativo de aula segura, son acciones precisas y mensurables, pero con una alta carga cultural y axiológica.

¿Para qué objeto estratégico hacerlo?

Los esfuerzos por transformar estructuras y prácticas deben tener un propósito claro que sirva como guía orientadora: construir sociedades donde la justicia, la solidaridad y la sostenibilidad sean pilares fundamentales. Esto implica colocar el desarrollo humano en el centro de todas las decisiones políticas y económicas, priorizando la dignidad y el bienestar cotidiano de las personas sobre los intereses mercantilistas y competitivos que han dominado las últimas décadas.

Esta meta estratégica exige desafiar los paradigmas económicos prevalecientes que tienden a valorar la acumulación de riqueza sobre la cooperación social. Modelos alternativos basados en la equidad, el respeto a los derechos humanos y la protección del medio ambiente son necesarios para asegurar que los avances técnicos y económicos se traduzcan en mejoras reales en las condiciones de vida de todos, no solo de unos pocos privilegiados.

Esto entraña liberarnos de las narrativas fatalistas que perpetúan la idea de que no hay salida al sistema actual, y de las soluciones simplistas que ignoran las complejidades de nuestra realidad. La construcción de una sociedad más justa exige acciones concretas, pero también visión y reflexión profunda. Es aquí donde el humanismo se muestra no como una receta mágica, sino como un marco ético y práctico para reorientar nuestras prioridades hacia el bien común.

La violenta arremetida neoliberal contra todo el sistema democrático de seguridad humana construido a lo largo de décadas, no puede resolverse mediante disputas teóricas o ideales abstractos. El desafío práctico ante la agresión ultraliberal y el avance de la extrema derecha demanda respuestas que sean claras, precisas y accionables. La clave está en actuar de manera conjunta, con reflexión seria, planificación estratégica y compromiso ético. Recuperar la centralidad de la persona en el quehacer político no es un gesto simbólico, sino un paso fundamental para alterar los sistemas deshumanizadores. Solo mediante el esfuerzo colectivo lograremos transformar una realidad aplastante en una convivencia donde la justicia, la solidaridad y la paz sean realidades tangibles, capaces de guiar a las generaciones presentes y futuras hacia un mejor destino.

25 de junio de 2026.

DISCURSO DEL PAPA LEON XIV EN EL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS DE ESPAÑA










Presidente del Gobierno,

Presidenta del Congreso de los Diputados,

Presidente del Senado,

Presidente del Tribunal Constitucional,

Presidenta del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial,

Miembros del Congreso de los Diputados y del Senado,

Señoras y señores:

Agradezco a la Señora Presidenta sus amables palabras, así como la invitación que la Sede Apostólica ha recibido con ocasión de mi viaje a este país, así como la deferencia de acogerme en este histórico Palacio del Congreso de los Diputados, ámbito eminente de la vida institucional, jurídica y democrática del Reino de España. Vengo ante todos ustedes como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica, consciente de que la misión confiada al Sucesor del apóstol Pedro como principio y fundamento de unidad de los Obispos y de los fieles (cf. Lumen gentium, 23) coloca a la Santa Sede, de modo peculiar, en diálogo con los pueblos y con los Estados.

Mi presencia entre ustedes quiere ser un gesto de cercanía hacia España, en el marco de la mutua cooperación, y una palabra ofrecida desde el servicio a la persona humana. La Iglesia “camina con la humanidad”, comparte sus esperanzas y sus heridas, escucha los interrogantes de cada época y se deja interpelar “por todo lo que concierne a la existencia de los hombres y las mujeres de hoy”. Por eso, cuando se dirige a la vida pública, lo hace respetando la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar. Reconoce “la autonomía de las realidades terrenas” y “la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política”; y, precisamente desde esa conciencia, aporta una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia (cf. Magnifica humanitas, 18-19).

En este hemiciclo se da forma jurídica a la convivencia social. Aquí las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión compartida. Por eso, más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes.

Ante esta cuestión, España posee una memoria particularmente rica. Su identidad geográfica y política se ha ido entretejiendo con una historia en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradición y el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente. En sus catedrales y universidades, en su literatura inmortal, en sus instituciones jurídicas y en el ánimo mismo de su pueblo, permanece viva una herencia que ha dado forma a un modo de vivir la libertad, practicar la justicia y ordenar la vida común.

Desde las páginas universales del Quijote, donde Cervantes proclamó que «la libertad […] es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos» (Don Quijote de la Mancha, II, 58), hasta la hondura espiritual de santa Teresa de Ávila, y desde la gran tradición jurídica española hasta la inquietud metafísica de Unamuno, que recordaba que el hombre «no se resigna a morir del todo» (Del sentimiento trágico de la vida, I), España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa.

Por eso, al hablar hoy de la persona humana, esta memoria conduce naturalmente a Salamanca y al pensamiento que allí maduró. La presencia simbólica en esta sala de los Reyes Isabel y Fernando, remite a aquel momento en que España quedó situada ante responsabilidades históricas de alcance universal; pocos años después, Salamanca habría de asumir, con singular lucidez, la reflexión moral y jurídica que ese escenario reclamaba. En aquella sede universitaria, hace quinientos años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente. Introdujeron así en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder. Hay que reconocer que la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que encontraban eco en su propia tradición cristiana.

Sin embargo, aquel interrogante abrió un horizonte intelectual y moral que desbordó su propio momento histórico. La intuición del totus orbis, de una comunidad humana más amplia que cualquier poder particular, permitía afirmar la existencia de vínculos jurídicos y morales entre los pueblos. Desde España, la reflexión de la Escuela de Salamanca —y de manera particular fray Francisco de Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas— contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue hablando también hoy: que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional.

