sábado, 22 de agosto de 2015

RECORDANDO A IGNACIO BALBONTÍN

Carlos Huneeus

"Uno de ellos fue más allá de lo imaginado, cuando Ernesto Moreno le dijo a Marta Lagos una frase difícil de olvidar: “Perseguiré a los marxistas del partido hasta el fin del mundo”. Era un exabrupto que daba cuenta de raíces bastante profundas que movían a quienes se negaban a suscribir la misiva. Los “once” eran personas que no debían estar en el partido".

La muerte de Ignacio Balbontín nos ha impacto a quienes lo conocimos y fuimos sus amigos. Un episodio de su oposición a la dictadura –su relegación en enero de 1978– me marcó, como también a mi mujer, Marta Lagos, que recuerdo como si fuera ayer. ¡Cuántos héroes no están en los libros y uno de ellos es Nacho! Y cuán incomprendida fue su lucha por la libertad entre sus propios compañeros de partido. No concibo la amistad sin la memoria y ella abarca no solo las luces, sino también las debilidades humanas.

Para comprender el episodio, hay que situarse en el contexto, constituido por la compleja historia del PDC (Partido Demócrata Cristiano) durante la dictadura y la activa solidaridad de la CDU (Christlich Demokratische Union, Unión Demócrata Cristiana) y Helmut Kohl hacia la colectividad chilena, como también de organizaciones de ésta, destacando la juventud (Junge Union, JU), la organización sindical (SA) y los universitarios (RCDS).

A raíz del el golpe de estado, la directiva de la DC, presidida por Patricio Aylwin, emitió una declaración que lo justificó, “lamentaba” lo ocurrido y responsabilizaba al gobierno de la Unidad Popular del presidente Salvador Allende (1970-1973) de ello. Un grupo de personalidades DC, conocidos como “los trece”, por iniciativa de Bernardo Leighton, uno de fundadores del partido, entre los cuales estaba Nacho, emitió una declaración distinta, que lo “condenaba”, responsabilizó al gobierno y a la oposición de la crisis que llevó a ese desenlace y advirtió sobre las posibles orientaciones totalitarias. En sus memorias, el presidente Aylwin (1998: 34) admitió que la declaración de “los trece” “parece más acertada”. Esa diferencia en el PDC se explica por discrepancias que venían desde el gobierno de Frei Montalva, que se acentuaron durante el gobierno de Allende.

Más allá de esa diferencia, en la DC se produjo una más de fondo, que lo marcaría durante el régimen de Pinochet y después de ella: quienes optaron por ser oposición activa contra la dictadura, porque consideraron que no terminaría sin una acción decidida de sus opositores y de la DC en particular y quienes optaron por una oposición pasiva, convencidos que ella no podría consolidarse y que había que de “cuidar” al partido.

Había más que una distinta visión del futuro; también era sobre el pasado reciente y la estrategia de recuperación de la democracia. Los primeros reconocían que la principal responsabilidad de crear las condiciones que provocaron el golpe recaía en el gobierno de Allende y los partidos de izquierda, pero estaban convencidos que, sin un acuerdo con sectores democráticos de ella, sería imposible llegar a la democracia Los segundos compartían la evaluación crítica hacia los partidos de izquierda, pero rechazaban la posibilidad de un acuerdo estratégico con sectores de ella. Pensaban en un “camino propio”, en el cual el PDC encabezaría la marcha a la democracia y la izquierda no tendría otra alternativa que sumarse a ella.

La oposición activa fue compartida por la inmensa mayoría de los dirigentes de la DC, cada uno con su estilo y en su ámbito profesional. Unos lo hicieron de inmediato; otros, algunos meses más tarde. Los costos personales fueron duros: A Leighton se le prohibió el regreso a Chile en agosto de 1974 y sufrió un atentado en Roma en 1975, que lo dejó gravemente herido, junto a su esposa. El senador y varias veces presidente del partido, Renán Fuentealba, uno de los “trece”, fue expulsado del país en 1974. Nacho fue relegado en 1978. Andrés Zaldívar fue exiliado en 1980. Quizás nunca sabremos las causas que llevaron a la muerte del presidente Frei Montalva.

