martes, 3 de julio de 2007

La política como estrategia pura

Rodolfo Fortunatti


Hay quienes, asumiendo una relación entre la moral y la política, disciernen la presencia de dos éticas contrapuestas en la actual controversia democratacristiana. Se trataría de los dos principios normativos para la acción descritos por el sociólogo alemán Max Weber. Por una parte, la ética de la responsabilidad, según la cual el sujeto actúa calculando las consecuencias que sus actos tendrían para los demás. Y por otra, la ética de la convicción, donde el sujeto actúa siguiendo sus creencias sin prestar atención a las consecuencias de sus actos. Su máxima se expresaría de un modo semejante a: «Obra bien y deja las consecuencias en las manos de Dios».

Llevado a la práctica, por responsabilidad política, la Democracia Cristiana, sus órganos directivos y sus representantes en el Congreso, habrían acordado aprobar los recursos adicionales para el Transantiago. El partido habría calculado los costos sociales de no hacerlo. En su reverso, el senador Adolfo Zaldívar, movido por la firme convicción de que el Transantiago es el mayor crimen social de la historia de Chile, habría obedecido a su conciencia, rechazando el proyecto del Ejecutivo. Como corolario de lo anterior, el partido habría actuado de manera pragmática, mientras que el parlamentario lo habría hecho de un modo voluntarista o purista.

Se podría discutir ampliamente esta tesis, pero bastaría con señalar que por lo general no seguimos estos preceptos al pie de la letra. Más bien actuamos con una responsabilidad convenida. Procuramos seguir los dictados de nuestra conciencia, eliminando o reduciendo al mínimo los efectos nocivos que nuestros actos podrían eventualmente tener para los demás. Porque, si nos manejáramos en cada lugar y a cada instante por el puro cálculo de conveniencia, más temprano que tarde el oportunismo que esto entraña quedaría al desnudo. Y al revés, si nos moviéramos por puras convicciones, seríamos santos. Y no lo somos. El Sermón de la Montaña —acaso el mejor ejemplo de una ética absoluta— demuestra cuán imperfectas pueden ser nuestras conductas. ¿Dónde está aquel cuya conciencia ha obedecido siempre a los cuatro mandamientos del Sermón de la Montaña? ¿Dónde el que lo ha dejado todo? ¿Dónde el que ha puesto la otra mejilla? ¿Dónde el que no responde al mal con la fuerza? ¿Dónde el que siempre dice la verdad?

Lo que diferencia la acción de la Democracia Cristiana del comportamiento del senador Zaldívar, no es pues la responsabilidad de uno y la convicción del otro, sino un contrapunto distinto, pero de factura igualmente weberiana.

Max Weber, además de la dicotomía responsabilidad/convicción, también distinguió la acción política orientada a fines y la acción política con arreglo a valores. En la acción política ajustada a fines todo comportamiento se justifica según su adecuación al fin deseado. Donde el fin es lo que el consenso social dice que es. La verdad, por ejemplo. También la vida. ¿Qué hacer sin embargo cuando los fines son contradictorios? ¿Qué hacer cuando decir la verdad comporta el sufrimiento de otro? ¿Qué hacer cuando salvar la vida supone matar a otro? ¿A quién elegir cuando sólo se puede salvar a uno de dos hijos? La acción con arreglo a fines no da respuesta, porque tampoco resuelve cómo se origina el consenso social. De este modo, también la corrupción podría ser un fin socialmente aceptado y, por lo tanto, un principio ordenador de la acción colectiva. Como lo pueden ser las peculiares nociones de «crimen social», «poderes fácticos» o «establishment», acuñadas por el senador Zaldívar.

En la acción con arreglo a valores todo debe guardar coherencia con el bien perseguido, lo cual entraña la jerarquización de los bienes deseados. Así pues, el valor de la vida corona la escala de valores, aunque dar la vida por otros, sugiere una dignidad aún más excelsa. El problema es que en Weber, como en Zaldívar y en el «G9», los valores permanecen relegados en la esfera privada —o sea, en el plano de la fe, donde el pluralismo soporta cualquier cosa—, mientras que la acción pública se reduce a una pura racionalidad instrumental: los otros son medios para algo. La cohesión del «G9», y su acción de pequeño grupo, se construyen a costa de la Democracia Cristiana y de sus valores comunes. La lealtad y la disciplina no existen sino subordinadas a una conciencia individual que reivindica para sí misma su revelación y excelencia. Esto transforma su acción política en un modelo esencialmente estratégico.

Pero una acción puramente estratégica, una acción instrumental, una acción desprovista de valores comunes, de valores actuales y arraigados en el espacio público, es una acción vaciada de humanidad. Si Ortega y Gasset viviera, diría de ella lo que a principios del xx lo hizo proferir dicterios contra el
«señorito satisfecho»:

«…ha venido a la vida para hacer lo que le dé la gana… es el que cree poder comportarse fuera de casa como en su casa, el que cree que nada es fatal, irremediable e irrevocable… un hombre nacido en un mundo demasiado bien organizado del cual sólo percibe las ventajas y no los peligros. El contorno lo mima porque es civilización —esto es, una casa— y el hijo de familia no siente nada que le haga salir de su temple caprichoso, que incite a escuchar instancias externas superiores a él, y mucho menos que le obligue a tomar contacto con el fondo inexorable de su propio destino».

viernes, 29 de junio de 2007

El mensaje de Aparecida

Rodolfo Fortunatti


Aparecida ilumina la actual reflexión política democratacristiana en tres sentidos: primero, confirma la crítica al modelo; segundo, expresa su preocupación por las enormes fracturas y desigualdades sociales; tercero, advierte sobre las fallas de la democracia representativa realmente existente.

Así pues, respecto del modelo económico neoliberal, Aparecida llama la atención sobre el peligro que envuelve la incontrolada concentración del poder económico. Expresa, asimismo, su temor a que el afán de lucro —ganancia y acumulación tan custodiadas por los católicos liberales— se constituya en el valor supremo de la vida social (60). El afán de lucro puede hacerse perverso, cuando la actividad empresarial viola los derechos de los trabajadores y la justicia (137). Aparecida ve en el mercado un mecanismo que tiende a poner la eficacia y la productividad por sobre los valores objetivos de la verdad, la justicia, el amor, la dignidad y los derechos de todos, especialmente de los excluidos (61). Repara en la globalización una fuerte tendencia a la concentración, no sólo de la riqueza material, sino —lo que redunda en una severa restricción para los derechos civiles y políticos— de la propiedad y el manejo de la información (62).

¿Qué propone como alternativa? Postula un orden mundial impregnado por la justicia, la solidaridad, y los derechos humanos (64). Se inclina por la Economía Social de Mercado como la organización más idónea para orientar el trabajo, el conocimiento y el capital, hacia la satisfacción de las genuinas necesidades humanas (69). Demanda protección del Estado hacia las pymes. Explica que en ausencia de tales protecciones, sólo cabe esperar el avance incontenible de los grandes conglomerados económicos como factores determinantes del desarrollo (63).

¿Qué luces arroja sobre la sociedad anhelada? De entrada, renueva su opción preferencial por los pobres y excluidos (405). «Jesucristo es el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre» —dice. «Por eso la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza» (406). Sobre el fondo de tan excelsa iconografía, es que Aparecida se detiene a perfilar el rostro de los excluidos. Ya no son sólo los explotados de ayer; ahora son también los «sobrantes» y «desechables» (65), como los productos de mercado.

Aparecida, más allá de un pragmatismo cínico que se agota en los derechos individuales, propone un enfoque moral que eleva el valor de los derechos sociales, culturales y solidarios, a la calidad de principios de dignificación humana (47). Reclama a los responsables de las políticas públicas, que asuman una perspectiva ética, solidaria y auténticamente humanista (417). En materia de educación, esto significaría garantizar a los padres, cualquiera fuere su condición social, el derecho a escoger la educación de sus hijos, sin que nadie pudiera arrogarse la exclusividad en la atención de los más pobres (354). Significa impulsar una educación de calidad para todos. Para todos; especialmente para los más pobres (348).

¿Qué horizonte le señala al orden político? Aparecida advierte la presencia de tendencias reñidas con la humanización de la vida: «…la idolatría del dinero, el avance de una ideología individualista y utilitarista, el irrespeto a la dignidad de cada persona, el deterioro del tejido social, la corrupción incluso en las fuerzas del orden y la falta de políticas públicas de equidad social» (78). Tendencias que se afirman a medida que la democracia se inhibe a cuestiones puramente formales y procedimientales, lo que tarde o temprano acaba en dictaduras y populismos dolorosos para el pueblo. De ahí que abogue por una democracia participativa fundada en el respeto y promoción de los derechos humanos (74).

Esto entraña algo muy crucial para los democratacristianos. Comporta la rehabilitación ética de política. Una nueva moral cuya eficacia arranca de la incorporación protagónica de la sociedad civil. Porque, sólo ella puede robustecer la democracia, afianzar una verdadera economía solidaria y consolidar un desarrollo integral, solidario y sustentable (421).

Nunca debiera olvidarse que la auténtica democracia es una de justicia social, división de poderes y Estado de derecho (76).

lunes, 25 de junio de 2007

La nueva moral burguesa

Rodolfo Fortunatti


Lo escribió Hans Küng: sin ideologías humanistas no puede haber humanización del mundo. No fueron las fuerzas de la individuación quienes hicieron esta contribución a la humanización de la vida, sino los movimientos populares y reformadores. Ellos, los que ofrecieron protección y comunidad. Ellos, los que construyeron el arca común donde pudiera avanzar el pueblo, el país, la nación, a su amparo y protección. Paradójicamente, en Francia y en Argentina, empieza a ser la derecha quien despierta esas esperanzas de autonomía y realización.