Ésta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral. Aquella contribución, nacida a orillas del Tormes, trascendió las aulas y las bibliotecas, y llegó a formar parte de una conciencia más amplia, compartida por la comunidad internacional que sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza. Ese legado vive también en estas Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar.

La pregunta salmantina sigue acompañando la tarea de quienes sirven a la vida pública. Hoy, los nuevos mundos que se abren ante nosotros ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social.

El progreso ofrece posibilidades admirables, y hoy lo vemos de modo singular en el desarrollo de la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías. Como he recordado en mi reciente Encíclica, la tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza (cf. Magnifica humanitas, 9); por eso, ante las transformaciones de nuestro tiempo, nuestro discernimiento debe centrarse en qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones, y cómo se plantean hoy, de manera nueva, la dignidad del trabajo, la solidaridad, la política social y el bien común.

Este discernimiento comienza por una afirmación primera: toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento (cf. Benedicto XVI, Discurso ante el Parlamento Federal alemán, 22 septiembre 2011). Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo. La fe cristiana la proclama a partir de la Revelación; la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre (cf. ibíd.). Cuando esta convicción permanece viva, el derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente a la imposición de intereses y agendas particulares.

Sobre este fundamento, me corresponde pronunciar hoy una palabra serena y firme ante quienes tienen la grave responsabilidad de ordenar jurídicamente la convivencia social. Esta convivencia puede verse amenazada por la cultura del descarte, como tantas veces advirtió el Papa Francisco (cf. Discurso a la Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia para la Vida, 27 septiembre 2021). En este sentido, si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad.

El bien común es, en cierto modo, “la forma social de la dignidad humana” (cf. Magnifica humanitas, 59). No consiste en la mera suma de intereses particulares, sino en «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (Gaudium et spes, 26). Cuando el bien común deja de ser horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos.

En este contexto, reviste particular importancia la familia, realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad. En el hogar se entrelazan las generaciones y se transmite una memoria viva que da continuidad interior a la sociedad. Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer.

También las instituciones educativas ocupan un lugar decisivo en esta tarea. En ellas, las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse sobre el sentido de la vida y la dignidad de cada persona. Por eso, muchos padres deseosos de que sus hijos aprendan a relacionarse, a pensar con espíritu crítico y a adquirir valores sólidos, depositan en ellas grandes esperanzas, como valiosas aliadas en su educación. Esta colaboración ha de respetar siempre el «derecho primario e inalienable» de los padres a «elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas» (cf. Magnifica humanitas, 143; cf. Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, art. 18.4).

La afirmación de la dignidad humana no puede permanecer abstracta cuando tantas personas se ven obligadas a dejarlo todo para buscar paz, seguridad y futuro. También el trágico drama migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional. Numerosos hombres, mujeres y niños se ven obligados, por circunstancias muchas veces dramáticas, a partir de sus comunidades y dejar atrás seres queridos, historias y vínculos. Esta realidad rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica: constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica. Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos.

La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos. De ahí nace una doble exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, por las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática (cf. Magnifica humanitas, 81).

En los últimos años, las rutas cada vez más peligrosas han evidenciado el altísimo coste de esta realidad, tantas veces escondida o ignorada. Muchas personas siguen siendo presas de traficantes y contrabandistas que se aprovechan de su desesperación. Es necesario fortalecer la prevención, el rescate y la asistencia a las víctimas, especialmente en el marco de una cooperación regional y multilateral.

Ninguna nación puede afrontar por sí sola un desafío de esta magnitud. Por ello, es indispensable una respuesta coordinada, solidaria y eficaz, capaz de garantizar protección, acogida y oportunidades reales de integración a quienes emigran. Cuando la respuesta institucional se hace cercana, justa y coordinada, las fronteras dejan de ser lugares de abandono y pueden convertirse en espacios de protección responsable de la dignidad humana.

Señorías:

El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca. En este contexto, la paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral. Reclama una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia.

En el plano internacional, la paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional. Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de aquella conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia entre las naciones. Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera.

Por eso, preocupa que, en diversos lugares del mundo, y también en Europa, vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi inevitable ante la fragilidad del escenario internacional. La verdadera seguridad, en cambio, nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que se benefician de la guerra. También el desarrollo de las nuevas tecnologías y de la inteligencia artificial en el ámbito militar exige una vigilancia ética rigurosa, para que las decisiones sobre la vida y la muerte nunca sean descargadas sobre automatismos ni sustraídas a la responsabilidad moral de la persona humana (cf. Discurso en la Universidad “La Sapienza”, 14 mayo 2026).

La comunidad internacional está llamada a redescubrir el valor indispensable del diálogo como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados, en la transparencia de la acción diplomática y en la voluntad sincera de anteponer la paz al recurso a la fuerza. De ahí nacen la confianza y la esperanza.

Como recuerda el lema de la Unión Europea, In varietate concordia, la unidad verdadera no uniforma, sino que cohesiona en la diversidad, haciendo de las culturas, sensibilidades y tradiciones una ocasión de enriquecimiento mutuo.

Asimismo, dentro de las propias sociedades es urgente construir una cultura de la reciprocidad. La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos.

Pero la paz no es solamente una realidad política o institucional. Nace también en la conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la reconciliación. Por eso, se instaura y se protege también a través del lenguaje. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje» (Mensaje para la Cuaresma de 2026, 13 febrero 2026). La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación.

