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miércoles, 12 de agosto de 2020

LA DC EN LA CENTROIZQUIERDA

 Rodolfo Fortunatti


En vísperas del aniversario 63° de la fundación de la Democracia Cristiana, el 28 de julio pasado, el senador Francisco Huenchumilla envió una carta a la militancia del partido. En ella el exintendente de La Araucanía formula una propuesta que, en lo sustantivo, exhorta a la conformación de una directiva nacional «unitaria», término que alude a la concurrencia de la vasta diversidad de visiones políticas y estratégicas de la colectividad. Mesa «ampliada», además, a un consejo de presidentes regionales con facultades ejecutivas generales.

El exministro ofrece cuatro argumentos para sustentar esta propuesta. De entrada, señala que se precisa un cambio, a la luz del desgaste electoral y orgánico que viene exhibiendo el partido. Seguidamente, que la actual mesa tiene su mandato vencido, y que no corresponde que éste se prolongue por la vía de los hechos consumados. Luego, que se requiere integrar y representar a los distintos sectores para que todos se sientan reflejados en la nueva conducción. Por último, que una elección interna no es solución, porque se convertiría en una lucha de poder que postergaría el debate esencial sobre las definiciones de fondo.

Autocomplacencia: el freno al progreso

Cada una de estas razones tiene elementos a favor y en contra, que es conveniente aquilatar en su mérito —que lo tienen—, para formarse un juicio político ajustado a la realidad y actuar en consecuencia.

La preocupación del senador Huenchumilla por el declive de la DC es un hecho concreto que puede ser demostrado a la luz de las estadísticas electorales de la transición. Solo que este descenso no se inicia el año 2000, como sugiere el autor, sino en la segunda mitad del gobierno de Aylwin. Y si bien la promesa Para Los Nuevos Tiempos de Frei, consiguió atenuar esta caída, hacia el año 1997 la pendiente se hizo demasiado evidente como para desconocerla. Y no fue ignorada. O, mejor dicho, nadie quedó indiferente al debate que, por entonces, protagonizaron los calificados de modo peyorativo como autocomplacientes y autoflagelantes, y que ya daba cuenta de las insatisfacciones que empezaban a despertar en la población tanto la negociación como los límites de la democratización. No es posible entender el Estallido y el malestar social que lo alienta, sin tomarle el peso al daño que ha ocasionado a la centroizquierda, en términos de credibilidad y de resultados políticos y electorales, la proverbial actitud de los autocomplacientes. De cara al cambio de época, parece haber llegado la hora de procesarla.

«Esperaría que los hombres y mujeres que siguen añorando el pasado, dejen la conducción de esta transición —ha emplazado la senadora Yasna Provoste―. Tuvieron su tiempo, deben dejar paso para que la DC se fortalezca en una alianza para las transformaciones».

Fecha de vencimiento: 18/10/2019

La mesa conducida por el exdiputado Fuad Chahín se instaló hace más de dos años gracias a la alianza mayoritaria y representativa de las principales facciones de poder interno. Lo hizo con el sugestivo propósito de emprender «la revolución de la dignidad» y de poner al PDC en la primera línea del debate nacional. El Estallido del 18 de Octubre puso la revolución de la dignidad en primera línea, y empujó al PDC a firmar una salida institucional, que no otra cosa fue el acuerdo del 15 de noviembre por el cual se fijó un plebiscito para reformar la Constitución. El mandato de la actual mesa está vencido desde el Estallido, como superados y agotados están los programas y adhesivos de los grupos que le brindaron apoyo. De ahí la urgencia de la sucesión.

Es deseable, como indica el senador, que una nueva mesa refleje la diversidad interna, pero es también una aspiración muy sentida que no haya facultad de veto de ninguno de sus miembros sobre la gestión política, lo cual hoy se ve como un requisito difícil de satisfacer. Porque ha surgido una diversidad distinta, como la destacada por seis presidentes regionales, que no es conciliable con las antiguas fórmulas que llevaron al fracaso, y que debe abrirse paso para gobernar.

Otra diversidad, mayoritaria y unitaria

Aquella diversidad es la que se expresa en el cambio de la Constitución, a diferencia de su pura enmienda. Se manifiesta también, en una Convención Constituyente, enteramente elegida por la ciudadanía, a diferencia de una Convención Mixta, donde una parte de la asamblea esté compuesta por actuales parlamentarios, como se recordará era el camino aconsejado por los resabios autocomplacientes. Se revela en el retiro del diez por ciento de las AFPs, a diferencia del dogma liberal que considera intocable la herencia económica del régimen civil militar. Se expone en el deseo de construir una mayoría de centroizquierda para gobernar, a diferencia de quienes quisieran mantenerse en el confinamiento político y en un «virtual pacto por omisión», que permite a la derecha conquistar el poder y conservarlo. Se muestra en el futuro que nace después de esta crisis social, sanitaria, económica y política, a diferencia del pasado que muere con ella.

Esta nueva conducción debería clausurar la experiencia neoliberal y, por eso, su misión debería ser representar la identidad de vanguardia, reformadora y popular que ha encarnado en sus momentos estelares la Democracia Cristiana. Hoy por hoy, es perentorio para todos marcar estas diferencias.