Una minoría optó por la oposición pasiva, sin realizar acciones contra la dictadura, actuando hacia el interior de la organización DC. Destacó en ello la JDC (Juventud Demócrata Cristiana), presidida por Gutenberg Martínez (el Gute) desde julio de 1974, luego de la renuncia de su presidente, Ricardo Hormazábal precisamente por diferencias estratégicas ante la dictadura. Ricardo era partidario de una oposición activa, el Gute, de la pasiva.

Yo opté por la primera actitud. Había sido opositor al gobierno de Allende, pero entendía que no se podía permanecer pasivo. Mi mujer era de la misma opinión. Pero no tuve consciencia de los alcances de ese camino que adoptamos hasta que detuvieron a Nacho, cuando se pusieron de manifiesto las profundas diferencias entre nuestros amigos y camaradas de Alemania y cuyas dimensiones desconocía.

Helmut Kohl, elegido presidente de la CDU en junio de 1973, ayudó al PDC desde un comienzo. La fundación Adenauer, vinculada a la CDU, apoyaba al PDC desde 1963 con diversos programas, uno de los cuales era conceder becas a jóvenes profesionales para seguir un posgrado en una universidad alemana. Se me pueden escapar algunos nombres, pero recuerdo que en la Universidad de Bonn estudiaban Pedro Medrano, Guillermo Laurent y Edgardo (Chuncho) Riveros. Vivía y trabajaba en Bonn Mariano Fernández, que fue diplomático en la embajada de Chile en esa ciudad y renunció inmediatamente después del golpe.
En la de Heidelberg estaban Otto Boye, Mario (Peta) Fernández y yo en ciencia política y llegaría después Roberto Cifuentes; Gonzalo Undurraga y Ernesto Moreno, quienes seguían el doctorado en sociología, y en derecho, Roberto Mayorga. En la Karlsruhe llegarían Juan Carlos (“Kako”) Latorre y Eduardo Dockendorff; en la de Munich, Alvaro Rojas.

Jóvenes profesionales que seguían doctorados en otros países también ayudaron al PDC, destacando Martín Zilic, que seguía un doctorado en medicina en la Universidad Católica de Lovaina, cuya sede estaba en Bruselas. Zilic desarrolló relaciones con los partidos DC de las dos naciones belgas, flamenco y walón, y con el parlamento europeo, que tenía entonces su sede en aquella ciudad.

Aylwin designó en 1974 a Medrano como su representante ante la CDU, con el fin de mantener informado a Kohl de las dificultades del partido y pedir su ayuda, cuando era necesario. Bonn era entonces la capital de Alemania.

Los horrores de la dictadura, difundidos por la prensa alemana y la existencia de un “partido hermano”, como calificaban al PDC, que estaba en la oposición, entusiasmó a los dirigentes de la JU y RCDS. El partido chileno se destacaba a sus ojos porque en esos momentos habían caído las dictaduras del sur de Europa –Portugal y Grecia, en 1974; España, después de la muerte del general Franco a finales de 1975–, avanzando hacia la democracia. La CDU no tuvo interlocutores en esos países para mostrar su protagonismo en el cambio de régimen porque no los buscó antes que cayeran. Sí los tenía el SPD, que había apoyado a partidos de izquierda durante los regímenes autoritarios. De hecho, el partido socialista de Portugal fue fundado en Bonn por iniciativa de Mario Soares y el apoyo de Willy Brandt. Además, Chile era funcional al interés de los RCDS y la JU de impulsar una estrategia en las universidades contra el SPD, de exigir la defensa de los derechos humanos en todo el mundo, en dictaduras de izquierda y de derecha, no solo en las últimas, como acusaban al SPD de hacerlo, que “cerraba los ojos” ante las de izquierda.

El presidente de la juventud (JU), Matthias Wissmann, diputado federal y después ministro de Kohl, tomó una decidida actitud a favor del PDC y contra el régimen de Pinochet. Logró convencer a otros jóvenes dirigentes de su organización para que lo acompañaran en esta tarea y viajó varias veces a América Latina, visitando Chile, encabezando delegaciones de la JU. Una importante iniciativa de la JU por la defensa de los derechos humanos en el mundo se realizó en 1976, que se inició con un acto público en una localidad de la región del Ruhr, en el cual habló el ex diputado del PDC Claudio Huepe, exiliado en Inglaterra, y concluyó con un discurso de Kohl. Esa iniciativa culminó con la entrega de un documento firmado por aproximadamente 50.000 personas, en el que se pedía la libertad de tres presos politicos: Hans Möhring, en la República Democrática Alemana (RDA), que fue liberado mientras se llevaba adelante la campaña; Martín Poblete, dirigente estudiantil de la Democracia Cristiana Universitaria (DCU) de la Universidad de Chile, preso en el campo de concentración de Tres Álamos desde 1975, que salió después al exilio a los EE.UU., y Vladimir Bukowski, de la Unión Soviética. Este sería canjeado por la libertad de Luis Corvalán, secretario general del PC, que estaba detenido.