De este respeto al otro nace también el deber de custodiar el espacio donde maduran sus convicciones, su conciencia y su relación con Dios. La atención a ese ámbito interior permite comprender mejor una cuestión decisiva para toda sociedad verdaderamente democrática: la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas. La libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe.

Sin confundir el plano jurídico con el moral, conviene recordar también que la libertad necesita una comprensión plena de sí misma. Ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente. Por eso, toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida (cf. Dignitatis humanae, 1). Desde esta perspectiva, la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso. La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública.

En este contexto, el sigilo sacramental de la confesión reviste una importancia especial para la Iglesia católica. Se inserta en el ámbito más amplio de la libertad religiosa, que garantiza a las comunidades creyentes un espacio propio de vida, organización y disciplina interna (cf. Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa, Acta Final de Helsinki, 1 agosto 1975, Principio VII). Tutelarlo jurídicamente, como sucede de modo análogo en algunas profesiones, significa preservar un espacio sagrado de libertad interior, donde el creyente puede abrir su alma ante Dios sin temor a presiones externas, como reconocen también las normas internacionales (cf. Corte Penal Internacional, Reglas de Procedimiento y Prueba, Regla 73.3).

Señoras y Señores:

Permitan que me detenga un instante en algunas imágenes que adornan esta Cámara. En este Salón de Sesiones, la luz natural entra por el lucernario que corona la sala. Esa luz que viene de lo alto puede recordar que también la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera.

También las pinturas que evocan, en la parte superior del muro principal, la recepción del Evangelio y del Decálogo recuerdan algo esencial. Sin confundir el orden político con el religioso, esos signos invitan a reconocer que la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana. En esa escuela interior, los pueblos aprendieron que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía.

Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse.

Les invito a alzar, pues, la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír. Porque la altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral.

España puede ofrecer mucho en este camino. Cuenta con una lengua que une continentes; una tradición cultural, jurídica y espiritual que ha sabido poner en diálogo fe y razón, derecho y conciencia, unidad y pluralidad. Esta experiencia histórica recuerda también el valor de la concordia y del esfuerzo paciente por construir una convivencia pacífica y justa.

Que esta noble nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro. Que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza. Y que su vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio.

Que Dios conceda paz a todas las naciones de la tierra, concordia a las familias y serenidad a las conciencias. Y que, sobre el Reino de España, marcado por la huella apostólica de Santiago y por la presencia maternal de la Virgen del Pilar, desciendan días de prosperidad, justicia y paz duradera. Muchas gracias.

Madrid, 8 de junio de 2026.

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jueves, 11 de febrero de 2021

Chile, un caso más de la “trampa de los ingresos medios “o Vulnerabilidad y Desigualdad insostenibles

 

Óscar Osorio

A 26 años de la partida de Don Bernardo Leigton G, ejemplo de generosidad,

altruismo, sentido patriótico y republicano, pero sobre todo, una gran convicción y compromiso democrático

 


Introducción

Una de las razones que se han esgrimido para explicar el malestar social que desembocó en el estallido del 18/0, ha sido la relacionada con la trampa de los ingresos medios. La teoría al respecto indica que este concepto, de carácter multidimensional, está compuesto principalmente de cuatro elementos[1]: problemas de competitividad, productividad y falta de dinamismo de las exportaciones como motor del crecimiento, por falta de diversificación de productos y destinos; debilidad de las redes de protección social; fallas en el mercado laboral y en la formación de capital humano; e instituciones frágiles o ineficientes.

 

Desde esta perspectiva, a principios de los 2000, el modelo de desarrollo chileno, basado en la producción y exportación de materias primas (cobre, vino, celulosa, frutas, pescados, etc.) comenzó una suerte de decaimiento. Recordemos que del punto de vista de los ingresos, los países de ingreso medio se definen como aquellos con un ingreso per cápita entre US$ 9.000 y US$ 22.000. Sin embargo, habida cuenta del amplio rango de ingresos, lo que caracteriza estos países, finalmente, es la incapacidad para generar crecimientos sólidos a lo largo del tiempo que permita sostener un mayor bienestar para la población y que requieren de instituciones estables, confiables para todos los sectores y trasparentes en su comportamiento y en sus objetivos.

 

Particularmente para algunos segmentos de las capas medias que pudieron salir del marco de la pobreza, como sería el caso de Chile, que entre los países latinoamericanos ha sido el que más rápido ha reducido sus niveles de pobreza. Este sector, que si bien es cierto ha experimentado una creciente movilidad social ascendente, también es importante recordar al respecto, que a más movilidad, mayores son las expectativas y aspiraciones de estos grupos, que se expresan en una tendencia al consumo de bienes cada vez más variado y sofisticados, aspiración a acceder a educación y salud privadas de mejor calidad y a la propiedad, incluso de la segunda vivienda.

 

Entonces, conforme a la explicación de esta mirada de la trampa de los ingresos medios, estas clases medias emergentes que perciben como sus aspiraciones de consumo ya no pueden ser satisfechas, generan reclamo, malestar e incluso ira. Dicho de otra manera, el modelo ya no les otorga las certezas que antes le daba, y estas nuevas inseguridades en su vida cotidiana los empujan al descontento, la protesta, la rabia y al cuestionamiento del sistema político y de convivencia.

 

Por lo tanto, desde esta perspectiva teórica, para retomar el camino del equilibrio y el crecimiento, bastaría solo con hacer ajustes en algunos de los cuatro factores o elementos. La pregunta que subyace: ¿Es tan simple resolver esta ecuación? ¿O el problema es más de fondo?

