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miércoles, 12 de agosto de 2020

LA DC EN LA CENTROIZQUIERDA

 Rodolfo Fortunatti


En vísperas del aniversario 63° de la fundación de la Democracia Cristiana, el 28 de julio pasado, el senador Francisco Huenchumilla envió una carta a la militancia del partido. En ella el exintendente de La Araucanía formula una propuesta que, en lo sustantivo, exhorta a la conformación de una directiva nacional «unitaria», término que alude a la concurrencia de la vasta diversidad de visiones políticas y estratégicas de la colectividad. Mesa «ampliada», además, a un consejo de presidentes regionales con facultades ejecutivas generales.

El exministro ofrece cuatro argumentos para sustentar esta propuesta. De entrada, señala que se precisa un cambio, a la luz del desgaste electoral y orgánico que viene exhibiendo el partido. Seguidamente, que la actual mesa tiene su mandato vencido, y que no corresponde que éste se prolongue por la vía de los hechos consumados. Luego, que se requiere integrar y representar a los distintos sectores para que todos se sientan reflejados en la nueva conducción. Por último, que una elección interna no es solución, porque se convertiría en una lucha de poder que postergaría el debate esencial sobre las definiciones de fondo.

Autocomplacencia: el freno al progreso

Cada una de estas razones tiene elementos a favor y en contra, que es conveniente aquilatar en su mérito —que lo tienen—, para formarse un juicio político ajustado a la realidad y actuar en consecuencia.

La preocupación del senador Huenchumilla por el declive de la DC es un hecho concreto que puede ser demostrado a la luz de las estadísticas electorales de la transición. Solo que este descenso no se inicia el año 2000, como sugiere el autor, sino en la segunda mitad del gobierno de Aylwin. Y si bien la promesa Para Los Nuevos Tiempos de Frei, consiguió atenuar esta caída, hacia el año 1997 la pendiente se hizo demasiado evidente como para desconocerla. Y no fue ignorada. O, mejor dicho, nadie quedó indiferente al debate que, por entonces, protagonizaron los calificados de modo peyorativo como autocomplacientes y autoflagelantes, y que ya daba cuenta de las insatisfacciones que empezaban a despertar en la población tanto la negociación como los límites de la democratización. No es posible entender el Estallido y el malestar social que lo alienta, sin tomarle el peso al daño que ha ocasionado a la centroizquierda, en términos de credibilidad y de resultados políticos y electorales, la proverbial actitud de los autocomplacientes. De cara al cambio de época, parece haber llegado la hora de procesarla.

«Esperaría que los hombres y mujeres que siguen añorando el pasado, dejen la conducción de esta transición —ha emplazado la senadora Yasna Provoste―. Tuvieron su tiempo, deben dejar paso para que la DC se fortalezca en una alianza para las transformaciones».

Fecha de vencimiento: 18/10/2019

La mesa conducida por el exdiputado Fuad Chahín se instaló hace más de dos años gracias a la alianza mayoritaria y representativa de las principales facciones de poder interno. Lo hizo con el sugestivo propósito de emprender «la revolución de la dignidad» y de poner al PDC en la primera línea del debate nacional. El Estallido del 18 de Octubre puso la revolución de la dignidad en primera línea, y empujó al PDC a firmar una salida institucional, que no otra cosa fue el acuerdo del 15 de noviembre por el cual se fijó un plebiscito para reformar la Constitución. El mandato de la actual mesa está vencido desde el Estallido, como superados y agotados están los programas y adhesivos de los grupos que le brindaron apoyo. De ahí la urgencia de la sucesión.

Es deseable, como indica el senador, que una nueva mesa refleje la diversidad interna, pero es también una aspiración muy sentida que no haya facultad de veto de ninguno de sus miembros sobre la gestión política, lo cual hoy se ve como un requisito difícil de satisfacer. Porque ha surgido una diversidad distinta, como la destacada por seis presidentes regionales, que no es conciliable con las antiguas fórmulas que llevaron al fracaso, y que debe abrirse paso para gobernar.