El domingo antepasado Nicolas Sarkozy conquistó 350 de las 577 bancas de la asamblea francesa. Y pudo haber conseguido sobre los 400 escaños. Ayer, en Buenos Aires, triunfó Mauricio Macri, disputándole la opción presidencial a Cristina Kirchner. ¿Con qué mensaje? ¿Con qué sueño de país? ¿Qué le dijo Sarkozy a los franceses el pasado 29 de abril? ¿Qué les dijo Macri a los argentinos?

«No me da miedo la palabra moral —afirmaba en su
discurso el actual Presidente francés—. Desde mayo de 1968 no se podía hablar de moral. Era una palabra que había desaparecido del vocabulario político. Hoy, por primera vez en decenios, la moral ha estado en el corazón de la campaña presidencial.

«Mayo del 68 nos había impuesto el relativismo intelectual y moral. Los herederos del ‘68 habían impuesto la idea de que todo vale, de que no hay ninguna diferencia entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso, entre lo bello y lo feo.

«Habían querido hacernos creer que el alumno vale tanto como el maestro, que no hay que poner notas para no traumatizar a los malos alumnos, que no había diferencias de valor y de mérito.

«Habían querido hacernos creer que la víctima cuenta menos que el delincuente, y que no puede existir ninguna jerarquía de valores.

«Habían proclamado que todo está permitido, que la autoridad había terminado, que las buenas maneras habían terminado, que el respeto había terminado, que ya no había nada que fuera grande, nada que fuera sagrado, nada admirable, y tampoco ya ninguna regla, ninguna norma, nada que estuviera prohibido».


Sarkozy habla desde el reformismo de derechas. Critica al progresismo light, incluso reivindicando la solvencia ética del genuino reformismo francés de izquierda. Sarkozy apunta, no obstante, más allá. Va tras la recuperación de una moralidad burguesa perdida en el tiempo…

«La herencia de Mayo del ‘68 ha introducido el cinismo en la sociedad y en la política. Han sido precisamente los valores de Mayo del ‘68 los que han promovido la deriva del capitalismo financiero, el culto del dinero—rey, del beneficio a corto plazo, de la especulación. El cuestionamiento de todas las referencias éticas y de todos los valores morales ha contribuido a debilitar la moral del capitalismo, ha preparado el terreno para el capitalismo sin escrúpulos y sin ética, para esas indemnizaciones millonarias de los grandes directivos, esos retiros blindados, esos abusos de ciertos empresarios, el triunfo del depredador sobre el emprendedor, del especulador sobre el trabajador».

En América, otro hombre, Mauricio Macri, habla desde el corazón de Argentina, donde ha conquistado la alcaldía de Buenos Aires con el 61 por ciento de los 2,5 millones de votos. Macri derrotó el domingo a Daniel Filmus, pero en la práctica venció al Presidente Kirchner, que se jugó entero por él. ¿Cuál fue el espíritu de su mensaje? Se puede escuchar en la conmovedora
Propuesta Republicana:

«Alguien tiene que proponer Justicia Social, alguien tiene que proponer una educación pública, alguien tiene que proponer algo más saludable, alguien tiene que tener una propuesta más segura, alguien tiene que devolverle al pueblo lo que es del pueblo, alguien tiene que proponer una revolución contra los conservadores, alguien tiene que proponer volver a soñar despiertos.

«Y lo propuso usted.

«Usted que es independiente, y se quedó sin independencia. Usted que es Peronista y se quedó sin Perón, sin Evita, porque nos quedamos sin Perón y sin Evita.

«Y usted que es Radical, y no hay nadie que se parezca a Irigoyen ni a Alvear, ni a Balbín, ni a Illía. Porque todos nos quedamos sin Irigoyen, sin Alvear, sin Balbín y sin Illía.

«Lamentablemente nos quedamos sin Frondizi. Pero afortunadamente queda su espíritu con ideas nuevas».

Mauricio Macri es todo lo neoliberal que pudo haberle censurado Kirchner, pero fustiga a los conservadores, y levanta una alternativa que pretende superar a las izquierdas y a las derechas.

¿Dónde radica el éxito de aquellas derechas que las autóctonas no han podido descubrir, y que por eso no han podido sacar provecho siquiera de los errores? Esas derechas han logrado detectar el malestar de la cultura política. Esta cultura que abandona al ciudadano a su propia suerte. Esta cultura que se nutre de la desaprensión, del relajamiento de los lazos comunitarios, de la pérdida del diálogo moral. O sea, del triunfo del relativismo en la acción política. En suma, de la instalación del principio del todo vale.


viernes, 22 de junio de 2007

Fragmentación y diálogo moral


Rodolfo Fortunatti


Con el gobierno de Michelle Bachelet se inició un nuevo ciclo. En ningún campo se evidencia más este cambio, que en los partidos políticos. Y es probable que en ninguna otra dimensión de los partidos políticos se revele más claramente, que en su cohesión interna. Los partidos transitan desde la máxima complejidad e integración ideológica, política y orgánica, conquistada en las postrimerías de la dictadura, hacia una mayor simplificación, dispersión de intereses y lealtades. Esto, con independencia de su participación en las coaliciones y, a contrapelo de los bloqueos institucionales —como el sistema binominal o el régimen presidencial— que conspiran contra el ajuste de las expectativas políticas.

El signo más característico de dicha transición, es la aparición de conductas más libres y autónomas, y algunas francamente díscolas. Estas pueden ser beneficiosas o perjudiciales para sus actores como, asimismo, para las colectividades políticas que las soportan. Hay que hacer distinciones. Desde este prisma, no pueden ser iguales los comportamientos de los senadores Ominami, Flores y Zaldívar, como no lo es la conducta del ex Intendente Trivelli.

Ominami discrepa de la dirección política del Partido Socialista, y gana en liderazgo al formular sus propuestas. Pero su divergencia favorece a la tienda porque la provee de líneas de orientación que no arriesgan su unidad. La asociación entre este liderazgo individual y el corporativo del partido resulta en mutuo beneficio. Y si no, al menos permite compartir la mesa común sin que la ganancia del senador entrañe un daño para el partido. Ambos, parlamentario y partido, pueden cohabitar.

Tampoco la conducta de Trivelli provoca perjuicio para la DC. La suya es la del inquilino que alberga su candidatura presidencial en el seno de la falange, incluso al amparo de su actual mesa directiva, pero que aunque no la recompense en esta relación, tampoco le provoca menoscabo. ¿Quién podría enojarse con Trivelli por las motivaciones de su candidatura, cuando nunca ha dado a conocer estas razones? «La mira la pusimos en La Moneda, punto, así de simple», afirma por toda respuesta. En realidad, es él quien podría convertirse en la víctima de su juego.

«Chile Primero» y el «G9» son otra cosa. Cuando Fernando Flores inventó la historia de la mafia del PPD, y Jorge Schaulsohn, la ideología de la corrupción de la Concertación, fijaron los términos de una competencia que podría llegar a ser destructiva para ambos. Una competencia regida por el principio de exclusión, según el cual la existencia del PPD supone forzosamente la desaparición de «Chile Primero», y viceversa. ¿Significará lo mismo para la Concertación…? Depende del PPD.

El «G9» es sólo eso: un grupo. Una liga de parlamentarios aglutinados en torno al liderazgo carismático del senador Adolfo Zaldívar. Una bancada dentro de otra bancada que, sin embargo, asegura representar a la mitad del Partido Demócrata Cristiano. El «G9» reclama reconocimiento y respeto por su identidad. Vive como huésped de la colectividad y obtiene beneficios de esta situación. En ocasiones, sin daño para el partido. Las más de las veces, llevando las tensiones a extremos peligrosos para el organismo que lo hospeda, al que ve como una colosal maquinaria de poder. «He estado solo contra una maquinaria de poder que quiere aplastar a alguien cuando actúa con libertad y actúa pensando en lo que es mejor», declara Zaldívar. ¡Cuidado, están al borde de la ilegalidad! —advierte. Y llama la atención sobre la eficacia del artículo 32 de la Ley Orgánica Constitucional de Partidos Políticos, que prohibe a éstos dar órdenes de votación a sus senadores y diputados. No repara que al situar la controversia en este plano, sus detractores podrían invocar sin dificultad el artículo 21 de dicho cuerpo legal que prohibe expresamente exigir determinadas obligaciones a los ministros de Estado, como lo ha hecho el senador al condicionar su recta conciencia a la renuncia de los titulares de Hacienda y Obras Públicas. Todo el mundo sabe que el problema no es materia de gabinete de abogados, sino de asamblea deliberante, o sea, de reflexión colectiva, lúcida y explícita.

¿Cómo conducir el proceso sin verse arrastrado por él? Interviniendo en la cultura política. Fortaleciendo la cultura moral de las comunidades. Esto se logra con diálogo moral. El
diálogo moral es ante todo discusión sobre valores. No una conversación de técnicos, expertos o especialistas, sino de ciudadanos. Pues, aunque el diálogo moral hace referencia a la realidad concreta, es fundamentalmente ético. El diálogo moral pone de relieve aquello que la comunidad acepta o condena.