 

1.      El Estado ausente

 

La respuesta a las preguntas anteriores es que, por supuesto, (ya) no basta con resolver algunas ecuaciones o hacer ajustes por aquí o por allá. Se requiere de transformaciones profundas, particularmente con aquella concepción económica, ideológica y política, a nivel ya de axioma, de que lo mejor para que una sociedad prospere es dejar el funcionamiento de los mercados, libres de toda regulación. Esta situación no comenzó solo en los últimos años. Esta realidad tiene 40 años y se expresa en el momento en que nuestro país comienza a trazar la ruta por el ultra neoliberalismo: las llamadas modernizaciones estructurales[2]. En efecto, este avance del mercado hacia todas las esferas de la vida social, comienza a ser prefigurado por la feroz dictadura cívico-militar, y constituye el momento, de expansión de la lógica de mercado al conjunto de las relaciones sociales y, simultáneamente, de la reducción del Estado.

 

Por lo tanto, el retiro del Estado de las decisiones de futuro y el haber dejado que en estas decisiones relevantes de la economía sólo concurriera la mano invisible del mercado, impidió el desarrollo de instituciones que permitieran llevar adelante estrategias de crecimiento de largo plazo, de manera estable, confiables para todos los sectores y trasparentes en su comportamiento y en sus objetivos. Desde la perspectiva teórica de la “trampa de los ingresos medios”, se nos decía que un componente esencial para esquivar esta trampa es la calidad de las instituciones; que fortalecerlas y redefinirlas debe ser parte central de la agenda.

 

Por el contrario, lo que ha sucedido en el país, no es una redefinición de las instituciones económicas, menos un fortalecimiento. Recordemos el recorte de funciones que sufrió el SERNAC el año 2019, que en lo fundamental planteaba un aumento de penas, incluida la cárcel efectiva, para aquellas prácticas contrarias a la transparencia de la competencia. Por el contrario, lo que sí ha ocurrido es una gran concentración económica del poder empresarial y una falta de transparencia de las instituciones económicas. Esta “opacidad” en las reglas de la competencia de los mercados, genera, no solo estancamiento, sino que además un gran descuido por la innovación. De esta manera se favorece el “lobby”, la colusión y prácticas (en todos los ámbitos) que desfavorecen a los consumidores.

2.      Diversificación de exportaciones

Desde fines de la década de 1990, Chile se ha adherido a una serie de tratados de libre comercio (TLC) con países tanto de Latinoamérica como del resto del mundo, destacando entre ellos los firmados con las principales economías del mundo: Estados Unidos, China y la Unión Europea. A la fecha a través de los tratados de comercio firmados, Chile actualmente posee libre acceso a los principales mercados en el mundo, alcanzando más de 4200 millones de personas distribuidas en los cinco continentes. Hasta la fecha se han suscrito 26 acuerdos comerciales con más de 60 países[3].

 

Las exportaciones mineras, con datos del primer semestre de 2019, representaron el 51,7% de los envíos totales del país, alcanzando 17.616 millones de dólares, donde se destaca el cobre y sus concentrados, conforme al COMEX del Servicio Nacional de Aduanas. En alimentos, Chile lideró las exportaciones mundiales de uvas, arándanos y cerezas frescas, ciruelas (frescas y deshidratadas), erizos de mar, filetes de bacalao de profundidad y algas de uso industrial. Los 3 principales destinos para los productos agropecuarios chilenos son: USA con 23,7%; China 19,8% y Japón con 5,7%. Estas exportaciones significaron, conforme a la misma fuente, alrededor de 17.000 millones de dólares.

 

Es decir, al menos en las cifras presentadas, el rol de las exportaciones y su diversificación como factor para enfrentar una “posible” trampa del ingreso medio, ha sido impecable. Sin embargo, hay -a lo menos- tres temas pendientes asociados al retiro del Estado de la escena política y económica y que ante un escenario de incertidumbres de toda índole, el mercado como instrumento de reemplazo para dotar de sentido la vida en sociedad, ha demostrado su incapacidad:

·         En primer lugar, la dependencia absoluta de posibles confrontaciones comerciales entre las potencias mundiales, tal como la que ocurrió recientemente entre China y USA. Lo anterior significa alinearse con algunos de los bandos, perdiendo de esta manera la autonomía comercial. Si bien es cierto este es un factor externo, la inexistencia de instituciones públicas relacionadas con el desarrollo económico de largo plazo, si incide en que se genere una mayor incertidumbre, entre los actores involucrados.

 

·         En segundo lugar, fundamentalmente asociado a la minería, pero no exclusivamente, aparece el tema de las manufacturas asociadas a las materias primas, particularmente cobre y litio. La industria extractiva no genera en el país productos con valor agregado de carácter industrial, con alto nivel tecnológico y de innovación que permita generar un crecimiento sostenido a largo plazo, más allá de la actividad “rentista”, tan de corto plazo. 

 

·         En tercer lugar, aunque más bien asociado al modelo de exportación no minero, es decir, el modelo “agro exportador” (Picisilvoagropecuario) que se sostiene en general sobre la base de ingresos que la mayoría de los trabajadores nacionales prefieren no realizar. Es por esta razón que, cuando producto del aumento del precio del cobre se elevan los salarios de los trabajadores, es prácticamente imposible encontrar mano de obra que trabaje en las diferentes faenas de recolección de fruta; corte y transporte de madera, o en la actividad de productos de exportación relacionados con la pesca. Esta es una de las razones del porque el mundo empresarial agro-rural, presionaba a los diversos gobiernos para implementar una apertura de frontera laborales. Al respecto, los sueldos en el sector de la Agricultura, Ganadería, Silvicultura y Pesca, dan cuenta de esta situación, donde las mujeres en promedio ganan $280.432 y los hombres, $418.625. Mientras que en la minería las mujeres en promedio ganan $809.553 y los hombres, 1.231.300[4], respectivamente.