Otra diversidad, mayoritaria y unitaria

Aquella diversidad es la que se expresa en el cambio de la Constitución, a diferencia de su pura enmienda. Se manifiesta también, en una Convención Constituyente, enteramente elegida por la ciudadanía, a diferencia de una Convención Mixta, donde una parte de la asamblea esté compuesta por actuales parlamentarios, como se recordará era el camino aconsejado por los resabios autocomplacientes. Se revela en el retiro del diez por ciento de las AFPs, a diferencia del dogma liberal que considera intocable la herencia económica del régimen civil militar. Se expone en el deseo de construir una mayoría de centroizquierda para gobernar, a diferencia de quienes quisieran mantenerse en el confinamiento político y en un «virtual pacto por omisión», que permite a la derecha conquistar el poder y conservarlo. Se muestra en el futuro que nace después de esta crisis social, sanitaria, económica y política, a diferencia del pasado que muere con ella.

Esta nueva conducción debería clausurar la experiencia neoliberal y, por eso, su misión debería ser representar la identidad de vanguardia, reformadora y popular que ha encarnado en sus momentos estelares la Democracia Cristiana. Hoy por hoy, es perentorio para todos marcar estas diferencias.

Por último, el senador Huenchumilla ha planteado que no es conveniente realizar una elección interna que mantendría las cosas como están. Convengamos que siempre ha existido el riesgo de que la lucha por los cargos desatienda la renovación de las ideas. Sin embargo, admitamos que nada mantendría mejor las cosas como están que una mesa de integración que detuviera el tiempo en los equilibrios de poder —y en las ideas que le dieron origen— anteriores al Estallido. Sería un anacronismo a la luz de la actual coyuntura.

La elección de una nueva dirección política es imperativa para el aggiornamento de la centroizquierda, y lo es para un partido que aspira a ser parte de la historia política y constitucional que se abrió con el Estallido.

No hay nada que impida la renovación de la mesa de la Democracia Cristiana y, sí muchos desafíos futuros que la justifican.

Si el Plebiscito del 25 de octubre se realiza, y no hay comuna del territorio nacional en estado de cuarentena, entonces debería ser el momento de concretar dicho proceso, aun cuando no se haya efectuado la junta nacional pendiente.

Desde luego, el senador Francisco Huenchumilla, cuya misiva ha justificado estos párrafos, es una de las mejores opciones que posee la Democracia Cristiana para encabezar este desafío.

13 de agosto de 2020.


miércoles, 10 de junio de 2020

CONSECUENCIAS (ESPERADAS) DE LA IMPLEMENTACIÓN EN CHILE DEL MODELO ULTRANEOLIBERAL Y EL CONTEXTO DE PANDEMIA POR LA COVID-19


Oscar Osorio




Introducción

El modelo de sociedad de los últimos 40 años, basado en el ultraneoliberalismo, ha generado consecuencias inesperadas y perversas para la mayoría de la población. Incluso, más allá de las transformaciones que los gobiernos democráticos realizaron, en sus aspectos más bien secundarios, tanto porque no era posible por el peso excesivo de la derecha en virtud de la constitución del 80, como por cierta desidia y falta de voluntad política de su elite, no se modificó el núcleo central del modelo. La emergencia de la pandemia del Covid19 y lo errado de las propuestas diseñadas, no han hecho más que agravar estas consecuencias. Nos referimos básicamente a consecuencias perversas en los siguientes ámbitos: económicos-sociales, políticos y culturales.