A comienzos de enero de 1978, la dictadura detuvo a once personalidades de la DC que se encontraban reunidos, entre los cuales estaban Tomás Reyes Vicuña, que fuera senador, Andrés Aylwin, ex diputado y abogado, Belisario Velasco, ex director-gerente de radio Balmaceda, que había sido relegado dos años antes en Putre, y Nacho Balbontín. Fueron relegados a pequeñas localidades en el extremo norte del país.
Aylwin pidió a Medrano que interviniera ante Kohl para que apoyara al partido, porque era un numeroso grupo de personas y podían haber nuevas detenciones. Los DC de Bonn consideraron conveniente enviar una carta a Kohl en que se expusiera la situación y firmada por los que vivíamos en Alemania, fueran o no becarios. La carta fue suscrita por cada uno de ellos.

Faltaban las firmas del “grupo de Heidelberg”. Nos reunimos para analizar la difícil situación del PDC y conocer la carta que se mandaría a Kohl. Lo hicimos en el casino de la facultad de Medicina, ubicado fuera del casco antiguo de la ciudad, en que se encontraba el Instituto de Ciencia Política, y en las cercanías del Max-Plank-Institute, en cuya biblioteca trabajaban Mayorga y el Peta. Mi mujer concurrió a la reunión.

Sin embargo, a diferencia de la actitud de los integrantes del “grupo de Bonn” en el de Heidelberg no hubo acuerdo. Mientras Otto, Mayorga, Marta Lagos y yo argumentábamos acerca de la conveniencia de firmarla, los otros afirmaron que no tenían sentido y no lo harían: Undurraga, Moreno y el Peta.
No lo podíamos creer. Se dieron argumentos de prudencia, sería mal visto por la Fundación Adenauer, que tenía algún sentido porque la fundación no miraba con buenos ojos que los becarios descuidaran sus estudios por actividades políticas. Pero esta era un caso especial: entre los detenidos había un colega y amigo.

Hubo una discusión, que se fue encrespando, unos más acalorados que otros (yo entre los primeros). No nos explicábamos la negativa a firmar una carta que además, no se haría pública. Uno de ellos fue más allá de lo imaginado, cuando Ernesto Moreno le dijo a Marta Lagos una frase difícil de olvidar: “Perseguiré a los marxistas del partido hasta el fin del mundo” (*). Era un exabrupto que daba cuenta de raíces bastante profundas que movían a quienes se negaban a suscribir la misiva. Los “once” eran personas que no debían estar en el partido.

El “grupo” de Heidelberg se quebró y la división se extendió a las otras ciudades en Alemania y Bélgica en las cuales estudiaban quienes rechazaron suscribirla. Quienes firmamos la carta a Kohl seguimos otro camino, participando en actividades contra la dictadura convocadas por organizaciones de la CDU en Alemania y en otros países. Hicimos lo que nos era posible.

Quienes se negaron a firmarla no participaron en actos contra la dictadura y comenzaron a reunirse con cierta periodicidad en Heidelberg, Karlsruhe y Lovaina. Se constituyeron como grupo y se dieron el nombre de “Teilhard de Chardin”. Nunca entendí por qué escogieron ese nombre.

Siempre consideramos con mi mujer que el quiebre de 1978 provocado por la negativa a firmar una carta a Kohl pidiendo intercediera por los relegados marcó nuestras vidas y nos confirmó en un camino que habíamos tomado antes, de involucrarnos en una acción contra la dictadura y no solo estudiar para sacar un título de posgrado. Hice muchos amigos en la RCDS, que más tarde me ayudaron cuando fui el primer embajador en Alemania, por razones que no es del caso recordar en esta ocasión.

