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domingo, 24 de febrero de 2019

DE LA VÍA INSURRECCIONAL A LA VÍA VENEZOLANA

Crónica de una derrota


Rodolfo Fortunatti

Piñera, Duque, Guaidó, Almagro: el amargo balance

La vía insurreccional ya es pasado. Insistir en ella es arroparse en las mortajas de una derrota que oscurece vertiginosamente su épica.

La del fin de semana fue una derrota para la oposición venezolana alineada/alienada por el diseño estratégico del presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó. Aunque según el plan original el momento del desenlace debía ocurrir el 12 de febrero, este fue prorrogado al 23 de febrero. Razones del cambio fueron la necesidad de aprovechar al máximo las ventajosas oportunidades que abrió a los disidentes el apoyo internacional, la presión militar desembozada del Comando Sur de Estados Unidos en aguas del Caribe, asegurar el acopio de las donaciones en Cúcuta, Curazao y Roraima, y, especialmente, medir los efectos internos de los embargos de bienes y activos de Venezuela en el exterior. Este aplazamiento también dio tiempo a Nicolás Maduro para fortalecer su propia modalidad de respuesta al asedio.


¡Las horas de Maduro están contadas! Advertían las voces de Washington, al tiempo que amenazaban con ingresar los envíos a toda costa a Venezuela, incluso acompañados por convoyes militares de Estados Unidos y Colombia si la protección de los marchantes así lo exigía. Los asesores del presidente Trump llamaban a las fuerzas armadas a insubordinarse apremiándolas con el ultimátum de que lo perderían todo si no se levantaban contra el gobierno establecido. Las administraciones de Estados Unidos, Costa Rica y Ecuador toleraban los violentos e indignos asaltos de los designados de Guaidó a las legaciones diplomáticas venezolanas, que gozan de inmunidad territorial.


Pocas veces, como en febrero en el Caribe, ha sido tan cruda y tan visible la vulneración del Sistema de Naciones Unidas, desde el derecho internacional hasta los órganos y protocolos administrativos. Y quizá nunca tan desembozado y banal el comportamiento de los halcones de la Casa Blanca, urgidos a garantizar el éxito de una operación que, conforme pasaba el tiempo, demostraba cuán equivocados habían sido sus consejos a Trump.


Porque, si no es sensato cortar la rama sobre la que estás sentado, es torpe hacerlo cuando comprometes a terceros, que fue lo que hizo el inquilino de la Casa Blanca al interrumpir los suministros de petróleo venezolano en los momentos que los norteamericanos más necesitaban del hidrocarburo. Venezuela no tardó en asegurar nuevos mercados, uno de ellos la India que, por hacerlo, se hizo blanco de reconvenciones. Sin duda hubo un mal cálculo respecto del tiempo que resistiría Maduro, como hubo una errónea información de inteligencia acerca del comportamiento que tendrían las instituciones militares. Es un hecho que, pese a las reiteradas conminaciones, no hubo jamás señales de que las fuerzas armadas fueran a cambiar de bando.


Por cierto, no hay precedentes de la unidad que logró la oposición en esta coyuntura. Con 70 millones de dólares invertidos en su realización, consiguió el monumental espectáculo de Cúcuta, un movimiento de masas eminentemente lúdico y de fuerte irradiación mediática, que, sin embargo, no fue el menguado que se apostó al día siguiente en los pasos fronterizos, constituido por piquetes de agitadores y provocadores. Al lado suyo, a unos trescientos metros, el de Tienditas, fue sin duda un acto testimonial.


Por otra parte, la conducción de Guaidó logró imponerse a cualquier fricción interna, manteniendo durante la operación una coordinación uniforme entre los distintos grupos que concurren a la Mesa de la Unidad Democrática. Esto podría jugar como un importante activo político a la hora de sentar a la oposición en futuras mesas de negociación, pero, tras el fracaso del 23F y la consiguiente y radical opción de Guaidó a favor de todas las formas de lucha para derribar a Maduro, podría precipitar la descomposición del movimiento y estimular la emergencia de una tercera fuerza moderada.