1.      Económicas-sociales

La ineptitud de este gobierno para hacerse cargo de los problemas que ha generado la pandemia del Covid19, es de tal magnitud que ha sido incapaz de ponerse en los zapatos de los trabajadores del país. No le interesa, además, establecer empatía con los problemas de la gente. Esto aún cuando prácticamente el 50% de la población al año 2019 se encontraba en una situación de alta vulnerabilidad, toda vez que, conforme a datos oficiales del INE, la mitad de los trabajadores de Chile, gana menos de $350.000 líquidos mensuales y el 50% de las personas que reciben pensiones contributivas obtienen menos de $170.000 (datos CASEN 2017) . Es decir, se sitúan, apenas por $5.000 sobre la línea de la pobreza ($165.000) Y esta vulnerabilidad ha aumentado  notablemente, con este evento sanitario externo que no sólo se manifiesta en las altas cifras de  cesantía, sino que fundamentalmente en la caída de la actividad económica, que ubicará inmediatamente a una gruesa parte de los trabajadores, bajo la terrorífica línea de la pobreza ($365.000 para un hogar compuesto por tres personas y $472.000 para un hogar compuesto por 4 personas).

Por qué, después de tres décadas de recuperación de la democracia, cuando se nos insistió que el crecimiento era condición fundamental para llegar a ser un país desarrollado y estable, cómo es que nos encontramos en esta situación de tan alta vulnerabilidad. ¿Qué sucedió con nuestro país con un PIB per cápita cercano a los 25.000 dólares? Bastó que ocurriera esta pandemia y todo el tinglado de cifras, promedios y equilibrios macroeconómicos, certezas económicas  y apologías al mercado, temblara y se viniera al suelo de manera estrepitosa. Aparentemente no habían cimientos, solo humo.

La respuesta está en la profunda desigualdad social y económica que existe en el país, a propósito de la concentración de ingreso y riqueza en el 1% más rico. Se trata de una dimensión que no mide la encuesta Casen, puesto que las encuestas de hogares subestiman o no logran registrar los ingresos de la población más acomodada. Para su medición se usan los registros tributarios, y para Chile estos datos muestran que el 33% del ingreso que genera la economía chilena lo capta el 1% más rico de la población. A su vez, el 19,5% del ingreso lo capta el 0,1% más rico.

Y este drama estructural, no leído ni menos asumido por las autoridades gobernantes,  para nada ha sido incorporado en las propuestas de solución, tanto en el tema de salud como en el económico. Al contrario, todo es mediatizado por el mercado, sea éste de vanidades y caridades (cajas de mercadería, profusamente amplificado por los canales de la televisión abierta), del trabajo, vía seguros de cesantía, o financieros vía préstamos ominosos de la banca, o bonos miserables del Covid. Pero en nada aparece la mano amiga del estado, que ante la incertidumbre y la caída abrupta, ayuda y protege. 

Entonces ahora, en medio de la mayor de la crisis sanitaria, social y económica de los últimos 100 años, nos percatamos que en Chile los frutos y las oportunidades del progreso no han alcanzado a todos por igual. Y que esta pandemia,  por supuesto no democrática, toda vez que tanto el número de contagiados y fallecidos, en un alto porcentaje, corresponden a personas que viven en comunas de más bajos ingresos. Aunque no exclusivamente, por supuesto. Porque lo que contemplamos, de manera dramática, es como ancianos mueren botados en conventillos y cites que creíamos eran parte del pasado y que, sin embargo, hoy proliferan no solo en las comunas del poniente o norte de la capital, sino que en todas aquellas catalogadas como de “clase media” (Santiago, Macul, Ñuñoa).

Entonces, los niveles de pobreza ya no están cercanos al 9%. En otras palabras, si las personas en Chile dependieran sólo de los ingresos del trabajo (que en su etapa de jubilación se refleja en el monto de las pensiones), 3 de cada 10 personas no superaría la línea de la pobreza; lo anterior permite ponderar de manera más precisa los resultados de la aplicación del “modelo” chileno, ya que el volumen de personas en situación de pobreza pasaría de 1,5 millones a 5,2 millones[1]. Esto es particularmente relevante toda vez que la población más afectada por los estragos de la pandemia es la perteneciente a la tercera edad. Por lo tanto, no podemos sino referimos a la situación de las pensiones, donde las palabras y conceptos recurrentes son pauperización, pérdida de status y de niveles de consumo; es decir, movilidad social descendente.