Lo más importante del diálogo moral es que a través suyo «la gente modifica con frecuencia su conducta, sus sentimientos y sus creencias», sobreponiéndose así al «pánico moral» que generan las crisis políticas que estamos observando.


lunes, 18 de junio de 2007

La disciplina de la libertad

Rodolfo Fortunatti

¿Qué se juega en la negativa del senador Adolfo Zaldívar? ¿Es lo mismo que se arriesga en el caso del senador Flores? ¿Se les puede exigir lo mismo a ambos? ¿Se le puede pedir lo mismo a Flores, que ya no es miembro de la Concertación, y a Zaldívar que, por ser militante de la Democracia Cristiana, le debe adhesión al gobierno y a la coalición? ¿Es un puro asunto de disciplina partidaria el de Zaldívar, o su conducta podría comprometer otros valores?

Lo que está en juego no es la disciplina de los parlamentarios del PDC, sino algo más que eso; es la libertad de cada uno de sus militantes. Es la garantía que asiste a cada democratacristiano —especialmente a los que disponen de menor poder e influencia— de que su voz y su voto todavía tienen algún valor, y de que tiene sentido para ellos seguir sirviendo en el partido. Pero Adolfo Zaldívar presiona la crisis del gabinete. Condiciona su voto a las renuncias de los ministros de Hacienda y Obras Públicas, exigencias que sólo pueden ser satisfechas con lo que configuran: una derrota de la Presidenta Bachelet. Zaldívar cierra así las salidas. Bloquea el diálogo. Desafía:
¡Que cada cual asuma sus responsabilidades!

La presidenta del partido responde que el compromiso del Consejo Nacional de aprobar los recursos para el Transantiago, es vinculante, es decir, que obliga a los senadores. Al plantearlo recuerda que lo que está en juego son las instituciones partidarias, sus normas, sus cánones de convivencia. En suma, su responsabilidad política ante el país, ante la coalición y ante el gobierno que contribuyó a elegir. En el fondo, lo suyo es una invocación al orden y al principio de mayoría que por cerca de medio siglo han perfilado la identidad de este partido. Una apelación a todo eso que hace del PDC una organización política confiable. Pero el senador persiste: «Nadie puede forzar a un parlamentario a actuar como un autómata o a actuar sin personalidad y sin discernimiento», dice. Él cree que «ésta es una mal entendida lealtad y una falsa solidaridad entre nosotros». Pero si todos los democratacristianos pensaran así, probablemente no existiría partido.

Los más poderosos, son también los más responsables. Las intervenciones de Eduardo Frei no son irrelevantes. Se trata de la voz de un ex Presidente de la República, y actual presidente del Senado. Las declaraciones de Belisario Velasco no son intrascendentes. Provienen del ministro del Interior, o sea, del Vicepresidente de la República. No carecen de importancia las opiniones de Adolfo Zaldívar, uno de los seis senadores democratacristianos y, durante cuatro años, la máxima autoridad falangista. Ni son insignificantes las expresiones de Soledad Alvear, ex candidata presidencial democratacristiana, y actual presidenta de la tienda. ¿Podría ser desdeñada la palabra de Patricio Walker, presidente de la Cámara de Diputados? ¿O la de René Cortázar, ministro de Transportes? ¿O la de Patricia Poblete, ministra de Vivienda? ¿No son la cara visible del partido? ¿No son ellos los democratacristianos?


La mayor paradoja de todo esto es que la mesa nacional de la Democracia Cristiana dispone de las herramientas necesarias para dar gobierno y mostrar caminos. El problema es que si no lo hace; sobre todo, si no lo hace ahora, pecará por omisión abandonando a la colectividad a su inminente degradación y, a poco andar, a su eventual desplome.

Entre las
facultades de la mesa directiva del PDC se cuenta la de convocar a la Junta Nacional. Incluso bastaría la mitad más uno de los votos del Consejo Nacional para hacer efectiva dicha convocatoria, o la firma de 170 delegados. La Junta Nacional es el máximo órgano resolutivo de la colectividad. La Junta es una asamblea deliberante de alrededor de quinientas personas. Son miembros de ella los consejeros nacionales, los ex Presidentes Aylwin y Frei, los senadores y diputados, los delegados de los frentes sociales, los presidentes provinciales, los delegados de libre elección, la mesa y los consejeros de la JDC, los presidentes comunales, los ministros y subsecretarios, y los integrantes del Tribunal Supremo. Es la instancia más amplia y legitimada del partido.

No se resuelve el problema con la aprobación del proyecto en el Senado, ni judicializando el comportamiento político del senador Zaldívar. Los partidos deben saber procesar sus diferencias, especialmente cuando éstas los superan y acaban dañando bienes superiores. Si la ejecutiva DC llamara a una junta nacional extraordinaria cuyo único propósito fuera sancionar el plan de transporte urbano, daría una clara señal de conducción y de cohesión políticas. Quizá amplificaría el impacto público de los conflictos internos, pero lograría decantar las posiciones y fijar «un antes y un después» en el desaprensivo clima partidario.

viernes, 15 de junio de 2007

Restableciendo confianza social

Rodolfo Fortunatti

¿Qué es la confianza? Más precisamente, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de la confianza social? Nos sorprendería constatar cuán cerca de otros conceptos está la confianza. Incluso, cuán sustancial es a otros términos que empleamos a diario. Palabras que expresan nuestro ideario, los valores que defendemos, los principios por los que luchamos. Y también los sueños que compartimos.

La confianza es la expectativa de que el otro seguirá siendo como ha sido hasta ahora. Es la seguridad que nos damos acerca del comportamiento de los demás: dadas tales condiciones, puedo esperar que el otro actúe de cierta manera. En reciprocidad, me obligo a fijar en los otros la expectativa cierta e inconfundible de que seguiré siendo como he sido hasta ahora. Ello entraña hacer juicios de valor acerca de cuán confiables son los demás, y de cuán confiables nos hacemos nosotros mismos para los demás. Vista así la confianza social, ella se erige como el sustrato espiritual de la vida colectiva. En el cemento de las instituciones y de su funcionamiento. Ciertamente, en lo medular de un intangible tan común como es la acción política.

En su revés, la confianza se deteriora y envilece cuando se traicionan dichas expectativas. Dejamos de creer en las personas, cuando perdemos la confianza en ellas. Recelamos de las instituciones, cuando dejan de ser confiables. Los partidos políticos nos abandonan, cuando ya no somos confiables para el logro de sus objetivos. Se concede y se retira la confianza. Se pierde y se recupera, según plazos y circunstancias. Sin ella no es concebible la vida en sociedad. Y no es posible la cohesión, sin la confianza social. Luego, tampoco es posible la civilidad, la comunidad, ni la solidaridad. Ni la legitimidad democrática. Pues la gobernabilidad y la estabilidad políticas descansan en la confianza social. ¿Qué sino confianza social es la popularidad que miden las encuestas?

Es fácil imaginar el problema que origina la pérdida de confianza política. Los ciudadanos se distancian. Se vuelven sobre sus individualidades. Se inhiben de participar en los asuntos colectivos. Es cuando comienzan a oscurecerse los contrastes entre los demócratas y los demagogos, los responsables y los populistas, los libertarios y los tiranos. Entonces es cuando la opinión pública envía a los políticos, a los parlamentarios y a los jueces, a los últimos lugares de la confiabilidad social. Un
estudio de la Cepal sobre cohesión social, especialmente su capítulo 4, dedicado a los factores subjetivos que inciden en ésta, revela el deterioro de las confianzas corporativas e institucionales en América Latina y, en el caso de Chile, la escasa participación de la población en organizaciones políticas. En las zonas rurales es prácticamente inexistente.

Es fácil imaginar el daño al capital social, político, democrático y republicano, que provoca la actual pugna entre el Senado y la Cámara de Diputados; entre los parlamentarios y los jefes de partidos; entre los congresistas y dirigentes políticos, por una parte, y los ministros, por la otra. El daño a las coaliciones que producen los conflictos no resueltos entre colectividades aliadas. La vacuidad política que anuncian los
movimientos y candidaturas presidenciales desgajadas de sus matrices. Son manifestación del mismo fenómeno: el extravío de las expectativas en una época de cambios.

Un gesto de sensatez recomienda el restablecimiento de las confianzas.



jueves, 14 de junio de 2007

Disyuntiva, opción y desafío

Rodolfo Fortunatti

Cuando en 1990 la Concertación se hizo cargo del gobierno, en el país había cinco millones de pobres. Hoy, a la luz de la última encuesta Casen, los pobres ascienden a dos millones doscientas mil personas. Ello significa que si hace diecisiete años, cuarenta de cada cien chilenos vivía en la pobreza, en la actualidad se hallan en tal situación sólo catorce de cada cien… —¡Catorce de cada cien!—. El progreso es indiscutible. Y así lo revela el silencio de la derecha. Sobre todo, de su prensa, de sus editores, y de sus periodistas. El avance es refrendado por una modesta, aunque serendípica, mejora de la distribución del ingreso.

Ciertamente, este mayor empuje obedece a políticas públicas audaces y sostenidas. Desde luego, a Chile Solidario, un verdadero nido de protección social. Se debe a la ampliación y consolidación de los derechos económicos y sociales. En suma, a la gradual recuperación del papel del Estado como organizador superior de la sociedad.

Hay quienes ven estos indicadores como los máximos económicos y sociales tolerables por la democratización, sin advertir que los déficits de justicia que envuelven son los causantes de la crisis de representación de la política. Los miran como si se tratara de la última frontera de la reforma democrática; la justificación ideológica límite de la política popular de la Concertación. Sabemos, sin embargo, que estas salvaguardias contra la pobreza no alcanzan a cubrir los mínimos de protección a que puede aspirar un país con los recursos y potenciales que posee Chile. Tantos, que algún observador ha tenido el atrevimiento de sugerir el tránsito desde el reino de la necesidad hacia la «administración inteligente de la abundancia».