¡Gracias Nacho!
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N. del D.: En memoria de Ignacio Balbontín Arteaga, fallecido el 18 de agosto a la edad de 75 años.
(*) Ernesto Moreno replica que "es absolutamente falsa la cita que extrañamente "me dedica", y que yo le habría dicho a su Sra. Marta Lagos". En: http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2015/08/26/en-respuesta-a-carlos-hunneus/

(**) Marta Lagos responde a Ernesto Moreno diciendo que "sus palabras me parecieron inhumanas. Puedo recordar aún el lugar en que estábamos, donde estaba Ernesto Moreno sentado, quiénes estaban presentes". En: https://www.blogger.com/blogger.g?blogID=13566737#editor/target=post;postID=7167944375553199761;onPublishedMenu=posts;onClosedMenu=posts;postNum=1;src=link

jueves, 13 de agosto de 2015

UNA PESADA SOMBRA

Belisario Velasco



Hágase lo que se haga, parece que nada consiguiera mejorar la sintonía de la Nueva Mayoría. Se han ensayado cambios de gabinete, ajustes programáticos y, últimamente, un cónclave que buscaba conciliar las diferencias. Pero los esfuerzos han resultado infructuosos. No bien se pone en marcha un nuevo ejercicio de restablecimiento de confianzas, y ya se activa el virus del conflicto y la división. Saltan a la luz pública declaraciones disonantes y altisonantes que, por lo general, no han sido planteadas en los foros que corresponde, ni sus titulares representan necesariamente las legítimas vocerías. Es cuando se hace sentir la incertidumbre y el desconcierto.

Aunque en el último tiempo esta práctica se ha vuelto persistente, acompaña al gobierno desde su instalación en marzo de 2014. Pero sus causas son anteriores. Obedecen a la pesada sombra de las dos almas de la Concertación que se proyecta sobre el corazón de la Nueva Mayoría. Es la reedición de la vieja pugna entre autocomplacientes y autoflagelantes, superada y sepultada en el pasado: primero, porque a la derecha, sector que aspiraba a gobernar al menos ocho años, el país sólo le dio una breve administración de cuatro años; segundo, por la nueva etapa que inauguraron las movilizaciones sociales de 2011, capaces de desnudar la crisis de representación que padecía nuestra democracia; y, tercero, por el aplastante triunfo de la presidenta Bachelet y de su propuesta de reformas profundas que, ni sus más acérrimos detractores se han atrevido a deslegitimar.

Esto se tradujo en un cambio del discurso político que convirtió en rémoras del pasado el consenso de Washington, la democracia de los acuerdos, la fiebre anticomunista y, naturalmente, a sus propios heraldos.

Hoy esas dos almas quisieran reencarnarse en los dos términos del binomio realismo sin renuncia con que ha sido bautizada la segunda etapa del gobierno: «los realistas», partidarios de reformas moderadas por los consensos con la derecha, y «los que no renuncian al programa» amparados en la mayoría conquistada en las urnas. Pero no existe tal dilema, si bien desde el comienzo del gobierno se ha buscado recrear dicha pugna.

Aún resuenan expresiones tales como frenesí legislativo, amenaza de estatización de la educación, derecho a introducir matices políticos, imputaciones hegemónicas a la izquierda, fecha de caducidad de la coalición y desacralización del programa, vertidas durante los primeros seis meses para moderar la celeridad y profundidad del programa. Y así fue como palabras sacaron palabras. Pero, a pesar suyo, y de los conflictos abiertos, todavía en septiembre del año pasado las reformas del gobierno concitaban adhesión y la Presidenta declaraba estar dispuesta a sacrificar su popularidad por el éxito del programa. Para entonces había estallado Penta y sus esquirlas, unidas a los casos Caval, Soquimich y otros, empezaban a impactar a toda la clase política.

Se acusa a la Nueva Mayoría de voluntarismo por no haber previsto el escenario económico. ¿Realmente la coalición no previó este riesgo? Olvidan, especialmente quienes gustan de la política líquida, de compromisos y memorias flexibles, volubles e inestables, que desde 2012, durante las primarias y en la elección presidencial de 2013, la economía ya mostraba signos de desaceleración, como más tarde lo confirmarían los ministros de Economía y de Hacienda, Luis Felipe Céspedes y Alberto Arenas. Por consiguiente, la marcha de la economía, esgrimida como el gran condicionante de las reformas, no pudo haber estado ausente en el diagnóstico, menos aún en quienes colaboraron en el programa de gobierno para convertirse, luego, en sus principales detractores. Tampoco pudieron haber ignorado el funcionamiento del Estado quienes durante décadas contribuyeron a su modernización.