Tal situación, ha puesto al país de nuevo, como en las primeras décadas del siglo pasado, a hablar de la cuestión social. Es decir, pobreza, vulnerabilidad social y precarización. Ha quedado de manifiesto, cuando el manto de la “parca” se posa en los hombros de los abuelos, de los pobres, de los que arriendan piezas por años,  la incapacidad del sistema de AFP para dar respuesta a los dilemas de la seguridad social. Para eso no sirve, sí para transformarse en la base de sustentación del sistema financiero que sostiene, con recursos de los trabajadores, el modelo ultraneoliberal
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2.      Políticas

La pérdida de confianza en las instituciones políticas, tal como lo muestran las encuestas, particularmente en el Presidente de la Republica, es de una magnitud nunca antes conocida en el país, ya que apenas cuenta con un 6% de aprobación (CEP enero 2020) o un 20 o 25% de aprobación (CADEM junio 2020). En la misma paupérrima situación de adhesión se encuentran el Congreso y los partidos políticos. Lo anterior da cuenta de una absoluta desafección de las elites políticas del sentir de la mayoría del país. Cuando las instituciones políticas no son capaces de dar respuestas a las demandas de la ciudadanía; cuando no se les asigna o reconoce la legitimidad para abordar y solucionar la crisis, como ha quedado de manifiesto con esta crisis sanitaria, es la democracia la que se resiente y quedan abiertas la puertas para cualquier intento populista, sea éste guiado por algún líder carismático o un grupo o partido u organización que se arme para tales fines.

El discurso populista apela a lo inmediato, a lo próximo, a lo concreto y a las certezas de una mayoría, de la multitud. Más aún cuando se trata de una multitud desesperada y desesperanzada, en donde cualquier solución, no sólo no puede esperar ni menos ser negociada, sino que debe implementarse de manera inmediata. En este sentido, el principal argumento usado por los populistas, es la demagogia. Por esta razón, cualquier acuerdo entre gobierno y oposición, debe tener un horizonte de tiempo limitado. Se trata de una acción coyuntural, cuyo único destino es enfrentar la pandemia, que la gente se quede en casa y luego un plan de ayuda para recuperar empleos. Pero esto, bajo ningún punto de vista, significa más de lo mismo: más mercado, más AFP, más Isapres, más soluciones “ominosas” de la banca.

Por esta razón es que nos interesa desenmascarar cualquier intento populista  de salida de la crisis, aprovechándose de la desesperación de la gente, que signifique no cambiar las bases del modelo ultraneoliberal. Sabemos que esta práctica consiste en identificar las preocupaciones de la gente y, para aliviarla, proponer soluciones fáciles de entender, pero difíciles de aplicar. A pesar de ser tan antigua como la democracia, la demagogia ha recibido un impulso impresionante a través de las comunicaciones de masas, fundamentalmente la televisión y particularmente las llamadas “redes sociales “e internet, ya que la difusión de la información escapa a todo control centralizado y al consenso democrático. Es decir, nadie se hace responsables por las consecuencias, ni menos por los contenidos de los discursos.