¿Pero podemos correr los límites de la justicia más allá de este umbral? ¿Hay posibilidades de ampliar los espacios de propiedad social, de ciudadanía social, de derechos, y de protecciones, más allá de la línea de la pobreza? ¿Con cuánto podemos vivir? ¿Tal vez con 47 mil pesos mensuales, como los pobres urbanos? ¿Quizá con 18 mil pesos, como los indigentes del campo? ¿Cuál es el punto de referencia? El hombre más acaudalado de Chile posee un patrimonio avaluado en 3 millones ciento ochenta mil millones de pesos ($ 3.180.000.000.000), algo así como el 5 por ciento del PIB de Chile. Podrá ser un orgullo calificar entre las diez mayores fortunas latinoamericanas, pero no es éste el patrón más objetivo para medir el bienestar de la sociedad chilena. Como no puede serlo la pura superación de la pobreza, aunque la sola erradicación de la indigencia constituya todo un logro civilizatorio.

Por eso, es tan importante el consenso que comienzan a construir dos de las varias expresiones de la Concertación, como son las plasmadas en
La disyuntiva y en El desafío. El horizonte es un Estado Democrático y Social de Derecho, tributario de las doctrinas humanistas que concurren en la Concertación.

Mas, si bien el seminario organizado por el CED y Chile 21 mostró grandes convergencias, dejó un prurito exacerbado contra el Transantiago, para algunos el más grave problema de la coalición en toda su historia. Crítica injustificada, si se la analiza desapasionadamente, pero comprensible por la falta de debate interno al que apuntó Carlos Ominami. En ello, Transantiago: una reforma en panne, puede ser de gran utilidad para atemperar los ánimos, arribar a un diagnóstico común sobre el asunto, e incluso, conseguir una mayor apertura al diálogo y el acuerdo.

Un signo de esta mirada equilibrada, pero convencida de las desventajas de la liberalización del transporte, es la conclusión del citado informe de seguimiento de políticas públicas. Ahí se lee: «Naturalmente, era probable que enfrentara muchos problemas durante su implementación, aunque nadie podía predecir la magnitud de la crisis generada. Sin embargo, en su estructura básica esta reforma es la mejor opción disponible para ofrecerle a Santiago un sistema de transporte moderno, seguro y eficiente».


martes, 12 de junio de 2007

Trivelli: del otro lado del espejo

Rodolfo Fortunatti

Desde su anuncio el jueves pasado, la información apareció en una docena de medios. Un esfuerzo mediático nada desdeñable. Téngase en cuenta que capturó las cámaras de dos canales de televisión, y los micrófonos de un par de radios con alta sintonía. ¿Cuál es la primera reacción que provoca? No causa asombro. Nadie le atribuye gravedad. Antes bien, las opiniones se mueven entre la indiferencia y el escepticismo. Por ejemplo, la actitud de Patricio Melero: «La Concertación debe preocuparse de sus propios problemas y éste es uno de ellos» —dice el diputado UDI. O, la de Jorge Pizarro, que confiesa valorar la audacia, imaginación y sentido de aventura del advenedizo. Mulet, más flemático, lo toma como una falta de respeto a Michelle Bachelet. Por anticipar la carrera presidencial, sostiene.

Soledad Alvear y Escalona, aseguran que el candidato será propuesto por los partidos políticos; en cualquier caso, no antes del 2008. Y Bitar lo confirma como dice el dicho: «No por mucho madrugar amanece más temprano».

Pero, en el fondo, nada serio. Nada que amenace al statu quo. Nada fuera de la rutina. Salvo para el candidato y para su círculo de amigos, en adelante, el comité estratégico. Por ahí echaron a correr la voz de que Chileprimero tenía fuerte interés en la operación. Fue sin embargo Schaulsohn quien se encargó de desvanecer toda ilusión al respecto. Y fue duro al declarar que desmentía categóricamente tal posibilidad. Fue duro, no por el desmentido, sino por la justificación del mismo. Dijo, sin temor a incoherencias, que lo que buscaba Chileprimero era «elevar el debate de la política».

Claro que hay quienes aprovechan la oportunidad noticiosa que les brinda el ex Intendente, para publicitar sus puntos de vista. Así es como Acción Ecológica lo hace responsable del Transantiago, de la contaminación del aire, y de la repavimentación de la Alameda. Es un «cara de palo» subraya Luis Mariano Rendón. Y Patricio Herman espeta con severidad: «Fue uno de los autores materiales, junto a Jaime Ravinet, del mayor atentado ambiental contra Santiago de los últimos años, cual fue la expansión de la ciudad sobre las tierras agrícolas…Esta expansión, que benefició directamente a los especuladores inmobiliarios, agudiza sin embargo todos los problemas urbanos, entre ellos el transporte. Ello, pues se hace necesario alargar los recorridos de buses y automóviles, con todos los costos económicos, sociales y ambientales que eso genera. Sin duda que Trivelli ha sabido servir a los señores del dinero, pero nunca supo servir a la ciudadanía».

Pero Trivelli procura creer su guión y, sobre todo, convencer al mundo que en verdad se cree el libreto. Sólo que el relato de Marcelo Trivelli ocurre del otro lado del espejo; del lado de Alicia. Pertenece a un mundo irreal, un mundo imaginario, un mundo, en fin, que no necesita verificar sus caminos de realización, a diferencia del pensamiento utópico. De otro modo no se entienden afirmaciones como la siguiente: «La gente me ha dicho que quiere que avancemos más rápido y que quiere verme en La Moneda». O, como esta: «Yo gané la alcaldía de Santiago sin competir; todos decían que debí haber sido el alcalde de Santiago, y claro, eso se terminó. Esta es una opción en miras del 2009, y creo que vamos a salir ganadores». O quizá como esta otra: «Yo le gané a Joaquín Lavín y, por lo tanto, creo que puedo derrotar a Piñera».

Nada de esto ha ocurrido en el mundo real. Ni la gente se ha pronunciado en plebiscito alguno. Ni Trivelli es alcalde. Ni le ha ganado a Lavín. Y lo de Piñera, está por verse.



Presidencialismo a la chilena

Rodolfo Fortunatti

Sarkozy ha conquistado cerca del 40 por ciento de los votos en las elecciones parlamentarias del domingo. Los socialistas quedaron rezagados al 25 por ciento de los sufragios, mientras que el centrista Francois Bayrou, que en la primera vuelta presidencial había capturado el 18 por ciento de las preferencias, esta vez apenas consiguió el 7 por ciento. Con este apabullante triunfo, el neoliberal Sarkozy podría lograr 400 de los 570 escaños de la asamblea francesa, entretanto la segunda fuerza más importante, los socialistas, acaso consiga unos 100 asientos, seguida a gran distancia por comunistas, verdes y ultraderechistas.

¿Qué es lo más significativo de los comicios franceses? Pues que todos los observadores ven en ellos la firme voluntad popular de granjearle una sólida mayoría al gobierno de Sarkozy, para, de este modo, asegurar las reformas estructurales. Eso mismo ocurrió en Chile hace un poco más de un año, cuando el país eligió a Michelle Bachelet y la blindó con una clara mayoría en la Cámara de Diputados y, por primera vez, también en el Senado. Sólo que, no obstante este amplio respaldo, desde entonces la Presidenta Bachelet ha operado dos cambios de gabinete. El primero, a escasos dos meses de haber asumido.

¿Qué hace la diferencia? Veamos: mientras en Francia impera un régimen semipresidencial, en Chile —desde 1925 y fortalecido sucesivamente—, tenemos un presidencialismo que no garantiza la estabilidad del gobierno y tampoco la continuidad de las coaliciones. En Francia, el Presidente es elegido por cinco años y puede ser reelegido en forma indefinida, mientras que en Chile el mandato presidencial dura cuatro años sin reelección. Al igual que en Chile, las facultades del presidente francés comportan la convocatoria a referéndum, la disolución del Parlamento, y la conducción de la política internacional y de las Fuerzas Armadas. En Francia, sin embargo, existe la figura del primer Ministro que responde de sus actos ante el Congreso, y en él recae la responsabilidad de formar gobierno. Esto permite renovar el gabinete de ministros una vez agotado un ciclo político, o sea, cuando se producen fugas de lealtades parlamentarias, cuando decae la popularidad del Presidente, y se hace necesario reajustar el pacto inicial de gobernabilidad con los partidos concertados.

La Concertación —incluso más que las administraciones de derecha durante los últimos cincuenta años— ha sido capaz de asegurar estabilidad. En gran medida porque se constituyó en una alianza preelectoral que acortó la distancia ideológica entre los grandes e históricos partidos que la integran, pasando de una docena de colectividades a las actuales cuatro con representación parlamentaria, sin desechar el aporte de la colectividad más pequeña, y conservando la mayoría en la Cámara de Diputados y en el Senado. Hoy por hoy, estas características no son suficiente garantía de estabilidad y gobernabilidad.

Las fuertes tendencias hacia la individuación, la fragmentación de la sociedad civil, las enormes diferencias de clases, de estilos, de poder y de prestigio, y de ingresos, la escasa participación política, son todos síntomas de un cambio cultural que no ha encontrado respuesta en la coalición. Por eso cobran relieve las verdaderas relaciones de fuerza predominantes en un régimen presidencial como el chileno. La popularidad del Presidente de la República comienza a desgastarse desde el momento que asume. Luego, se ve obligado a concluir su mandato con los mismos parlamentarios que le mezquinan el apoyo. Como no hay reelección, entonces se desatan las luchas por la conducción de los partidos, y por la sucesión presidencial, generando así una constante inestabilidad. Los tiempos institucionales resultan tan rígidos —como que se eligen Presidente y congresales cada cuatro años, y simultáneamente—, que la única manera de sobrellevar las crisis, es mediante ajustes sucesivos de gabinete. Mas, como no es posible convocar a elecciones anticipadas, tampoco es posible castigar a los tránsfugas... Todo un paraíso para los díscolos.