Por último, el senador Huenchumilla ha planteado que no es conveniente realizar una elección interna que mantendría las cosas como están. Convengamos que siempre ha existido el riesgo de que la lucha por los cargos desatienda la renovación de las ideas. Sin embargo, admitamos que nada mantendría mejor las cosas como están que una mesa de integración que detuviera el tiempo en los equilibrios de poder —y en las ideas que le dieron origen— anteriores al Estallido. Sería un anacronismo a la luz de la actual coyuntura.

La elección de una nueva dirección política es imperativa para el aggiornamento de la centroizquierda, y lo es para un partido que aspira a ser parte de la historia política y constitucional que se abrió con el Estallido.

No hay nada que impida la renovación de la mesa de la Democracia Cristiana y, sí muchos desafíos futuros que la justifican.

Si el Plebiscito del 25 de octubre se realiza, y no hay comuna del territorio nacional en estado de cuarentena, entonces debería ser el momento de concretar dicho proceso, aun cuando no se haya efectuado la junta nacional pendiente.

Desde luego, el senador Francisco Huenchumilla, cuya misiva ha justificado estos párrafos, es una de las mejores opciones que posee la Democracia Cristiana para encabezar este desafío.

13 de agosto de 2020.


domingo, 1 de diciembre de 2019

LA BURBUJA DE LA VIEJA GUARDIA DC

Rodolfo Fortunatti




Bajo el título Orden público y paz social: en defensa de la democracia, dieciséis exministros de la Democracia Cristiana se pronuncian sobre la actual crisis. Se trata, sin embargo, y probablemente estimulado por el calor de las luchas de intereses y fuertes disputas ideológicas, de un planteamiento incoherente, extemporáneo y divorciado de la realidad.

Censuran a quienes no se sumaron al acuerdo por una nueva Constitución, pero no reparan que, a la luz de mediciones de opinión, estos sectores de la población representan al menos un tercio del país. Tampoco observan que los mismos dirigentes que lo firmaron todavía muestran insatisfacción con el acuerdo.

Alaban los consensos de la agenda social, pero admiten cuán insuficientes son, y precisamente en torno a lo medular de dicha agenda como son las pensiones e ingresos. No debiéramos olvidar que la mayoría de los exministros frenaron en el pasado, incluso en contra de sus propios gobiernos y alianzas políticas, iniciativas de justicia social tendentes a afianzar la paz y estabilidad de cuya pérdida hoy se lamentan.

Imputan en duros términos, y con un lenguaje propio de los tiempos de la Guerra Fría, a los sectores políticos que no firmaron el acuerdo la responsabilidad política de la violencia. Una acusación sin ningún fundamento, pues la violencia que aluden las ex personalidades es la de los saqueos, la destrucción, el vandalismo y la delincuencia, en los que participan anarcos, narcos, lumpen, delincuentes comunes, es decir, delitos comunes que afectan la seguridad de las personas y que todo el mundo condena. Procuran establecer un nexo entre los partidos y movimientos de izquierda y la violencia organizada, pero admitiendo que ésta aún no ha podido ser identificada y, de este modo, anulando automáticamente dicho nexo. Pero insisten en criminalizar la movilización y las protestas del mundo social organizado al sindicalizarlas como las causantes de los delitos en cuestión. Explícitamente acusan a los movimientos sociales de un “infantilismo revolucionario” (sic) que promueve y activa la violencia generalizada.

En un ya obsesivo anticomunismo, e ignorando la evidencia teórica y práctica acopiada, afirman que quienes se restaron del acuerdo son los mismos de la transición democrática de hace treinta años. Frente a esto habrá que recordarles dos cosas. Primero, que la mayoría de ellos —puros hombres— fueron los autores intelectuales y materiales de aquella transición que nos legó la ilegítima Constitución que nos rige y cuyas consecuencias hoy están a la vista. Segundo, que las formaciones políticas y sociales que se opusieron al acuerdo son nuevas, como jóvenes y mujeres son sus miembros y, por consiguiente, no podrían haber sido nunca los mismos de hace treinta años.

Pero la conducta más temeraria de los ex ministros ocurre cuando instalan un parteaguas, una fisura de arriba abajo, una brecha profunda, entre los buenos y malos democratacristianos. Los buenos, aquellos que aplauden a pie juntillas un acuerdo constitucional hasta ahora impreciso, y aquellos otros que lo cuestionan. Los buenos, aquellos que suscriben sin más la agenda militarista del gobierno, y aquellos que la ven como un retroceso de la democracia y las libertades civiles. Los buenos, los autocomplacientes que bloquearon el “frenesí de reformas”, como calificaron en su día el programa de Michelle Bachelet, y los autoflagelantes, que han venido criticando el modelo económico y el régimen político heredado de la dictadura, causantes del estallido social.

¿Cuáles son las motivaciones de las ex autoridades para formular tal admonición?

La reacción de los ex ministros obedece a un principio básico, cual es, que se aislaron del país y de su evolución moral, política y social. Aislaron sus propias ideas del curso que tomaron las nuevas manifestaciones del pensamiento. Se aislaron de la Democracia Cristiana, de su identidad, de su historia y de su proyecto, y, de este modo, se apartaron de la práctica política cotidiana. Se aislaron del sentido por el cual el país construye su pasado y su presente. Y así, se fueron envolviendo en una burbuja que aún los separa de su propia y fatal realidad: han perdido la gravitación que tuvieron, y ya no tienen trascendencia en el futuro de la política contemporánea.