La demagogia y el populismo se ven fortalecidos ante la caída y desplome que ha experimentado la institución “Presidente de la República”. En efecto, hoy se encuentra absolutamente desfondada, sin respuesta ni empatía con el sentir de la ciudadanía, que exige cambios profundos. No sólo se llega tarde con medidas que previamente instituciones médicas habían insistido en que se implementasen, sino que todas las medidas se diseñan desde la perspectiva del pro mercado, dejando ausente todo vestigio de humanidad. Se está en presencia entonces de una suerte de tormenta perfecta: desconfianza en las elites, en el presidente y en todas las instituciones, la clase política gobernante principalmente oficialista, insistiendo en su plan de políticas públicas sin modificar mayormente el modelo, no respondiendo a la demanda mayoritaria. Sin embargo, esta desconfianza también alcanza a los partidos de la oposición. Es decir, nadie se salva. De esta manera, el país sin densidad democrática, sin tejido social, ni capital social, queda sin posibilidad de defenderse de un intento de refundación populista, que solo traerá autoritarismo, disfrazado de “orden”; más pobreza y concentración de la riqueza, disfrazada de “oportunidades para todos” y más precariedad, disfrazada de  “mérito y emprendimiento” y todo su fetiche adosado.

3.      Culturales

Asociado al tema de la desigualdad social, el país se ha venido estructurando en barrios y territorios altamente segregados y segmentados socialmente. Es decir, se trata de un país y barrios para nosotros (la elite) y otros varios países y barrios para los otros, los que no son como nosotros, los demás. El mercado se convierte en el único asignador de los privilegios y recursos, y la emergencia de la pandemia no ha hecho más que desnudar esta realidad. No es lo mismo vivir el confinamiento obligatorio y la cuarentena en los barrios de las comunas con más ingresos, que en aquellos donde el hacinamiento y la pobreza son la normalidad. Al respecto, basta un recorrido por los matinales de la TV abierta para percatarse de la realidad y de las conversaciones que allí ocurren, donde no existe mayor cuestionamiento al “modelo”,  que naturaliza realidades tan complejas como las situaciones de pobreza y hacinamiento que son explicadas con conceptos tan ideológicos como:” no ha habido esfuerzo, disciplina, merito, etc.” Donde, lamentablemente, salvo honrosas excepciones, los personajes de oposición no hacen más que legitimar, a través de sus “bufonescas apariciones”, el ideario político y comunicacional del gobierno. Sin hacer mención alguna que nuestra cotidianidad ha estado mediada por  un modelo de mercado desregulado e individualizado, obsesionado con el crecimiento, con el consumo, la competencia y la desigualdad.

Y cuando la autoridad sanitaria, de manera irresponsable y sin realizar ningún ejercicio de autocrítica nos traspasa a todos los chilenos la responsabilidad de no infectarnos con el virus, tratando de hacer una “verónica” a las erradas políticas previas, se olvida de que para quedarse en casa, se requieren ingresos dignos y no migajas. Pero también se olvida la autoridad,  al hacer mención a cierta irresponsabilidad de los chilenos por no respetar como se debe la cuarentena, que el modelo deseado de “no sociedad”, preconizado por ellos mismos, está basado en el individualismo llevado a su máxima expresión, que, junto con la codicia, la avaricia, el arribismo y la competitividad, constituyen los pilares ideológicos del modelo. Para ellos la sociedad no existe, solo el individuo, narcisista, que persigue el consumo de sus deseos sin importar nada. “Responsabilidad con los demás, solidaridad con los otros, ¿qué es eso?; para eso está el mercado genera instituciones donde cuidar a los mayores y abuelos. Es tarea de otros, no mía”, son las frases que se escuchan de manera recurrente. Por lo tanto ausencia absoluta de cohesión social, de un nosotros para enfrentar este flagelo.  Es decir, el ideal perseguido por los ultraneoliberales: Me rasco yo mismo con mis uñas. No necesito de nadie más.

Estos nuevos valores culturales han reemplazado a la austeridad, a las prácticas de ahorro, a la cultura del trabajo, al respeto por el otro y al optar por el camino correcto y no por el más fácil o por el atajo y que libera de responsabilidades e incluso de impuestos.