El presidencialismo a la chilena resulta tan perverso, que sólo puede evitar la parálisis gubernamental bajo el expediente de apelar a la esquiva buena voluntad de los hombres. Sólo un presidencialismo así podía persistir en presencia de otro procedimiento igualmente perverso, como el binominal, que fomenta los pactos por omisión y estimula la lucha entre aliados. Sólo un presidencialismo autóctono, heredero del atávico autoritarismo señorial, podía prevalecer arrebatándole al partido mayoritario su facultad de dirigir la formación del gobierno.

jueves, 31 de mayo de 2007

La política de desalojo de Piñera

Rodolfo Fortunatti

Dos preguntas son necesarias para reconocer una teoría política reformista. Primera pregunta: la crítica radical ¿lleva necesariamente a una acción política revolucionaria, o puede también conducir a la reforma? Segunda pregunta: la reforma ¿es sólo una práctica política de izquierdas, o puede ser emprendida por las derechas? El francés Robert Castel asegura que la crítica al poder y la dominación puede dar origen a una política reformista, y, como ejemplo, cita la acción de la socialdemocracia europea con sus programas de democratización dentro del sistema capitalista; un reformismo que no anula la propiedad privada ni aspira a la colectivización de los medios de producción. Afirma, asimismo Castel, que las derechas pueden ser artífices de políticas reformistas, como lo revelarían los casos de Francia y España. Ahí, como en Chile, las derechas se tornarían reformistas en la medida en que se hacen más neoliberales.

Miradas así las cosas, si Sebastián Piñera pudiera ejecutar su programa político, ello constituiría la primera experiencia histórica de reforma —que no de revolución— de derechas en Chile. Porque Piñera representa el modelo corregido, reacondicionado, reformado, heredado del régimen militar. Para verificarlo bastaría revisar los siete ejes de su programa de gobierno, dos de los cuales son pertinentes al actual debate sobre la justicia. El primero, el eje de la igualdad de oportunidades, pone de relieve la manera en que esta derecha —y no pocos concertacionistas— entiende la equidad social. En materia de empleo, sugiere más flexibilidad laboral. En salud, la libre elección de los prestadores, o sea, el subsidio a la demanda. En familia, propone la jubilación para las dueñas de casa. El segundo eje, el de la institucionalidad democrática, da clara cuenta de lo que entiende la derecha por el rol del Estado en la sociedad. Sencillamente, y sin rodeos, plantea transferir las funciones sociales a cargo del Estado, al mercado y a los privados. El quinto eje es ilustrativo de cómo esta derecha reformista hace suya la representación de las clases medias, y la defensa de las pymes. Incluso, prometiendo la drástica reducción del superávit estructural.

Lo sustantivo del programa reformista de derechas —y lo que le imprime su renovado perfil— es que busca acabar con las regulaciones democráticas impuestas por el Estado postdictatorial. Es que busca liberar aún más al mercado. Es que busca abandonar el Derecho para volver al contrato individual. Y este esencialismo, no nos equivoquemos, sólo puede desembocar en un país dividido entre triunfadores y perdedores, es decir, la lucha de clases sin atenuantes, el núcleo de la política del desalojo de Piñera.

¿Tiene visos de ocurrir? Falta tiempo aún, pero su desenlace depende de la actual política reformadora de centro-izquierda, y del programa reformista de centro-izquierda que se le oponga. Luego, ¿cuáles son las características del reformismo de centro-izquierda? Esta política, que se expresa en la Concertación, pero cuyos referentes seculares se hallan en los Estados de bienestar europeos, procura construir un consenso social entre los intereses del mercado, que son los de la ganancia y la acumulación, y los intereses de los trabajadores, que son los de la seguridad y la protección. Es consenso, y no pacto social, porque el primero ocurre en un campo de fuerzas políticas, mientras que el segundo precisa de un campo de relaciones laborales, y de una sociedad civil, con actores bien constituidos.

Contra el neoliberalismo, el reformismo de centro-izquierda postula el Estado Democrático y Social de Derecho. ¿Qué es lo medular de dicho orden político? Pues, la propiedad social, el conjunto de los derechos políticos, económicos y sociales que, en la forma de regulaciones jurídicas, el Estado debe garantizar a los no propietarios. Estos derechos —antes que una red social que evite la caída libre de los más pobres y vulnerables— construyen un nido de mínimos de seguridad social, salud, vivienda, educación, empleo, alimentación. Son por ello los derechos que elevan la ciudadanía política a la ciudadanía social.


¿Cuándo adquiere dramatismo el programa reformador de la derecha? Cuando las fuerzas de la alternativa, esto es, la izquierda extraparlamentaria y la centro-izquierda, no logran mensurar el riesgo involutivo del reformismo de derechas, e insisten en abdicar de su compromiso con las grandes mayorías.

viernes, 25 de mayo de 2007

Chile Primero: viaje al centro del individualismo

Rodolfo Fortunatti

«Chile Primero es un fenómeno ABC1», afirma Pepe Auth. ¿Lo es? ¿Es ésta la seña de identidad del movimiento encabezado por Flores, Schaulsohn y Valenzuela? ¿Es esto lo que lo define en esencia; su pertenencia a las clases ricas e ilustradas de Chile? Schaulsohn lo rebate. Argumenta que de los 800 asistentes al lanzamiento del nuevo referente, había más de 500 que no pertenecían a los estratos altos, lo que es igual a decir que 4 de cada 10 chileprimarios eran de origen socioeconómico alto. Mucho, sin duda. Mucho para un país donde 1 de cada 10 chilenos se ubica en el segmento ABC1.

Con todo, Chile Primero es más que un fenómeno de clase. Chile Primero es un brote de contracultura política. Una realidad sociológica actual en cuyo caldo espiritual confluyen todas las tendencias del proceso de individualización ocurrido en Chile en los últimos cincuenta años. Es, en este sentido, el espejo que devuelve de modo descarnado la imagen crítica de nuestra cultura política, de sus proyectos y tradiciones, de sus partidos y coaliciones, de sus liderazgos y mecenazgos.

Chile Primero representa la psicologización del quehacer político, la inmersión en el mundo íntimo del individuo, tributario, a su vez, de la nunca superada ficción del hombre autosuficiente, emprendedor, innovador, hecho a sí mismo. Y no por ello Chile Primero es neoliberal. Un economicismo del tipo neoliberal, que mercantiliza y cosifica a los seres humanos, no daría fiel cuenta de la ideología de los gestores de Chile Primero. Lo suyo es —por oposición a la cosificación capitalista, y a semejanza de su afán de lucro— la maximización del potencial humano que anida en el mundo de las emociones. Por eso, Chile Primero es la búsqueda obsesiva de la identidad. La exacerbación de la diferenciación social, del anhelo de singularidad, de la urbanización, y de la metropolización… ¡Veremos qué produce Talca!

Los chileprimarios destilan el malestar de una identidad herida. Como los judíos vieneses de fines del siglo xix, Schaulsohn construye el discurso del malditismo. La denuncia de la perversión, de las malas costumbres, y de las malas intenciones. De esta manera, Schaulsohn introduce un escalpelo en el alma de la Concertación. Inventa la ideología de la corrupción, convierte en bodrio al Transantiago, y al Estado en catastrófico. Su malestar evoca el talante de La Secesión, aquel movimiento artístico austriaco de 1898: «En sus presupuestos es sumamente aristocrático… —escribía un crítico— pero en sus efectos es democrático pues se dirige a todos los que se sienten desamparados y llevan sobre sus hombros la pesada carga de la vida cotidiana».


Chile Primero es el reflujo de los prodigiosos años sesenta que Sarkozy ha querido exorcizar. Aquellos de los jóvenes idealistas suspendidos en el espacio social. Aquellos años que regresan una y otra vez de un viaje a Oriente, como en Shiddharta, de Hermann Hesse. De la mano de una promesa mesiánica, pero siempre autorreferente, siempre recogida sobre sí misma, y siempre predestinada a una gracia superior. «Estamos interesados en un cambio de estilo de la política —confiesa Flores—. Aunque no somos el mesías, creemos que podemos hacer un aporte para que no siga la manera clásica de hacer política en Chile, donde todo se reduce a presentar candidatos, a buscar reelecciones y después a odiarse. Quienes fundamos ChilePrimero nos caracterizamos por hablar bien de frente. Es un capital que ya tenemos. Estamos interesados en la nueva cultura que va a emerger y que vamos a hacer emerger». Y, más adelante, sin pretenderlos a todos, pero convencido de reunir a los buenos, agrega: «No podemos pretender que toda la gente buena esté con nosotros; por distintas razones también está en otro lado».

Chile Primero no sería noticia si un número cada vez mayor de ciudadanos no rehuyera la actividad política, ni se retirara a cultivar su yo interior. Si un número cada vez mayor de militantes no renunciara a los partidos, ni cayera seducido por el mercado de las emociones, por los «especialistas en ti», por los que te dicen que «eres tú quien construye la realidad». Chile Primero, es la criatura nacida de la fragmentación social y política de nuestra democracia.