 

Lo que sí es relevante mencionar, es que los ingresos generados tanto por la minería como por la actividad agroexportadora, sirven para agrandar el PIB del país, que debe andar por los 22 mil o 23 mil dólares per cápita. Aparentemente, según apreciamos en las cifras presentadas, este PIB no se refleja en los sueldos. Un colofón de carácter estructural respecto del modelo agroexportador: la absoluta dependencia de los mercados de destino respecto a la sostenibilidad de la industria. Basta a un evento asociado a temas de inocuidad, (real o no, por eso la fragilidad) para que todo el proceso se detenga. Tal como está sucediendo hoy con las cerezas chilenas y el principal mercado de destino de esta fruta: China.

 

3.      Formación de Capital humano

 

Haber dejado que el mercado ingresara a mejorar la calidad y competencia de la educación, no hizo más que fortalecer una correlación muy estrecha entre el nivel socioeconómico del estudiante y sus resultados escolares, lo que explica la reproducción de la desigualdad. Toda la artillería “conceptual” del modelo que hablaba del sacrificio, del mérito, de la libertad de elegir donde estudiarán los hijos, de la disciplina para obtener un título Universitario, que aseguraría una creciente movilidad ascendente, no fueron más que ilusiones, humo y mentiras. Esto significa que el neoliberalismo ha cobrado muy caro por las “ilusiones.

 

Esta (la educación y formación de capital humano) es otra manifestación de la incapacidad de la institucionalidad económica para generar una simetría entre una agenda productiva y otra social[5]. Ya que a partir del fundamentalismo de un discurso neoliberal, basado en la acción del mercado sin regulaciones, confiando sólo en la racionalidad de los actores, se coparon todos los espacios de la vida social, (incluida por supuesto la educación). Esta lógica expansiva, contó con el rol que asumió la disciplina económica, (neoliberalismo) y cómo se transformó en intolerante con ideas alternativas (aquellas que no glorificaban la perfecta racionalidad de los agentes económicos, ni la eficiencia absoluta de los mercados libres). Recordemos, sin ir más lejos, que la formación de economistas en el país, al menos durante los últimos 40 años, ha estado dominada por esta impronta neoliberal.

 

En el ámbito de la educación, considerada por las actuales autoridades del sector como función de consumo, el modelo indicaba (vendía) que hoy todos podemos llegar a ser profesionales universitarios. Es cierto, esto se realizó, pero este aumento de cobertura se realizó a costas de deudas de él (estudiante universitario de primera generación en su familia) y de sus familiares directos.  “Ha quedado de manifiesto que en un país clasista y excluyente, la integración prometida no funcionó”[6]. Es decir, la realidad hace imposible seguir ocultando el grito, el reclamo y malestar ante la incapacidad del modelo de satisfacer la promesa de la integración.

 

Un ejemplo de agendas complementarias, fue lo que pasó con el gobierno de Eduardo Frei Montalva (presidente de Chile 1964-1970), en donde la agenda económica se articulaba de manera simétrica con la social ya que el Estado tomó un activo rol en la promoción del desarrollo económico, a través del control de la tasa de interés, y en la orientación de los créditos productivos hacia el desarrollo de la industria, es decir, inversión productiva.

 

En efecto, por ejemplo, la Reforma Agraria y “Chilenización” del cobre iban de la mano con programas de “promoción popular”, reforma educacional, potenciándose. De esta manera, fue posible financiar tanto un nuevo enfoque para estimular el gasto en ciencia y tecnología (1967 creación de Conicyt), como el mejoramiento de la cobertura y calidad del sistema educacional. En efecto, la reforma educacional permitió la construcción, entre 1965 y 1970, de alrededor de 3.000 establecimientos educacionales. Es decir, un establecimiento y medio al día.

 

4.      Trampa de Ingresos medios o Vulnerabilidad y Desigualdad insostenibles

 

Si la vulnerabilidad entendida como el riesgo de una persona o grupo a sufrir daño ante una eventual contingencia y la capacidad de aquellos de evitar o reducir el daño, la pandemia del Covid-19, nos ha dejado (y nos sigue dejando) un país y una sociedad absolutamente vulnerable. En efecto, en enero y febrero del año 2020 mientras las principales autoridades políticas y sectoriales del país insistían en lo bien preparados que estábamos para enfrentar la crisis; que nuestro sistema de salud estaba a un nivel de Europa (mejor que Italia incluso), desoían, de la misma manera, las sugerencias de expertos en salud pública y de diversas organizaciones científicas, respecto al tratamiento de la pandemia.  Hoy, a inicios de febrero de 2021, las muertes por la pandemia suman ya más de 20.000. Y de estos, en una gran mayoría, sobre un 80%, o más, corresponden a gente que habita en comunas y territorios pobres del país. Es decir, la pandemia no es democrática ni en su contagio, ni menos en su desenlace.