4.      Síntesis

Por eso ahora,  que en medio de la crisis  se llama a la unidad y solidaridad de los chilenos para enfrentar juntos esta difícil situación, el mejor homenaje a todos los muertos, a los dos mil y tantos y a los que seguirán aumentando por las anteriores decisiones erradas, donde claramente debe existir una responsabilidad, sino penal a lo menos política por estas decisiones, es iniciar el camino para la transformación del modelo. La pobreza y la reemergencia de la nueva cuestión social, la probabilidad cierta de experiencias populistas y el fenómeno de la segregación y segmentación territorial, como elementos de diferenciación social y cultural, que estuvieron en el centro del reclamo y de la rabia  que caracterizaron el estallido social, siguen estando presentes y se han agudizado aún más ante la incapacidad de este gobierno por enfrentar la pandemia. Lo único que han generado es una enorme fractura y divorcio entre la elite política, social y cultural y la gente.

Sin embargo, tenemos una gran oportunidad para comenzar a cambiar este estado de cosas. Hemos visto como se han instalado, a propósito de la incompetencia de las propuestas sanitarias, prácticas de solidaridad y apoyo en todos los barrios; prácticas donde el individualismo y competencias están ausentes; donde el egoísmo ha quedado relegado, lo mismo que las lógicas mecanicistas de conductas orientadas a obtener beneficios individuales sin considerar el destino de la comunidad. Hoy es tiempo de colaborar para enfrentar juntos esta crisis. Pero no debemos perder la posibilidad de generar un cambio, una transformación de este estilo de sociedad, a un nuevo sentido basado en lo social y no en el mercado, una solidaridad y una resignificación del estar y hacer en política. Donde no sea pecado hablar de comunidad ni de estado social, donde quede desterrado el concepto de subsidiaridad. Esta será la tarea de la post pandemia. Será el momento constituyente con sus metodologías y tiempos. Mientras tanto, para resistir, necesitaremos  de una nueva ética, “para sostener la indignación frente a los abusadores; para defender la libertad frente a los autoritarios. Una ética para la defensa de la autonomía personal y, al mismo tiempo, de todas las solidaridades colectivas. Una ética defensiva de guerrilla, frente a la ética ofensiva de guerra que nos quieren imponer los mismos de siempre. En fin, una necesaria ética de insumisión para vivir con dignidad[2]




[1] La pobreza del "modelo" chileno, la insuficiencia de los ingresos del trabajo y pensiones. Fundación Sol, Noviembre de 2018
[2] Etica y Pandemia. Adolfo Estrella (sociólogo y poeta), junio 2020. Com.pers. 




lunes, 8 de junio de 2020

13 PELÍCULAS QUE ANUNCIARON EL ESTALLIDO


Rodolfo Fortunatti



Durante la última década el cine chileno ha producido más de trescientas cintas que, probablemente, nadie haya visto en su totalidad y menos todavía recuerde sus títulos. Dentro de esta larga lista hay una pequeña fracción de películas cuya selección, sin ser exhaustiva, tiene el valor de mostrar la diversidad y versatilidad de las luchas de reconocimiento en el campo de fuerzas de la posmodernidad capitalista. Es el cine premonitorio del estallido social de octubre, del letal fracaso del sistema de seguridad sanitaria, y de la ingobernabilidad política e institucional que amenaza la paz civil del país.

Los neoliberales han querido reducir tales conflictos a una puja de clases medias aspiracionales contra élites incapaces de satisfacer demandas avivadas por el propio bienestar que ofrece el capitalismo. Siguiendo este relato, no sólo habría una mayor presión de las nuevas clases medias por el acceso a bienes de consumo, sino que también una apetencia de los segmentos más jóvenes por conseguir mayores recompensas en la distribución del poder político.

Sin embargo, aunque estos intereses compiten en la lucha desencadenada, no la explican. La experiencia enseña que las motivaciones que dan origen al actual estado de ruptura y perplejidad colectivas brotan de varias fuentes de malestar social. El estallido ha diseminado fragmentos ideológicos de etnia, de clase, de género, de edad, de territorio, de inseguridad, de segregación, de abuso e injusticia. En su revés, la respuesta del sistema ha sido una y uniforme: concentración económica, violencia represiva y bloqueo institucional.