Hoy Chile Primero se alza con una superioridad moral que no oculta sus delirios de grandeza. Quizá mañana, cuando haya concluido el viaje al centro del individualismo, sus adeptos se debatan en la depresión y la frustración.

martes, 22 de mayo de 2007

Cuando la propaganda es política

Rodolfo Fortunatti

A horas del Mensaje Presidencial, el diario La Tercera inició una ofensiva comunicacional desde sus primeras planas y a grandes titulares. Y así, buscando un golpe de efecto, el sábado 19 comenzó su campaña con el siguiente rótulo: «Desaprobación a Bachelet (46%) supera su nivel de respaldo (40)». El domingo 20, su principal encabezado decía: «Apoyo a Bachelet en Santiago llega a 33%, contra 46% en regiones». Y el día 21: «Bachelet rinde cuenta anual en su peor momento y con énfasis en anuncios sociales».

La noticia no quedó ahí. Se difundió por todas partes en etiquetas al estilo de «La popularidad de Bachelet sigue cayendo», «Aprobación chilena Bachelet cae a peor nivel», «Chile: El rechazo a la gestión de Bachelet ya supera al respaldo», «46% la desaprueba», «Michelle Bachelet pierde apoyo popular», «La popularidad de Bachelet sigue cayendo», «Gobierno: última encuesta es llamado de atención…»

Pero, ¿cuán veraz y objetiva era la información proporcionada por el diario? Desde luego, su origen era un sondeo de opinión. Un estudio hecho por el ‘Centro de Encuestas’ de… ¡La Tercera! O sea, el mismo matutino convertido en su fuente de información, cuestión que no tendría nada de objetable si la encuesta de marras pasara satisfactoriamente los exámenes de confiabilidad y validez. Como se sabe, la prueba de la confiabilidad consiste en que los resultados del sondeo sean más o menos semejantes a los arrojados por otros estudios. La prueba de la validez consiste en que la encuesta indague realmente lo que quiere averiguar.

¿Cómo determinar cuán válida y confiable es la medición del ‘Centro de Encuestas’ de La Tercera? De entrada, hay que irse a la construcción del cuestionario, a la elaboración de las preguntas. Y aquí, la pregunta que apunta a la popularidad de la Presidenta no parece estar bien formulada. Ella dice: ¿Usted aprueba o desaprueba la gestión de Michelle Bachelet? Una interrogación más precisa habría sido la que hicieron el CEP y Adimark: ¿Usted aprueba o desaprueba la forma como Michelle Bachelet está conduciendo su gobierno? O, la del CERC: ¿Usted aprueba o no aprueba la gestión del gobierno que encabeza la Presidenta Bachelet? Seguidamente, hay que irse a la muestra. El de La Tercera es un sondeo telefónico hecho a residentes de 49 ciudades del país. En contraste, las encuestas CEP son presenciales y cubren todo el territorio, con la sola excepción de Isla de Pascua. Las encuestas CERC, a su vez, alcanzan al 70 por ciento de la población nacional a través de una muestra de 1200 casos. Hay también que ver en cuánto tiempo se hizo el trabajo. Las llamadas telefónicas de La Tercera a los encuestados, se efectuaron en 3 días. Adimark, para igual sondeo telefónico precisó 17 días.

Pero quizá donde el ‘Centro de Encuestas’ de La Tercera muestra sus mayores falencias metodológicas, sea a la hora de pasar la prueba de la confiabilidad. Digamos que cualquier observador medianamente informado compara los resultados de un sondeo de opinión con los hallazgos de otros estudios. Digamos, además, que cualquier observador medianamente informado espera que una encuesta revele las variaciones ocurridas en las opiniones de la gente. Pues bien, cuando un observador medianamente informado ve los resultados de La Tercera y los compara con los del CEP, del CERC, e incluso, con los de Adimark, no puede sino concluir que el país está sumido en la bipolaridad. Que ya no son opiniones, sino violentos cambios de estado los que lo arrastran de la euforia a la depresión, y viceversa.

Y es que hace sólo un año el ‘Centro de Encuestas’ de La Tercera le daba un 66 por ciento de aprobación a la Presidenta, y sólo un 16 por ciento de desaprobación, cuando el Cerc registraba el doble, un 32 por ciento de desaprobación. De agosto a diciembre de 2006, el ‘Centro de Encuestas’ de La Tercera hizo caer la desaprobación a la Presidenta del 37 al 24 por ciento, cuando el CEP la mantuvo estable en el 31 por ciento. No hay consistencia.

Sin embargo, ¿cuál es el valor del ‘Centro de Encuestas’ de La Tercera y, en particular, de su último trabajo? Pues, algo muy necesario para las libertades y para la vida democrática: sirve de fondo para advertir el contraste entre lo que es pura propaganda política —que esa es la lección de este fin de semana— y lo que es un buen oficio.



miércoles, 16 de mayo de 2007

¿Revolución “sarkozysta” en Chile?

Rodolfo Fortunatti

Hay quienes quisieran ver en el comportamiento de la derecha, la versión autóctona de la anunciada revolución ‘sarkozysta’. Derecha popular la llama Pérez de Arce. Popular o ‘sarkozysta’, ¿cuál es el programa, la estrategia y el modo de operar de esta derecha?

Primero, su programa —el verdadero perfil de la candidatura Piñera— entraña una ruptura con la tradición republicana, y una restauración neoliberal que se reclama más modernosa pero también más autoritaria. Es una derecha que desconfía del Estado, de la sociedad civil organizada, y de la solidaridad como principio ordenador de las relaciones sociales. Segundo, su estrategia político-electoral consiste en el empleo de medios orientados a vulnerar las alianzas de centro-izquierda, con el fin de desgajar de aquellas sus lealtades más débiles. Tercero, su estilo es la provocación permanente, sistemática y sin escrúpulos. Un talante que no duda en azuzar el descontento y la insatisfacción social, empujando el conflicto a grados inauditos de violencia.

Nada refleja mejor el carácter de esta derecha, que su comportamiento político frente al Transantiago. Tres opiniones simples, fáciles de entender y encubridoras de la realidad —como todo pensamiento Alicia—, dan cuenta de esta conducta. Desde luego, la formulada por la senadora
Evelyn Matthei, una de las cartas presidenciales de la UDI, y dueña de la mejor performance con el admirado estilo ‘sarkozysta’. ¿Cómo ha replicado a la propuesta de Frei de un Estado responsable de dar continuidad a los servicios? Lo ha hecho despreciando al Estado. Mostrándolo como una fuente de ineptitud y corrupción y, a sus funcionarios, como venales e incompetentes. Le ha bastado preguntar «a quién pondría Frei en su empresa estatal: ¿A la gente de EFE, de Chiledeportes, de los programas de empleo, a los que pavimentaron la Alameda, o a quienes hicieron contratos con sus parientes en Codelco? ¿O tal vez a quienes obtuvieron jugosas indemnizaciones al final de su gobierno?» Todo un ejemplo del programa de la derecha.

Otra pieza oratoria para el bronce, es la del presidente de la UDI, partido que ha defendido a todo evento la herencia autoritaria de las micros amarillas, y extendido el acta de defunción al actual plan. «Invitamos, emplazamos, le rogamos, díganme ustedes cómo se lo decimos al Gobierno, para que termine con Transantiago y hagamos un sistema razonable», ha dicho
Hernán Larraín. Y ha sido el ex Presidente Frei quien le ha respondido, desenmascarando de paso el angustiado grito de la derecha: «Lo único que quiere la Alianza —ha declarado el senador—, es que el Gobierno se desangre para un interés político electoral». Todo un ejemplo de la estrategia de la derecha.

En la misma línea de Larraín, aunque de un modo que no puede ser juzgado sino como una irresponsabilidad política, el senador
Pablo Longueira ha expresado que «el Transantiago fracasó porque la gente dejó de pagarlo, porque la reacción de la ciudadanía de Santiago es decir ‘a mí me transportan como animales, perfecto, pero yo no pago’. Y para ser honestos, uno siente un grado de justificación. Cuando uno escucha la humillación que siente la gente más modesta que es transportada, la verdad es que yo le encuentro razón de no pagar». Valga la reiteración: «Yo no soy y no he sido nunca un populista, nunca he sido partidario de situaciones que no son correctas, pero reconozco que cuando uno escucha la humillación de la gente más modesta, le encuentro razón en no pagar». Por cierto, la consumación del populismo es precisamente la apología de la transgresión, la invitación a violar el Estado de Derecho, que no otra cosa es lo que hace esta ideología de legitimación. Todo un ejemplo del estilo de la derecha.

Si la sensatez triunfa sobre las humillaciones; más todavía, si por su sensatez la gente se sobrepone a las humillaciones y se mantiene digna, entonces podemos estar seguros de que no se equivocará a la hora de responder las preguntas de rigor: ¿Ganará en Chile esta derecha como lo hizo en Francia? ¿Logrará gobernar Francia? ¿Dará gobierno a Chile?
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martes, 15 de mayo de 2007

La tregua democratacristiana

Rodolfo Fortunatti


La Junta Nacional de la Democracia Cristiana debe ser valorada en su mérito. ¿Cuál es éste? Pues, el haber examinado, juzgado y sancionado las distintas tesis políticas acerca de la conflictiva y nunca acabada construcción del orden deseado. La selección de consejeros no es, en este sentido, una medida objetiva de su éxito o fracaso. Y no lo es, porque la elección de los miembros del Consejo Nacional responde a otra lógica, y ocurre en otros espacios de negociación.