De esta manera tanto la vulnerabilidad, así como la incertidumbre se instalan de manera definitiva, más allá de la esperanza que constituye la vacuna cuyo proceso ha comenzado en estos días, toda vez que a la incapacidad del Estado (de este Estado neoliberal), para enfrentar los dilemas de salud pública y el confinamiento obligado, se le agrega la absoluta convicción ciudadana que la desigualdad social y económica que afecta a la sociedad chilena, es de carácter estructural. En este sentido, tal como lo dice el PNUD, “desigualdades sociales” se definen como las diferencias en dimensiones de la vida social que implican ventajas para unos y desventajas para otros, que se representan como condiciones estructurantes de la vida, y que se perciben como injustas en sus orígenes o moralmente ofensivas en sus consecuencias, o ambas[7].

 

Y una de las principales causas de esta situación estructural está relacionada con los ingresos que reciben los trabajadores y trabajadoras chilenas. En un trabajo reciente, la “Fundación Sol” muestra los “verdaderos” sueldos de Chile: el 50% de los trabajadores chilenos gana menos de $401.000 y 2 de cada 3 trabajadores menos de $550.000 líquidos. Así mismo, solo el 19,4% gana más de $800.000 líquidos y el 84,8% de las mujeres que tienen un trabajo remunerado gana menos de $800 mil líquidos.  Entonces, lo que tenemos en realidad es que el 54,5% del total de ocupados en Chile, no podría sacar a una familia promedio de la pobreza (62% en el caso de las mujeres y 49% para los hombres) y 49,2% de los asalariados privados que trabajan jornada completa se encuentra en igual situación, lo cual da cuenta de los elevados niveles de precariedad que existen en el mundo del trabajo[8]

 

Es decir, se trata de un factor absolutamente desestabilizador del sentido de futuro e incluso del presente. ¿Cuál es la posibilidad de seguir estando “integrado” a la sociedad bajo el único instrumento de integración llamado consumo, con esta realidad de los sueldos? Nuestra impresión es que la posibilidad es bastante baja. Tal como se ha reconocido en estas líneas, nuestro país, de entre los llamados “emergentes”, ha sido el que más rápido ha disminuido sus niveles de pobreza. Sin embargo, también lo dice la teoría, mientras más rápido se reduce la pobreza, más familias ingresan a los estratos medios. Y la llamada “clase media emergente” es altamente vulnerable ante cualquier shock que afecte sus todavía precarios ingresos: enfermedad grave, desempleo, envejecimiento de miembros de la familia y fundamentalmente, tal como lo hemos padecido este último año, la pandemia del coronavirus.

 

Entonces a la pregunta de cómo se puede integrar la gente a la sociedad al consumo, con esta realidad de los sueldos. La respuesta es una sola: vivir endeudado o de la deuda. En efecto, se estima que en Chile cerca de 11,5 millones de personas están endeudadas, lo que equivale a más del 80% de los mayores de 18 años, de las cuales, 4,9 millones están morosos, vale decir, ni siquiera pueden pagar las deudas que han contraído.  Especialmente, el número de deudores morosos entre marzo de 2012 y junio de 2020 pasó de 1.390.127 a 4.959.145. El monto promedio de la morosidad es de $1.894.721[9]. La deuda se sigue acrecentado, ya que según el Sistema de Cuentas Nacionales del Banco Central de Chile, para el segundo trimestre del 2020, la deuda total de los hogares asciende a un 76,4% de sus ingresos disponibles anuales. Para el 2003, esta era del 38 %.

 

Y la deuda, al igual que los desenlaces fatales por Covid-19, no son para nada democráticos. El mismo estudio de la Fundación Sol ya citado, nos dice que en el Gran Santiago, las 9 comunas que presentan mayor nivel de personas morosas en relación al total de habitantes mayores de 18 años son: San Ramón, Lo Espejo, La Pintana, El Bosque, Cerro Navia, La Granja, Pedro Aguirre Cerda, Lo Prado y Conchalí. Es decir, todas comunas y territorios que concentran un mayor número de hogares que registran ingresos medios o bajos, y el porcentaje de personas morosas se ubica entre 51,3% y 43,8% de sus habitantes mayores de 18 años.

 

Asociado a estos elementos estructurales de los salarios y la deuda, en los últimos años ha surgido otro con mucha fuerza y energía: la situación de las pensiones. Este tema estuvo y está en el núcleo del malestar y reclamo hacia el modelo neoliberal.  Al respecto, la conclusión es una sola y contundente: el fracaso del modelo de las AFP en relación a la protección y seguridad social.

 

En los últimos 10 años, el sistema de AFP y Compañías de Seguros han más que duplicado el número de pensiones de vejez pagadas, finalizando el 2019 con más de 980 mil pensiones de vejez edad y vejez anticipada. Los resultados son concluyentes y desastrosos: A Diciembre de 2019, el 50 % de los 984 mil jubilados que recibieron una pensión de vejez obtuvieron menos de $202 mil ($145 mil si no se incluyera el Aporte Previsional Solidario (APS) del Estado).

 

Incluso, en el tramo de aquellas personas que cotizaron entre 30 y 35 años, el 50 % recibió una pensión autofinanciada menor a $301 mil, valor equivalente al Salario Mínimo vigente al 31 de diciembre de 2019 e inferior al monto actual del Salario mínimo. Esta grave crisis previsional, se acentúa en el caso de las mujeres, ya que el 50 % de las 472 mil jubiladas por vejez, recibe una pensión menor a $149 mil ($138 mil si no se incluyera el Aporte Previsional Solidario del Estado) y la pensión mediana para quienes cotizaron entre 30 y 35 años, vale decir, casi toda una vida laboral llega a solo $287 mil, incluyendo el APS”[10].