«Esta es una dictadura disfrazada», expresa con asertividad y convicción Juan Mora Cid, director deL largometraje Dominio vigente, (2020). Es precisamente a través de este lente que el joven realizador desnuda el lacerante conflicto entre el Estado neoliberal chileno y la voluntad de supervivencia del pueblo mapuche. La coproducción chileno-alemana viene a coronar una larga sucesión de aproximaciones cinematográficas a la crisis de destino que sacude a la sociedad chilena.

El verano de los peces voladores (2014), dirección y guión de Marcela Said, es la querella hecha desde la clase y la cultura dominantes a la ideología del conquistador que subyace hasta en lo más rudimentario de la vida cotidiana. Vista en perspectiva, la que en su momento pareció moderar las aristas del conflicto es la denuncia contra el huinca que hace lo que quiere, no solo con lo humano, sino también con la naturaleza, en oposición a la cosmovisión del mapuche, gente de la tierra en permanente búsqueda de armonía con la biodiversidad.  

(Pewen) Araucaria (2016), dirección de Carlos Vásquez Méndez, guión suyo y de Juana Castell Palou, descubre esta comunicación del pewenche despojado, luego marginado y, finalmente, abandonado por el Estado. «La Araucanía ―señala el autor― pertenece a los Mapuche, evidentemente, pero también es mi tierra cuando me doy cuenta de que aquí se nombraron las cosas por primera vez, que este paisaje fue bautizado por quienes le daban sentido, al contemplarlo, al atravesarlo, al experimentarlo. Este es el origen del mundo, de mi mundo, del mundo chileno».

Aquí no ha pasado nada (2016), dirección de Alejandro Fernández Almendras, guión del mismo Fernández Almendras y Jerónimo Rodríguez. Es un largometraje basado en hechos reales, el accidente de ruta que involucró al hijo del ex senador y ex presidente de Renovación Nacional, Carlos Larraín, y que costó la vida de Hernán Canales. El filme es una crítica a una justicia de clase que, subordinada a los intereses económicos y políticos del neteo en la designación de los jueces, termina por no ser justa ni oportuna para los pobres y desempoderados.

La isla de los pingüinos (2017), dirección de Guille Söhrens y guión de Söhrens, Javier Muñoz Percherón y Javiera Moraga, es un largometraje de 105 minutos en formato digital, que revisa diez años después de ocurrida, la llamada Revolución Pingüina, aquella que puso en el debate público la crisis de la educación chilena, condenó los negocios y el lucro, reivindicó la educación como derecho humano, y generó la masa crítica necesaria para el ascenso de las jóvenes elites políticas protagonistas de las movilizaciones de 2011 en Chile. Su sinopsis es una intuición certera: «Chile 2006, un país que mantiene las mismas políticas públicas de la dictadura de Augusto Pinochet: después de dieciséis años en un estado de democracia, ¿serán capaces los estudiantes de cambiar el futuro de Chile?».

El vals de los inútiles (2013), dirección y guión de Edison Cájas, el documental de 80 minutos es el antecedente cinematográfico de La isla de los Pingüinos y, no obstante, aborda el periodo que le sigue, el de las movilizaciones estudiantiles de 2011. Como en octubre de 2019, el estallido aquí prende en el Instituto Nacional. «Un amigo me invitó a participar de la protesta para grabar con él, y al poco tiempo me di cuenta que podía ser una película y que se podía transformar efectivamente en un documental sobre la movilización», confiesa Cájas.