Este modo de entender las cosas sólo podía conducir a una suerte de profecía auto-cumplida, donde la predicción de la crisis es la causante de provocar la crisis: como las reformas están mal formuladas, entonces freno las reformas y, luego, denuncio su fracaso.

El problema no es sólo económico, sino también político, y tiene dos aristas que deben ser limadas con urgencia. Por una parte, frente a la ausencia de una oposición fuerte y empoderada de su rol —y nunca la derecha había estado más débil que ahora— éste ha sido asumido por sectores liberales y conservadores que operan en el seno del gobierno y de su coalición dificultando la cohesión orgánica y la eficacia estratégica del conglomerado. Y por otra parte, los hechos de corrupción que desde septiembre vienen involucrando también a personeros oficialistas y cuya erradicación ha seguido cauces puramente judiciales, ha generado un estado de malestar y de desmovilización que se manifiesta en los más bajos índices de apoyo a las autoridades, a los partidos políticos y a las instituciones.

La presidenta Bachelet se impuso con el 62 por ciento de los votos. Estos constituyen casi dos tercios del respaldo ciudadano a un programa de transformaciones que prometía educación pública, gratuita y de calidad, una reforma tributaria que la financiara, y unas leyes laborales que garantizaran el mayor equilibrio de las relaciones entre capital y trabajo.

Dicho programa fue refrendado en forma abrumadora en las primarias de 2013, y después fue respaldado por todos los partidos de la Nueva Mayoría, y por aquellos que, como Fuerza Pública, terminaron alineándose con la oposición. Desde entonces no ha habido una elección popular que cambie la adhesión al programa constituido en mandato del gobierno y de los partidos oficialistas. No podemos ser los Donald Trump de la política chilena, que ante cualquier obstáculo inventa una fórmula mágica.

Corrigiendo sus imperfecciones, como lo está haciendo el Ejecutivo, procede acatar el compromiso asumido con el programa de gobierno, pues expresa el anhelo de los sectores más desprotegidos y vulnerables de nuestro país. Quienes durante dos años hemos defendido este programa —y la coalición y el gobierno que lo hacen posible— pensamos que es la salida política a situaciones prerevolucionarias no exentas de violencia, como aquellas que incuban la frustración y la desconfianza colectivas. Por eso, entendemos que renunciar a este programa significaría abdicar un mandato legítimo y renunciar a ofrecerle un cauce razonable a los conflictos latentes.

En Chile impera un régimen presidencial y, a menos que reformemos la Constitución, los titulares de Interior y Hacienda, excelentes secretarios de Estado, no detentan el cargo de Primer Ministro jefe del Ejecutivo. Ambos están subordinados a la jerarquía y autoridad de la Presidenta de la República en quien descansa la función de fijar la gradualidad, prioridad y oportunidad de la gestión gubernamental. Nadie, sino al precio de fuertes desajustes, puede tomar el atajo de utilizar a los jefes de cartera para imponer sus objetivos.

Desde luego, las diferencias de fondo no serán resueltas durante este gobierno. Nadie puede pretenderlo. Pero en la medida que la oposición se fortalezca, ojalá en torno a fuerzas renovadas, los grupos vicarios perderán vigor en la centroizquierda permitiendo que se proyecte como una alianza sólida y estable. Mientras tanto, tenemos el deber de afianzar la gobernabilidad democrática indispensable a una coalición que aún tiene mucho que aportar al país.





lunes, 24 de noviembre de 2014

PROYECCION DE LA NUEVA MAYORIA




Mariano Ruiz-Esquide

La exquisita ironía de la Política ha llevado a que los debates más polémicos han sido al interior de la Nueva Mayoría y al interior de la Vieja Minoría.  En la primera porque  hay quienes creen que es un nuevo acuerdo programático electoral a cuatro años plazo y otros creemos que es una proyección que viene constituyéndose desde hace 50 años en la base social y los partidos de centro-izquierda.

En la visión de muchos Demócratas Cristianos, especialmente entre los jóvenes y los trabajadores, esta combinación política de centro-izquierda, económicamente contraria al capitalismo, participativa y basada en la ética y la solidaridad es la superación de cada época hasta lograr un respaldo mayoritario social, político y parlamentario que no es  un exabrupto, sino un largo camino difícil y con altos y bajos.