Su lógica arranca de un itinerario. De hecho, comenzó en enero de este año con la elección de las mesas comunales —cuyos presidentes conforman la mayoría de la Junta—, la mitad de las cuales fueron generadas por consenso. Se trata de mesas integradas, lo cual significa que son volubles y maleables y, en consecuencia, bastante propensas al compromiso. Continuó en el mes de abril con la renovación de los presidentes regionales, que, por derecho propio, se constituyen en miembros del Consejo. Concluyó este fin de semana cuando se nominaron los últimos dieciocho integrantes de la instancia resolutiva. Literalmente, éstos se eligieron en las afueras de la asamblea deliberante: pasillos, patios interiores, comedores, cafeterías y, finalmente, mesas de votación. Por eso puede decirse que la composición del Consejo no refleja el debate que realmente se dio en la Junta, aunque se instala como la expresión más fiel del actual estado orgánico de la Democracia Cristiana, y de su sociología de las «plantillas», que es el nombre que aquí toman las transacciones de poder.


Contrario a lo declarado por
algunos, Eduardo Frei fue el verdadero artífice del voto unánime aprobado en la Junta. Fue el ex Presidente quien llamó a terminar con las descalificaciones de los grupos, a poner fin a las bancadas paralelas, y a dejar de firmar documentos transversales. Fue él quien convocó a los principales actores a deponer las armas del conflicto, y a emprender los caminos del entendimiento como única garantía de gobernabilidad y estabilidad políticas. Gracias a esta disposición, que neutralizó los arrestos más puristas y beligerantes, la Junta Nacional pudo así frustrar los intentos de proclamación de candidaturas presidenciales, e inhibir las purgas disciplinarias que las cabezas más imaginativas hubieran querido operar.

La Junta no resolvió los principales problemas de la colectividad. Sin embargo, no es menor que la asamblea se haya dado una tregua para procesarlos y zanjarlos. Como ha dicho Frei, ha pasado poco con el Quinto Congreso Nacional, pero tendrá que ser ahí donde se elabore la crisis de la Democracia Cristiana. Lo demás…, es puro
pensamiento Alicia.



jueves, 10 de mayo de 2007

El sustrato espiritual de la Concertación

Rodolfo Fortunatti

Es evidente que la Concertación necesita una política de entendimiento, acercamiento y reconciliación; si se quiere, una nueva forma de pensar. Urge en ella una aproximación a la política que valore la diversidad, fortalezca la solidaridad y estimule la colaboración. Un compromiso con determina­dos valores, derechos y deberes fundamentales o, lo que Hans Küng, aludiendo al consenso social, describe como «un fondo común que incluye valores y normas, derechos y deberes elementales, una actitud ética común».

Este consenso no debiera ser confundido con la pax romana, y sus invocaciones a la disciplina de los sometidos. Tampoco debiera parecer el llamado de atención hecho a esos otros anónimos donde acaban diluyéndose las culpas —las cúpulas, los partidos, la coalición, el modelo, o el sistema—. Debe ser tomado como lo que es: una exhortación directa y explícita a la responsabilidad individual de cada uno y, sobre todo, a la responsabilidad individual de los dirigentes. En todo caso, un pacto sujeto a reglas e instituciones.

La Concertación nació para restablecer la democracia y construir un modelo económico y social que combine crecimiento, equidad y apertura internacional (SIM, §5). Como se señala en
Los Sueños que Inspiran mi Mandato, (cf SIM, §32), el horizonte de la coalición no es una sociedad de mercado, sino una «economía al servicio de personas iguales en dignidad y en derechos». Su proyecto es una sociedad pluralista e inclusiva, y un país más protector y más competitivo (cf SIM, §7 y 14).

Su principio inspirador es la persona humana, y sus valores fundamentales son la solidaridad, la protección y el apoyo a las familias, y la reconstrucción del espíritu de comunidad (cf SIM, §15). Esto significa que «democracia y justicia social pueden convivir con crecimiento económico; que el progresismo significa libertad y derechos sociales y también individuales; que el humanismo laico y el cristiano tienen un camino convergente y no divergente, como unos pocos piensan equivocadamente» (cf SIM, §29 y 35).


Los modos aceptados para alcanzar estas metas, consisten en dialogar con la ciudadanía y en actuar con flexibilidad y pragmatismo (cf SIM, §9). Lo contrario nos expone al riesgo de ser arrastrados por la tecnocracia y sus modelos de laboratorio, o por el populismo sin solvencia técnica (cf SIM, §11).

A la luz de esta coherencia entre medios y fines de la acción política, la Concertación ha fijado como principales prioridades del
Programa de Gobierno, (PG), establecer una nueva red de protección social, dar un salto al desarrollo, mejorar la calidad de vida, combatir la discriminación y la exclusión, garantizar el buen trato a los ciudadanos, y consolidar la posición de Chile en el exterior (PG, §15).

Asimismo, la Presidenta Michelle Bachelet, en
Mensaje Presidencial, (MP), del 21 de mayo de 2006, ha precisado los cuatro pilares básicos de la agenda gubernamental. Estos son: la reforma de la educación (SIM, §18; MP, §39; PG, c1), la reforma previsional (SIM, §19; MP, §31; PG, c1), la calidad de la vivienda y del habitat urbano (SIM, §20; MP, §79; PG, c3), y la promoción y consolidación de la pequeña y mediana empresa (SIM, §21 y 22; MP, §56; PG, c2).

Por último, también la Concertación y la Presidenta Bachelet han propuesto cambios en las formas de gobernar. Estos son: la promoción de la
paridad de géneros (SIM, §25; PG, c5), la incorporación de las nuevas generaciones (SIM, §26; c1), y el desarrollo de la participación ciudadana (SIM, §27 y 28; PG, c4).

Este es el espíritu que da coherencia y proyección a la coalición, al programa y al liderazgo. Esto lo que quedará en la memoria del país aún después de ser gobierno.




miércoles, 9 de mayo de 2007

El precio de la pureza

Rodolfo Fortunatti

Como van las cosas —con la renuncia de Pablo Longueira a ser abanderado presidencial de la UDI—, lo más probable es que el candidato único de la derecha el 2009 sea quien hoy concita la mayor adhesión de dicho sector: el empresario Sebastián Piñera. Si, por otra parte, se cumplen las pretensiones de algunos, como Pérez y Pizarro, de que la Concertación postule al menos dos candidatos, un democratacristiano y un socialdemócrata. Y si a ello se suma que el liderazgo mejor posicionado del bloque PPD/PS/PR es el que ostenta el ex Presidente Ricardo Lagos, entonces, la principal medición de fuerzas debería darse entre Lagos y Piñera. Lagos, en una Concertación a dos bandas, y Piñera, alineando por segunda y exitosa vez a la Alianza.

En tales circunstancias, quien pagaría el mayor costo electoral y parlamentario sería la Democracia Cristiana, cuyo candidato cargaría con la responsabilidad de la derrota, por su renuencia a respaldar la opción concertacionista más aventajada. Aquel democratacristiano jugaría así el papel del centrista francés François Bayrou que, a más de haber llegado tercero, no logró inhibir el triunfo del conservador Nicolas Sarkozy, y contribuyó de paso a la división de la izquierda.

Si para la Concertación la victoria de Piñera representa su fin, para la Democracia Cristiana entraña la coronación de su crisis interna, esto es, su fatal ruptura. Cuando llegue esa hora, y la crónica de
Andrés Zaldívar es su anunciación —no es la primera vez que las campanas doblan por el partido—, unos se mantendrán fieles a la tradición de la falange, y pasarán dignamente a la Oposición, mientras que otros la abandonarán para asumir cargos de Gobierno y para ensanchar las filas del nuevo centro político, como engañosamente querrá presentarse a sí misma esta derecha. Después, sobrevendrán las culpas y recriminaciones que, para entonces, habrán perdido importancia ante un escenario enteramente distinto al actual.

Pero, aun cuando la Democracia Cristiana no confrontara a sus socios de coalición, aun cuando no levantara candidato presidencial, y aun cuando se allanara a respaldar la fórmula patrocinada por el PS/PPD/ PR, igual tendría que asegurar su presencia electoral, parlamentaria y gubernamental. En todo caso, tendría que mantener o aumentar su caudal de votos, lo cual le exigiría reconquistar la confianza de la ciudadanía. Y esto, claro, sólo se consigue con liderazgo y unidad, atributos que, hoy por hoy, le son bastante esquivos a la tienda.

Difícil trance el de la Democracia Cristiana. Nos recuerda el que transcurre en
El Perfume, del germano Patrick Süskind, novela publicada en 1985 y, años más tarde, llevada al cine por el director Tom Tykwer. Habría inspirado también la música de Rammstein —Du riechst so gut / Hueles tan bien— y del grupo gótico Moonspell, en Herr Spiegelmann. El perfume narra la historia de un hombre dotado por el especial don del olfato. Podía percibir los olores a kilómetros de distancia, aunque él no exhalaba ninguno. Esta facultad lo llevó a practicar el arte de la destilación y a obsesionarse en hallar las trece esencias que componían el perfume de la pasión. Cuando al fin descubrió la fragancia, fue tal la atracción que despertó en la multitud, que su cuerpo acabó devorado por ella.

La intolerancia al consenso, y la obsesión por las identidades químicamente puras, pueden derivar en la negación de todo interés común, y no necesariamente asegurar el perfil propio.







martes, 8 de mayo de 2007

¿Qué une a la Democracia Cristiana?

Rodolfo Fortunatti


Los partidos políticos pueden distinguirse según su antigüedad, y según organizan sus intereses siguiendo liderazgos colectivos o personales. En todo caso, los partidos admiten estas distinciones sólo porque ellas son reflejo de sus tendencias internas; estas que canalizan la voluntad colectiva y aseguran la continuidad de la vida política.

Las distintas sensibilidades de la Democracia Cristiana están constituídas por militantes que comparten lealtades recíprocas acerca de su historia, sus empatías generacionales y sus intereses comunes. Con mayor o menor nitidez, estas tendencias expresan los diversos modos en que se construye la política al interior del partido.