 

Es cierto que nuestro país ha sido uno de los que más rápido ha bajado los niveles de pobreza. Usando la medida de pobreza introducida por el Ministerio de Desarrollo Social en 2013, y aplicándola a los datos históricos, se tiene que desde 1990 a la fecha el porcentaje de personas viviendo en la pobreza se ha reducido de un 68% a un 11,7%. Al 2018, antes del estallido social, la pobreza marcaba solo un 8,7%. Conforme a datos del PNUD, solo en los últimos quince años, el ingreso per cápita real de los hogares en el 10% más pobre de la población creció en un 145% real. Esto es, un hogar que el año 2000 tenía ingresos por $ 200.000 hoy percibe $ 490.000 (ambos cifras en pesos de 2015). Si bien el nivel absoluto de ingresos es aún bajo para una gran mayoría, el cambio relativo respecto del propio pasado es indudablemente muy significativo. Tal como se muestra en el gráfico a continuación:

 Gráfico 1 Desigualdad de ingresos 1990 a 2015

 


Fuente: DESIGUALES: Orígenes, cambios y desafíos de la brecha social en Chile. PNUD junio 2017 Síntesis, página 21  

Todas estas cifras permiten entender lecturas e interpretaciones que hablaban de un sostenido proceso de crecimiento económico que nos estaba dejando en las puertas del desarrollo. A lo menos como algunos de los países de la OCDE. Incluso las alzas en los ingresos mostraban a través de los indicadores, que la desigualdad social, también venía bajando de manera sostenida. Sin embargo, el coeficiente de Gini, fórmula tradicional para medir los niveles de desigualdad, creado a principios del siglo pasado, ha demostrado cierta inutilidad ya que, un siglo más tarde, con la caída del muro de Berlín y la hegemonía del proyecto neoliberal a nivel global (desregulación, privatización, apertura irrestricta comercial y financiera, precarización laboral) es limitado para medir la complejidad de los actuales niveles de desigualdad.

 

 El Gini es útil, pero estadísticamente limitado y poco transparente. Establece una cifra que intenta capturar la desigualdad de una sociedad en su conjunto, pero es muy poco informativo sobre lo que ocurre dentro de esa sociedad[11].  En virtud de lo anterior, el destacado economista chileno, José Gabriel Palma, de la Universidad de Cambridge y de Santiago de Chile, creó un nuevo indicador para medir la desigualdad. La pregunta que Palma se hace es la siguiente: ¿Un país con Gini 0,4 es menos desigual que otro que tiene un 0,5? El problema, dice Palma, es que esta cifra es plana, pues no nos dice dónde la desigualdad es más pronunciada. ¿Se debe a una caída del ingreso de los más pobres? o ¿al aumento de los más ricos? Así surge el Palma ratio, cuando se compara la desigualdad entre países, nunca se debe a lo que sucede en el medio de la población, es decir, en lo que se lleva la mitad que se ubica en el medio y el medio alto, deciles 5 a 9 del ingreso".

 

Esa mitad, conforme a los análisis de Palma, se lleva algo muy cercano a la mitad del ingreso de una sociedad en casi todos los países, sean ricos o pobres, grandes o chicos, democracias o dictaduras, tengan o no recursos naturales, un buen nivel de educación o de gobernabilidad", agrega. Toda la gran diversidad distributiva en el mundo se debe a lo que pasa en la otra mitad de la torta. En específico, lo que se lleva el 10% más rico", señala Palma[12].

 

Lo anterior permite entender de mejor manera el fenómeno de la concentración económica empresarial para el caso de Chile. Un rasgo central de la desigualdad en el país es la concentración de ingreso y riqueza en el 1% más rico. Es una dimensión que no mide la encuesta Casen, puesto que las encuestas de hogares subestiman o no logran registrar los ingresos de la población más acomodada. Para su medición se usan los registros tributarios, y para Chile estos datos muestran que el 33% del ingreso que genera la economía chilena lo capta el 1% más rico de la población. A su vez, el 19,5% del ingreso lo capta el 0,1% más rico.

Grafico 2 Concentración Ingreso


Fuente: DESIGUALES: Orígenes, cambios y desafíos de la brecha social en Chile. PNUD junio 2017 Síntesis, página 22.

 

Es por esta razón, como se demuestra en el gráfico N° 1 del PNUD, que en una de sus columnas incorpora el “Palma ratio”, es muy barato para los países de ingreso medio y particularmente medio alto (como sería el caso de Chile) sacar a la población o, a parte significativa de ella, de la situación de pobreza.  Sin ir más lejos, todo el plan Bolsa de familia en Brasil que sacó de la pobreza a muchas de las 13 millones de familias que beneficiaba costó 0,5% del PIB por año[13].

 

Es lo que sucede, por ejemplo, si se compara a Corea del Sur con Chile. Corea llega a un Gini de 30 en su ingreso disponible (o un Palma ratio apenas superior a 1) gastando lo mismo que Chile en protección social (11% del PIB). Sin embargo, en Chile, con ese mismo gasto, apenas llegamos a un Gini de 48 aprox. (o un Palma ratio de 2.8). Es decir, la acción estatal resulta muy insuficiente para revertir la elevada desigualdad de ingresos que caracteriza al país. De esta manera, Chile subsidia la desigualdad por partida doble: permite que se distorsionen los mercados a gusto para llegar a una distribución-mercado que no tiene nada que ver con un “mercado” de verdad, pero no se gravan esos ingresos como para al menos llegar a una distribución del ingreso disponible más civilizada.