Desde nuestra perspectiva, el primer paso fue el ideario falangista y su ampliación con el Partido Conservador Social Cristiano en la década del 50.  En la década siguiente fue el Gobierno de la Revolución en Libertad, cuyo programa contenía prácticamente todas las ideas que han surgido posteriormente.

Luego vino la confrontación con el mundo socialista, especialmente el cercano al MIR, y después la Dictadura que buscó borrar  todo vestigio progresista y de esos horrores y dolores surgió la Concertación que fue el conjunto pluripartidista más amplio  que había tenido Chile y cuyas insuficiencias provinieron de nuestra minoría parlamentaria en el Senado.

De esa experiencia surgió este último modelo que dio al Gobierno actual de la Presidenta Bachelet y a los partidos que la respaldan una mayoría no conocida y un bloque parlamentario nunca antes obtenido.

Lo que quiero reiterar es que hay una secuencia virtuosa y coherente  de la Democracia Cristiana hasta lograr lo que hoy tenemos y la pregunta es ¿vamos a despreciar lo que tanto nos costó lograr?

¿Vamos a tirar por la borda una coherencia de 50 años? ¿Vamos a lanzarnos al vacío desechando la Nueva Mayoría sin saber lo que viene para la DC? ¿O ya  lo saben y es lo que soterradamente  se gestiona? ¿El camino solitario que nos hizo perder las elecciones de 1946, 1958 y 1970? ¿O el camino del Centro impávido con pequeños aliados?

¿O acaso es la derecha el destino final que se esconde?

Estas tres alternativas son un salto al vacío y no podemos reemplazar con ellas lo que hoy podemos hacer en éste y otro Gobierno de la Nueva Mayoría donde la DC tiene  un lugar y una tarea inigualable.

La política es coherencia entre lo que se escribe y se hace.  Es también el cuidado de su cultura  y alma mater y en el  caso nuestro  son los documentos, los 14 puntos de la Falange el programa de 1964, el programa con que derrotamos la dictadura en 1990.

Nuestro V Congreso del año 2007, el propio programa como base del triunfo de ahora y la última Junta Nacional que definió nuestra posición.  Respeto cabalmente las opiniones de cada militante, pero el Partido debe condicionarse conforme sus decisiones institucionales.  Pero tenemos dificultades con el lenguaje de algunos personeros y los ataques mordaces a la DC y eso no lo aceptaremos.  Porque la unidad es indispensable y nuestro respeto es su eslabón central.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

NUESTRO DESAFÍO ES FORTALECER Y PROYECTAR A LA NUEVA MAYORÍA


Tercera reunión ampliada, 15 de noviembre de 2014



1. Recientes encuestas, a través de una prensa controlada por la derecha, han instalado en la opinión pública la percepción de que el Gobierno y la Oposición estarían empatados. Esta sensación, a ratos empapada de desconfianza y temor, promovida a propósito, busca poner en duda la necesidad imprescindible de las reformas. Forma parte de un diseño estratégico-táctico dirigido a dividir a la Democracia Cristiana, aislarla de la Nueva Mayoría, frenar las reformas a la educación y al régimen político, y reposicionar a los actores que pierden su poder a fuerza del avance y legítima presión social del nuevo ciclo que vive el país.

2. Debemos ser autocríticos no sólo de la gestión gubernamental sino de los partidos y especialmente del nuestro. No hemos hecho las cosas todo lo bien que se podrían haber hecho. Es indudable que grupos regresivos han aprovechado las distancias que median entre el programa de la Nueva Mayoría, las expectativas de la población y las percepciones reales de lo que el Gobierno ha podido concretar. Hay una opinión crítica al Gobierno donde convergen los sectores interesados en que no haya reformas y los sectores que lucharon para que estas se realicen, pero que se ven frustrados en sus aspiraciones. Es lo que sucede con una reforma tributaria tan tímida que ha dejado intocados 280 mil millones de dólares equivalentes al PIB de Chile en el exterior y lo que ocurre con la evidente postergación de la educación pública. Esto desorienta a la opinión de la ciudadanía. Hay problemas de diseño estratégico y comunicacionales, pero sobre todo, de compromiso. De voluntad política y acción colectiva con mirada de largo plazo. Precisamos zanjar las diferencias internas del PDC y de la coalición, para fortalecer la adhesión de la ciudadanía, al proceso de transformaciones. Hacerlo con apertura, sin amenazas ni contradicciones sin altura.   