Guaidó aseguró que los envíos ingresarían a Venezuela, pero nunca lo hicieron. Esperó hasta el crepúsculo el alzamiento militar, que tampoco ocurrió. Prometió movilizar a un millón de venezolanos para abrir lo que impropiamente denominó un «corredor humanitario», condición sugerida por su poder judicial en el exterior para invocar el principio de la responsabilidad de proteger, suponiendo que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas daría el visto bueno. Pero no hubo tal, y en su reverso, solo se vio tensión, violencia y muerte en las fronteras, que los opositores atribuyeron al gobierno. ¿Es responsable el gobierno? ¿En qué grado? Habría antes que preguntarse ¿cuál fue la fuente de la agresión?


El gobierno de la holandesa isla de Curazao donde se acopió parte del cargamento procedente de Estados Unidos, aclaró que los paquetes solo serían enviados cuando el gobierno de Venezuela estuviera de acuerdo, una decisión que ahorra hablar sobre los principios que definen lo que es y no es ayuda humanitaria, a saber, independencia operativa, imparcialidad, neutralidad, humanidad y atención, amén de las explicaciones dadas por especialistas de instituciones de asistencia, como PNUD, ACNUR, UNICEF, PMA y Cruz Roja. Para ser ayuda humanitaria, sencillamente, precisa el acuerdo del gobierno que la recibe. Si introducirla en el país de destino va acompañado del empleo de la fuerza, no es ayuda humanitaria. Si como se vio en la jornada del 23 de febrero, los envíos son usados como armas políticas o como armas de destrucción ―por ejemplo, camiones cargados con cócteles molotov o terroristas embistiendo con sus tanquetas―, no es ayuda humanitaria. Luego, que el gobierno impida el ingreso de algo que atropella su soberanía territorial, es lo que debería hacer cualquier aduana.


Con todo, la presión ejercida sobre el gobierno consiguió que este cambiara su actitud frente a la asistencia humanitaria, Asumió la existencia de una crisis, si bien ya había recibido las ayudas humanitarias de Naciones Unidas, Rusia y Cuba, y solicitó a la delegación del Grupo Internacional de Contacto que la Unión Europea accediera a una cooperación por dos mil millones de dólares para el presente año.


La vía insurreccional pensada y articulada en 2018 y ensayada en 2019, no pudo derribar a Maduro, pero generó un escenario donde resulta imposible ignorar las fortalezas y debilidades reales de sus interlocutores. Ahora Mike Pompeo, dice: «los días de Maduro están contados».


La vía insurreccional ya es pasado. Insistir en ella es arroparse en las mortajas de una derrota que oscurece vertiginosamente su épica. Aunque Trump ha prometido nuevas sanciones, que solo agudizarán los pesares de los más vulnerables, se generan condiciones favorables a una vía política cuya primera prioridad es garantizar los umbrales mínimos humanitarios y, luego, los mínimos electorales necesarios para que los venezolanos decidan su destino en las urnas.


Los papeles mediadores del Papa Francisco, no de la iglesia venezolana renuente al entendimiento, de la Unión Europea y del grupo de Montevideo, deberían operar como catalizadores de una transición cuya duración la oposición estima no inferior a un año. Aquella podría ser la genuina vía venezolana.


lunes, 18 de febrero de 2019

DEMOCRACIA PARA VENEZUELA ¿QUÉ MEDIOS?

Por Rodolfo Fortunatti




Una de las influencias más cruciales de Jacques Maritain en la generación de jóvenes que fundó la Falange Nacional y, más tarde, la Democracia Cristiana, fue aquel principio doctrinario según el cual la acción política es una actividad moral. Que sea moral significa que debe proponerse fines buenos y verdaderos, tales como la democracia, como el respeto a los derechos humanos, o como la paz entre los pueblos. Pero de modo muy importante, que los medios sean proporcionados y apropiados al fin perseguido. 

Se preguntaba el filósofo francés en El Hombre y el Estado: ¿No es acaso un axioma universal e inviolable, un principio fundamental evidente, que los medios han de ser proporcionados y apropiados al fin, puesto que son vías hacia el fin y, de alguna manera, el fin mismo realizándose? Lo es tanto como emplear medios intrínsecamente malos para avanzar a un fin intrínsecamente bueno es una equivocación y un sinsentido concluía Maritain sin el menor atisbo.