Mala junta (2016), dirección de Claudia Huaiquimilla, guión de la misma directora y de Pablo Greene, es un galardonado drama de ficción de una hora y 29 minutos de duración, hablada en español y mapudungun, que pone de relieve las distintas dimensiones del prejuicio y la negación del otro, padecidas por los adolescentes en Chile. La pobreza, el origen étnico, la juventud, el delito, la droga, el provincianismo y la marginalidad, constituyen la suma de «cautiverios sociales» ―en la perspicaz descripción de Álvaro García Mateluna―, que echan luces sobre el arrojo, la persistencia y el desenfado de la primera línea de la protesta.

Cuentos sobre el futuro (2012), dirección y guión de Pachi Bustos, es un documental de 68 minutos que muestra las infranqueables barreras de acceso al mañana con que se estrellan los jóvenes de sectores populares. Retrata una realidad ignorada, omitida y desdeñada por autoridades y representantes populares a cargo de las políticas públicas, que han vivido convencidos de la utopía, nunca llevada a la práctica, de la igualdad de oportunidades para todos.

74mt2 (2012),  dirección y guión de Tiziana Panizza y Paola Castillo, la cinta es un documental de 67 minutos, rodado durante siete años en Valparaíso, y que exhibe las enormes dificultades de las familias para acceder a una vivienda de setenta y cuatro metros cuadrados de superficie habitable, pero, especialmente, las brechas de integración geográfica, originadas en brechas culturales insalvables como las que ha puesto de manifiesto la pandemia covid-19.

Princesita (2017), dirección de Marialy Rivas, guión de la directora junto a Camila Gutiérrez, es un largometraje de ficción de una hora y 18 minutos, en formato digital, que procura desentrañar las claves del patriarcado en el escenario de una secta, y tomando como víctima de un relato con referentes en hechos reales ocurridos en la zona sur del país, a una niña de once años.

El mal trato (2015), dirección y guión de Daniel Vivanco, es una película dramática de 68 minutos de duración, que, basada en un hecho real, se enfoca en la violencia de género. Su director ya por entonces observaba que, pese a ser un tema público, apenas sí lo era para la política. «Desde hace más de cuatro años que el feminicidio se transformó en un concepto tangible ―dice Vivanco―, es cosa de prender la tele y verás de donde viene la inspiración». Las grandes manifestaciones públicas de las mujeres fueron indicios del estallido social y las últimas que se protagonizaron antes del confinamiento de la ciudadanía por covid-19.

Cabros de mierda (2017), dirección y guión de Gonzalo Justiniano, es un largometraje de ficción de 118 minutos, que relata las formas que adoptó la economía solidaria del cuidado durante la dictadura, para resistir la represión y asegurar la subsistencia de los hogares populares. Como ahora, el peso descansa sobre los hombros de mujeres. Como ahora, se organizan las ollas comunes, los comprando juntos y la protección de niños y ancianos. «Filmé fundamentalmente en La Victoria, una población emblemática, muy combativa, una de las primeras poblaciones que se organizó y que fue vital contra la dictadura. Allí había sobre todo mujeres, porque los hombres se habían ido, los habían expulsado o asesinado. Ellas se hacían cargo de los abuelos, los niños y de llevar adelante la lucha por la democracia. Sabemos las barbaridades y las atrocidades que hizo la dictadura».

Propaganda (2014),  dirección de Christopher Murray, guión de Murray, Maite Alberdi y Antonio Luco, es un documental de 61 minutos realizado el año 2013 con ocasión de la campaña presidencial de los candidatos Michelle Bachelet, Evelyn Matthei, Franco Parisi, Marco Enríquez Ominami y Roxana Miranda. El filme pone al descubierto una paulatina pérdida de legitimidad del sistema democrático, que hoy torna imposible la gestión gubernamental, el control de los actos de la administración, y el diálogo racional para hallar fórmulas que permitan atender las necesidades más apremiantes de la población. El valor de la cinta, dicho por su director, radica en que «se instala en espacios donde los medios tradicionales no profundizan acerca de las elecciones; propone nuevas imágenes que buscan generar reflexión social sobre la crisis de representatividad política en nuestro país».

8 de junio de 2020.