 

Recordemos que los impuestos, las transferencias monetarias y los mecanismos de seguridad social reducen la desigualdad. Las transferencias del Estado y el impuesto a la renta redujeron la desigualdad de ingreso en cinco puntos porcentuales del coeficiente de Gini en 2015, desde 52,6% a 47,6%. Es decir, 11 puntos del PIB para bajar apenas casi 5 puntos del Gini.  Este potencial redistributivo ha aumentado principalmente por la puesta en marcha de las pensiones solidarias en 2008, que hizo crecer significativamente el volumen de recursos transferidos a los hogares vulnerables del país. Ya vimos en el punto anterior el peso de la APS en el total de la pensiones.

5.      Conclusión

En síntesis, pensiones miserables, sueldos indignos, deudas asfixiantes, incertidumbres y pérdida de sentido de futuro, generan una sensación de desigualdad social insoportable. Si reducir la pobreza es relativamente barato, cambiar la desigualdad, y sus razones estructurales, es otra cosa. Se requiere de una gran voluntad política. Ello necesariamente pasa por cambiar la estructura tributaria, como en la OCDE, por reducir la evasión y elusión de impuestos, aumento de los salarios, mayor formalización del trabajo, mayor transferencia a los pobres. Es decir, no se trata de ajustes a algunos de los componentes del concepto multidimensional de “países de ingreso medio”: Se trata de transformar el modelo neoliberal de crecimiento económico.

 

Sin embargo, no será fácil jugar este partido. Este es el desafío que nos plantea la convención constituyente.   Este partido será particularmente complejo toda vez que las bases del malestar, descontento o desplome del modelo, seguirán estando vigentes mientras se juega el partido. Es decir, no ha habido modificación alguna al sistema de salud, las AFP siguen pagando pensiones miserables, las elites empresariales, sus privilegios y prebendas nos continúan asombrando, etc., etc.

 

Se requerirán, por lo tanto, ejercicios de generosidad, altruismo y de un gran sentido patriótico y republicano. Lo que se viene no es menor y tiene que ver de qué manera los dilemas, desafíos y limitaciones del sistema democrático, los resolvemos con más democracia y no con menos. Es mucho lo que está en juego como para dejar que la desmesura y las consignas del todo o nada, se adueñen de la cancha. Pero tampoco la crisis se resuelve con más de lo mismo.

 

Será necesario construir rutas participativas, incluyentes, de cambios y reformas indispensables y otras más adjetivas que incorporen horizontes de tiempo para su implementación.  El país tiene memoria de experiencias que significaron reformas profundas, cambios, participación social, fortalecimiento de modelos cooperativos, presencia del Estado acompañando y diseñando futuros. A esa memoria tenemos que apelar.

 

Compatibilizar entonces, “hasta que la dignidad se haga costumbre”, con más y mejor democracia, es el objetivo, el camino y la ruta. La dignidad sólo en democracia se hace costumbre. La pregunta es: ¿estará la clase política, la oposición y la centro izquierda dispuesto a asumir este desafío? La respuesta a esta pregunta está abierta.

 

Oscar Osorio Valenzuela

Febrero 06 2021

 

 

 

 

 

 

 



[1] Alejandro Foxley. “La trampa del Ingreso medio: El desafío de esta década para América Latina”. Ediciones Cieplan, agosto 2012.

[2]"Las siete modernizaciones" fue el nombre con el cual se conocieron en Chile las reformas estructurales llevadas a cabo desde 1979 por el gobierno militar, diez años antes de que el denominado "Consenso de Washington" las identificara y promoviera como la ruta a seguir para los países con problemas de deuda externa: disciplina fiscal, recortes al gasto público, reforma tributaria, liberalización financiera, fijación de un tipo de cambio competitivo, liberalización del comercio, inversión extranjera directa, privatización de las empresas estatales, desregulación y protección de los derechos de propiedad.

[3] Subsecretaría de Relaciones Exteriores. Julio 2019

[4] Fundación Sol, “Los Verdaderos Sueldos de Chile: Panorama actual del valor de la fuerza de trabajo, usando la Encuesta Suplementaria de Ingresos (ESI) del año 2019, noviembre 2020.

[5] Una excelente reflexión acerca la necesidad de generar simetrías entre lo económico y lo social, en: José Gabriel Palma, “Chile en su Momento Gramsciano” y las limitaciones de una salida tipo nueva socialdemocracia europea, CIPER 19/10/2020.

[6] Entrevista al destacado sociólogo de la Universidad de Chile, Manuel Canales. La Tercera Domingo, 29 de agosto 2020

[7] DESIGUALES: Orígenes, cambios y desafíos de la brecha social en Chile. PNUD junio 2017 Síntesis, página 18                                                    

[8] Fundación Sol, op-cit, resumen ejecutivo, página 3

[9] Fundación Sol, op-cit, página 20

[10] Fundación Sol, Pensiones bajo el mínimo:” Los montos de las pensiones que paga el sistema de capitalización individual en Chile”, Recaredo Gálvez Carrasco y Marco Kremerman Strajilevich, documento de trabajo, junio 2020, resumen página 5

[11] El cálculo va de cero a uno. El cero significa que todos los miembros de la sociedad tienen exactamente el mismo ingreso (igualdad absoluta), mientras que el uno significa que un solo miembro de esa sociedad se lleva todo el ingreso. Entre estos dos extremos se colocan todos los países

[12]Palma ratio”, el índice de un economista chileno, José Gabriel Palma, que revela el lado oculto de la fuerte desigualdad, en América Latina, BBC mundo, 23 junio de 2016

[13] América Latina, BBC mundo, 23 junio de 2016