Ningún democratacristiano formado en la vieja escuela ignora este principio, como nosotros no lo ignoramos cuando juzgamos la crisis venezolana y pronunciamos un rotundo ¡no! a la intervención ilegítima en el país caribeño, en contraste con la opinión de quienes han reconocido a Juan Guaidó como «presidente encargado». Entonces fijamos una diferencia esencial respecto de estos. Porque tal vez coincidimos en el mismo fin bueno para Venezuela, que es la democracia, pero discrepamos de los medios.

Si los medios no son proporcionados, o sea, equivalentes al fin, no se logra el fin perseguido. Si los medios no son apropiados, es decir, ajustados al fin y a sus condiciones, tampoco se logra el fin anhelado.

Reconocer a Juan Guaidó como «presidente interino» de Venezuela, es prestar legitimidad a una autoridad paralela a la existente dentro del Estado venezolano, lo que en Chile y en los regímenes constitucionales se considera un acto de sedición, en sí mismo una equivocación y un sinsentido pues se están empleando medios malos para conseguir un fin bueno.

Al reconocer a Guaidó, se acepta así se ignorenel plan y el itinerario concordado previamente entre Guaidó y Washington, más la OEA y el Grupo de Lima. Se acepta el liderazgo de Donald Trump y de sus asesores en el manejo de la operación, se aceptan los embargos de activos venezolanos en el exterior, se acepta la eventual intervención armada de Estados Unidos, se aceptan los llamados a la insurrección de los institutos militares, se acepta un golpe de Estado, se acepta como costo una guerra civil, se acepta la presión sobre las fronteras de convoyes extranjeros con donaciones, y se acepta la violación de la soberanía de una nación independiente desde 1810. Se acepta la violación del derecho internacional y del Sistema de Naciones Unidas, que son sus órganos, tratados, convenciones y protocolos.

Aceptado todo esto, resultará luego una interpretación forzada sostener que en realidad lo que se apoyaba era una solución política, constitucional, democrática y pacífica. Y, a todas luces, un sinsentido, como diría Maritain, afirmar que se buscaba restablecer el imperio de los derechos humanos mediante la violación de los derechos humanos. 

Portaaviones Abrahm Lincoln
Si los medios son el fin mismo realizándose, ¿qué fin democrático se está anticipando con el despliegue de portaaviones nuclear y destructores estadounidenses en operaciones navales de intimidación? ¿Acaso una democracia protegida, tutelada, semi-soberana, como la chilena? ¿Quizá el nuevo vigía de Occidente?

Nuestros críticos no podrán eludir las consecuencias que tendrá todo esto en América Latina y en el porvenir de los más pobres y desposeídos.

El día de mañana apelaremos al derecho internacional para defender nuestra soberanía. Entonces nos dirán, con qué cara, con qué moral, con qué autoridad viene Chile a exigir esto para sí o para otro Estado. 

Ustedes, los chilenos, que reconocieron a un «presidente encargado» y a su «representante diplomática», ambos activos promotores del alzamiento militar contra el gobierno constituido, incluso a través de una invasión de Estados Unidos que traería guerra civil y más sufrimiento. 

Ustedes que han instigado el embargo de bienes que pertenecen al pueblo venezolano. 

Ustedes que han tolerado que Estados Unidos entregue el manejo de esos recursos al «presidente encargado». 

Ustedes que, en su doble estándar, apoyan el estrangulamiento de la economía venezolana hasta el límite del hambre y la enfermedad de su población más vulnerable, y luego montan el espectáculo de la ayuda humanitaria, para cumplir su parte del trato en este drama. 

Ustedes no tienen derecho a pedir respeto por sus demandas, cuando hace mucho tiempo perdieron el respeto por sí mismos.

Debiéramos tenerlo claro, pero no lo tenemos. Por lo que fue la transición chilena, sabemos que medios violentos no conducen a la paz, como medios de fuerza no destinan a la democracia y a las garantías de seguridad y protección de las personas. De ahí nuestra convicción doctrinaria de que el fin no justifica los medios.