3. Para conseguir esta obligada sintonía, debemos mejorar la coordinación entre el Gobierno y la Nueva Mayoría. Pero ello, nos demanda a nosotros los democratacristianos desarrollar una actitud de servicio sin mezquindad a los requerimientos. Hay que ayudar al Gobierno y no entorpecerlo. Especialmente hay que mantener una postura perseverante y oportuna hacia todos los sectores que propician pacíficamente el avance y el progreso frente a cada coyuntura. Hacen falta vocerías en cuestiones tan relevantes como la reforma laboral, la salud, las aefepés y las relaciones exteriores En ese sentido urge recuperar la actividad de la Comisión Internacional del partido. Necesitamos una acción política con presencia en el mundo social y que esté continuamente alimentada por las fuentes ideológicas y doctrinarias que dan perfil a nuestro marco cultural. Debemos ser capaces de llevar al límite nuestra capacidad de propuesta, a través de la formulación de políticas y programas y, sobre todo, caminando junto a los jóvenes, la semilla del futuro, los trabajadores y el mundo popular todavía postergados. Así podremos actualizar y reproducir los anhelos de justicia y libertad de las pasadas generaciones.

4. La Democracia Cristiana es un partido de avanzada social, con una rica diversidad étnica, cultural, generacional, religiosa, de clases, género, pensamientos y experiencias. Debemos dar cauce a esta multiplicidad mediante prácticas pluralistas y tolerantes, sin jamás perder de vista aquello que nos une, y que nos faculta para ser constructores del Bien Común, nuestra vocación histórica de cambio por la justicia social. Somos parte de la Nueva Mayoría y nuestro desafío es fortalecerla y consolidarla. Ella es garantía de progreso de los derechos y de la dignidad de los chilenos, lo que por sentido común nos aparta de concurrir a un pacto de gobierno con la derecha. Parte de los retos futuros, es la sucesión presidencial, donde todos los partidos, también el nuestro, tienen derecho a postular un candidato. Pero pensamos que estas opciones no deben ser inoportunamente anticipadas porque, en vez de contribuir, ponen obstáculos a las transformaciones en curso.

5. Tenemos la firme voluntad de conquistar la conducción del partido a través de una alternativa amplia, mayoritaria y comprometida sin ambages con el programa de la Nueva Mayoría. Entendemos que un principio práctico para concretar esta opción, pasa por el acuerdo, primero, en torno a un programa y su adecuada comunicación, después en torno a las personas que mejor representen los ideales de progreso y de colaboración en el seno de la centroizquierda. Para contribuir a esta iniciativa pondremos a disposición de un nuevo pacto los nombres de mujeres y hombres que encarnan el liderazgo del progresismo democratacristiano.

6. Pensamos que la renovación de la mesa nacional del partido debe ocurrir con posterioridad a la realización del VI Congreso. Porque sólo así las ideas irán delante de la acción política, y sus frutos nos permitirán sortear con éxito la elección municipal de 2016. Por eso, postulamos cambiar el calendario del primer semestre del año 2015, en el sentido de prorrogar la elección fijada para el 29 de marzo, y, simultáneamente, anticipar el Congreso, fijado para el mes de julio.


Belisario Velasco, Mariano Ruiz-Esquide, Ignacio Balbontín, Raúl Donkaster, Héctor Gárate W.,  Pilar Mallea A., Alejandra Miranda, Juan Manuel Sepúlveda M., Jorge Consales, Ramón Mallea A., Diego Calderón G., Julia Panez, Paulina Gómez B., Claudia Díaz, Pedro Hernández, Patricio Huepe G., Rodolfo Fortunatti, Ricardo Moreno, Alejandro González G., , José Soto S., Abdón Anais, Roberto Moreno, Jorge Beltrán, , Carlos Eduardo Mena, Patricio Mancilla, Juan Guillermo Espinosa, Juan Guillermo Morales, Marcel Young, Raimundo González, Antonio Wagner, Mario Maureira, Nicolás Mena, Felipe Vallespir, Emilio Tapia, Rolando Vásquez, Alejandro Carril, Waldo Crisóstomo, Carlos Ortiz, Cesar Mass, Víctor Hermosilla, Juan Miguel Jara, Ranulfo Monsalve.