Tales alineamientos internos comportan nociones estratégicas, estilos de hacer política, y normas compartidas: ¿cómo lograr el objetivo? ¿De qué modo? ¿Observando qué reglas? Y todas ellas dan cuenta del sustrato espiritual de la colectividad, así como de aquellas ideas, creencias y métodos predominantes. Así pues, cuanto más permeables dichas corrientes, más propensas son al consenso. Por el contrario, cuanto más infranqueables, más renuentes son a la concesión y al acuerdo.

Las corrientes del partido se manifiestan a través de las opiniones, los discursos y las tesis políticas de sus miembros. De esta manera, en La disyuntiva podría reconocerse a una de las tradiciones más prístinas de la falange. Aquella que se templó en los tiempos de las sociedades organizadas y movilizadas. La que dio origen al partido de masas. La que nació con el movimiento campesino, sindical y poblacional. Y que coincidió con las señas de identidad más fuertes de la Democracia Cristiana, como las que le imprimió el gobierno de Eduardo Frei Montalva. Ahí también anidan las limitaciones de esta sensibilidad. Su dificultad para asimilar las demandas de los nuevos actores sociales, y para transferir liderazgo sin los riesgos del sectarismo, el elitismo o el autoritarismo.

Nadie podría negar la antigua gravitación de otro referente colectivo, la escuela aylwiniana, según el eufemismo de Gutenberg Martínez, que Edmundo Pérez se encargará de traducir con fidelidad. Una tradición creada y prolongada al alero de la fuerte personalidad de Patricio Aylwin. Su latencia pública ya supera las cuatro décadas, desde Allende a Bachelet. Y sus rasgos característicos son la apelación al principio de autoridad, la invocación del orden, y la persuación disciplinaria que, cuando no arranca de la norma escrita, se aplica fácticamente según las necesidades del ejercicio del poder. Junto a esta impronta personalista, se revelan asimismo sus principales falencias: incapacidad para generar propuestas políticas de largo plazo, y para provocar la amplia integración.

Surgida durante la transición democrática, y distanciada del partido de masas, así como del culto a la personalidad, se abre paso la vertiente más renovada del partido. La que hoy recluta a sus elementos más jóvenes. Posee liderazgos bien formados y capacidad de convocatoria. Por extensión, muestra facilidades para dialogar con los actores sociales emergentes, y con las nuevas demandas de la sociedad civil. Sin embargo, su mayor debilidad se advierte a la hora de medir los grados de cohesión de sus representantes. En ellos se echa de menos un sistema normativo que fije deberes y derechos. También falta una administración más eficiente. Por último, aún sigue pendiente el desafío de una estructuración orgánica más fluída.

Adolfo Zaldívar da su nombre al cuarto tipo de corriente interna, una cuyos orígenes se remontan hacia finales de los años ochenta. Su mayor éxito estriba en haber elaborado un discurso muy atractivo, y que revela gran sintonía con las aspiraciones de la gente. Tiene un problema. El neo capitalismo popular postulado por el senador — ¡Sereis todos propietarios!—, no es separable de sus cualidades personales. Difícilmente puede ser concebido como un programa político que trasciende a su persona. Como difícilmente su sector podría darse normas distintas de aquellas que lo constituyen en una fracción divorciada y autónoma del resto. La experiencia latinoamericana demuestra que, por lo general, tales formaciones sobreviven mientras permanecen en el poder.

Todas estas corrientes son tributarias del Partido Demócrata Cristiano. Pueden destruir el consenso mínimo que las reconoce como tales corrientes, o, en un acto suicida, abandonarse a la nada, que no otra cosa significa ser arrastrados por la crisis.



jueves, 3 de mayo de 2007

El Suicidio

Rodolfo Fortunatti


¿Qué lleva a una coalición a desear su fin? ¿Cuáles son las principales motivaciones que la empujan a su autodestrucción? ¿Son semejantes las justificaciones de unos y otros para el suicidio político? Y, en su revés, quienes luchan por la vida, ¿comparten el mismo sentido de sus luchas? ¿Dan todo de sí por la preservación?

Destilando y conservando sólo su pureza, la causa esencial de la propensión letal es la pérdida de identidad, de cohesión y de reconocimiento de los miembros de una colectividad. Así, cuanto menor es el sentimiento de un «nosotros», más desintegrado es el «yo» que adhiere a esa identidad común. Cuanto más frágiles son los lazos políticos, mayor es el recogimiento hacia la propia individualidad. Cuanto mayor es el ostracismo, más amenazadores aparecen los demás, que ahora son vistos como «los otros».

Sin embargo, aunque tengan un origen común, las razones para matarse, sui caedĕre, pueden ser muy diferentes. El suicidio altruista, como se desprende de la Carta de Ominami a Escalona, entraña una renuncia a favor de otros, esto es, a favor de una fuerza de izquierda situada a la vanguardia y con capacidad para introducir rectificaciones. El suicidio anómico —originado en la ira y la decepción—, y nunca mejor expuesto por Cortés Terzi, reaparece en períodos de inestabilidad o desintegración aparentes; si se prefiere, de fase terminal, como cuando la ceremonia del adiós. El suicidio egoísta, caracterizado por Chile Primero, es la manifestación más nítida del que se siente totalmente libre de las coacciones colectivas para emprender la acción autodestructora. Por último, el suicidio fatalista surge ahí donde las condiciones políticas se advierten tan rígidas, y tan difíciles de sortear, que el sacrificio colectivo, tal y cual lo relata Adolfo Zaldívar, asoma como la única salida.

Emile Durkheim escribió
El Suicidio el año 1897, cuando observó cierta correlación entre las altas tasas de suicidio y el individualismo, la secularización y el abandono de los lazos de solidaridad y comunidad de las sociedades modernas.

Lo mismo que en sociología, en política las tendencias fraccionalistas, rupturistas y disolutorias, se muestran fuertemente asociadas, y se reproducen, por la pérdida de voluntad, de visión y misión comunes en la Concertación. Son el Tánatos de la coalición. La representación de la muerte no violenta, pero espantosamente oscura.




miércoles, 2 de mayo de 2007

Verdad y Realismo Cínico

Rodolfo Fortunatti

«Pero en política —escribe Ascanio Cavallolo antitético no siempre es incoherente».

¿A qué se refiere con esto Cavallo? Lo que el periodista afirma es que en la actividad política, a diferencia de la lógica, puede haber coherencia entre dos posiciones contrarias. Da ejemplos de su canon moral: Andrés Allamand y Pablo Longueira pueden actuar como malos, para que su socio de pacto, Sebastían Piñera, se luzca como bueno; Allamand y Longueira pueden vestirse de oscuro y sombrío pesimismo, para que Piñera brille como el optimista señor de las luces; Allamand y Longueira pueden actuar como guerreros, para que Piñera se transfigure en Gandhi, el pacifista. Y así, si cada cual interpreta su contradictorio rol, todos acabarán instalándose en La Moneda. «No es una mala repartición de funciones», concluye el analista, admitiendo no sólo que el tema envuelve opciones éticas, sino añadiendo que actuar de este modo paradójico no es malo, sino, incluso, coherente.


Pero ¿qué es la coherencia? Antes que nada, la coherencia es una actitud lógica. Se espera que los juicios racionales se organicen al menos conforme a las tres leyes del pensamiento: el principio de identidad (si algo es A, es A); el principio de contradicción (nada puede ser al mismo tiempo A y no A); y el principio del tercero excluido (todo debe ser A o no A). Dicho de otro modo: si Allamand, Longueira y Piñera militan en la UDI y RN, luego, los tres no pueden ser sino de derechas; si la UDI y RN son de oposición, ergo, Allamand, Longueira y Piñera no pueden ser de gobierno; si Allamand, Longueira y Piñera son de derechas, y si el candidato de la oposición es Piñera, entonces, Piñera no puede ser sino el candidato de Allamand y Longueira. Por cierto que aquí hablamos sólo de la coherencia lógica necesaria para validar o falsear una hipótesis. Otra cosa es la que ocurre con las preferencias reales de Allamand y Longueira, momento en el cual entramos al plano de la coherencia política.

La coherencia política es una actitud consecuente. Quien actúa debe mostrar en su actuación correspondencia lógica con los principios que profesa. Quien actúa, sobre todo en la vida democrática, debe dar razones de sus actos. Debe demostrar que sabe organizar sus pensamientos y, además, debe demostrar que sabe justificar sus actos ante los demás. De ahí arranca su legitimidad. De ahí su autoridad y respeto. Por eso, en Teología Para La Postmodernidad, Hans Küng, afirma con elocuente lucidez que «las dimensiones de lo verdadero (“verum”) y lo bueno (“bonum”), del sentido y los valores, se implican mutuamente, y la cuestión (más teórica) de la verdad y sentido es también una cuestión (más práctica) de bondad y valores». Y para borrar la menor sombra de duda, Küng remacha: ¡Un verdadero cristiano es el buen cristiano!»

Si en lógica formal es un disparate enmascarar el principio de contradicción, en política, eso es aún más grave, pues entraña demagogia y manipulación de las conciencias. Todo lo que en su tiempo
Hannah Arendt desnudó y reflexionó de las actividades del Pentágono. Actuar con doble estándar significa ocultar la mentira y el engaño bajo el velo del realismo cínico. Este realismo que justifica cualquier comportamiento político, siempre que la mano izquierda ignore lo que hace la mano derecha. El caso es que no tenemos derecho a olvidar que así han empezado todas las formas de degradación del orden político. Y así han acabado envilecidas las relaciones más nobles y altruistas entre las personas.