Rodolfo Fortunatti
A mi amigo Ricardo Durán, a quien tanto quería.
Estimados amigos y amigas
Estimados camaradas del Partido
Estimada hermana de sangre de Ricardo, aquí presente
Estimada Márlen, noble, firme y perseverante compañera de Ricardo:
Conocí a Ricardo hace más de treinta años. Nos fuimos
haciendo amigos poco a poco, al mismo tiempo que sosteníamos largas y amenas
conversaciones sobre la historia de Chile. Porque, como profesor de historia
que era, Ricardo tenía un amplio dominio de nuestra evolución política, social
y económica. Y este conocimiento —unido a sus dotes de gran orador y,
especialmente, a su irremediable propensión al verbo discursar— lo hacía una
persona muy interesante, muy atractiva para quienes le prestaban atención.
Gracias a estas cualidades, Ricardo logró forjarse una visión universal del
mundo y de las cosas y, simultáneamente, desarrollar un sentido práctico de la
vida que le permitía mantenerse con los pies firmes sobre la tierra.
Así también, a través de los años y del fortalecimiento de
esta amistad, fui aprendiendo de Ricardo lo que le daba fuerzas para vivir y
para seguir luchando. Podría resumir esa poderosa motivación para la acción en
tres frases: su inmenso amor a la Iglesia, su amor a Márlen, y su amor al
Partido. En este orden de prioridades, en esta jerarquía: primero, su fe en
Dios; segundo, un amor —siempre bien correspondido— hacia su mujer; y tercero,
su lazo indisoluble con el partido, con la gran familia democratacristiana, con
sus camaradas.
Creo que para Ricardo debe haber sido una señal iluminadora
la presencia en el Vaticano del Papa Francisco. Sobre todo, por la proximidad
de Ricardo a los jesuitas y a sus enseñanzas prácticas. Pero también por ser
Francisco un pastor latinoamericano, hijo del continente de la esperanza, cuya
primera declaración de compromiso ha sido su opción preferente por los más
pobres. Este hecho vigorizó la fe de Ricardo en su Iglesia, la iglesia de
Aparecida, la iglesia de la liberación, la de los oprimidos. Todavía podían
observarse los destellos de esta fe en el rostro yerto de Ricardo, en el
semblante sereno de aquel que se sabe una criatura espiritual cuyo paso por el
mundo está llegando a su fin, y que ahora se apresta a cruzar el umbral hacia
la vida eterna.
Márlen se mantuvo pendiente, atenta al último latido del
corazón de Ricardo. Ocurrió en el minuto 40 de ayer sábado. Márlen habló con
Ricardo hasta que a Ricardo lo acompañó el cuerpo que habitaba. A Márlen se le
puede ver tranquila, en paz, con un dolor mitigado, amortiguado, acaso
dulcificado tras aquella comunicación con Ricardo. Gracias a su amor por él,
Márlen parece haberse asomado al camino que lo conduce ahora hacia la luz.
Amor a Dios, amor a su mujer y amor al partido eran sus más
fuertes motivaciones. Solía yo decirle a Ricardo que él era el último soldado
de una causa exigente. Esto le gustaba porque se sentía identificado con esa
idea de la militancia política, planteada por primera vez en 1959 por el
maestro Jaime Castillo Velasco. Decía entonces don Jaime que, a diferencia de
los correligionarios, que sólo comparten una idea o una creencia, los miembros de un partido de vanguardia deben ser militantes, es
decir, soldados de una causa muy exigente. Por cierto, don Jaime no hablaba de
un guerrero experto en la violencia y el conflicto, sino de un soldado. La
palabra soldado tiene el mismo origen latino que el término solidaridad, que
significa «in solidum», en sólido.
El soldado debe dar testimonio de disciplina, unidad monolítica
y fuerte formación doctrinaria. El soldado pertenece a un grupo selecto de
personas muy conscientes, a su vez, de abrir las conciencias de los demás. El
soldado del partido de vanguardia tiene la misión de transformar el orden
social injusto: «es la cabeza lúcida que hace conscientes a los demás del
camino de la liberación». Y todo esto era Ricardo en su manera de pensar, en su
manera de hablar, en su manera de vestir. Disciplinado, militante y exigente,
en una época marcada por la indiferencia, el relativismo moral, la
inestabilidad de las instituciones y la incertidumbre sobre el futuro.
En esta hora, querido Ricardo, podemos afirmar con la misma
convicción que animó a Miguel Hernández, el poeta valenciano, a escribir su
Elegía a Ramón Sijé, otro escritor oriundo de Orihuela:
«VOLVERÁS A MI HUERTO Y A MI HIGUERA:
POR LOS ALTOS ANDAMIOS DE MIS FLORES
PAJAREARÁ TU ALMA COLMENERA
DE ANGELICALES CERAS Y LABORES».